Pie de página

 Llamamos “pie de página” a la información, datos, comentarios y aclaraciones, ejemplos, notas de editores o traductores, etc., que se anotan al final de la hoja, en un espacio separado del resto del texto. Esta separación puede hacerse mediante una línea o un espacio en blanco. El pie de página pertenece a las llamadas notas marginales (las otras se anotan al final del capítulo o al final del escrito), que en esencia no pertenecen al texto pues proporcionan información adicional que se considera puede ser interesante o necesaria para que el lector asimile la información de la mejor manera. Su uso es más común en escritos de carácter académico, expositivo o informativo que en los literarios, aunque puede, ocasionalmente, encontrase en éstos.

 

         Los pies de página tienen su referencia en el texto mediante las “llamadas de cita”, o marcas al final de una palabra, una frase, un enunciado o un párrafo, que generalmente se anota con un asterisco o un número, y que invitan al lector a consultar el final de la página pues contienen información que complementa el tema tratado.

 

         El pie de página se anota invariablemente con letra más pequeña que la usada en el texto, y en ocasiones puede ir con otro tipo o estilo de letra para diferenciarla de la usada en el escrito.

 

         Si bien el uso del pie de página puede ser, como ya se anotaba, interesante o necesario, rompe de alguna manera con la fluidez lectora, por lo que debe evitarse su abuso, tratando de incorporar en el propio texto dicha información, salvo que rompa con la necesaria coherencia y cohesión de lo escrito.

 

         Para los pies de página existe una serie de abreviaturas convencionales –generalmente tomadas del latín o del griego- que evitan la repetición de los datos que hacen referencia a una misma fuente. Así por ejemplo se utilizan Op cit, que significa “obra citada”; Ibid, que quiere decir “en el mismo lugar”; Supra, que indica “en la parte de atrás, o arriba” y muchas otras más.

 

         El pie de página es, como se ve, una referencia que amplía, explica, especifica, comenta y muchas cosas más el tema desarrollado. Es, pues, una referencia “seria” del escrito y cumple una función de complemento que en muchas ocasiones enriquece el texto de manera significativa. Sin embargo, Luis Miguel Aguilar, en el artículo De la biblia al diablo: la nota al pie, publicado en el número 300 de la revista Nexos, correspondiente a diciembre de 2002, hace una serie de ingeniosas referencias a este recurso textual y que por su agudeza merecen ser compartidas. Van algunas.

1.     Las notas al pie suelen ocultar minas de la propia ignorancia o terrenos pantanosos de los propios idiotismos. Yo aún, al encontrar “v. Infra” y “v. supra en una nota al pie tardo varios instantes en ubicarme o en comprender qué instrucción se me está dando.

2.     La apéndice del cuerpo humano no es el apéndice del cuerpo textual; la nota al pie lo es. Se puede vivir con ella mientras no estorbe; si estorba, el cuerpo puede perfectamente vivir sin ella.

3.     En nuestra vida textual, pocas cosas hay tan frustrantes como ser llamado al pie, bajar y recibir un mero “ibid”.

4.     Hay tres tipos de lectores: los que no leen las notas al pie, los que leen salteadas las notas al pie, y los que leen las notas al pie. Yo pertenezco a los últimos. Siento que algo se me va a ir si no leo la nota al pie; siento, mejor dicho, que en la nota al pie no atendida pudo estar la cifra de mi vida, entonces revelada. Si después de la palabra París o de la palabra Venus me llaman al pie, voy, aunque sepa que al pie me dirán “Capital de Francia” y “Diosa del amor”. Y me quedo fijo en la nota, estudiándola, negándome a que me digan que París es la capital de Francia y que Venus es la diosa del amor. Debe haber algo más, siempre, atrás de notas así. Estas notas suelen ser las más hipnótica e insondables.

5.     La primera nota al pie que ponemos en la vida, no por solicitud escolar de alguien, sino por cuenta propia –digamos, en un trabajo de la Prepa- es siempre un ejercicio de pedantería. Y el joven, sonrojándose, lo sabe. De jóvenes no necesitamos notas al pie no pedidas.

6.     No pongas al pie nada que no puedan resolver unos paréntesis.

7.     Una nota de autor siempre es mejor a una nota de editor, que siempre es mejor a una nota del traductor, puesto que una nota del traductor llama indefectiblemente a “juego de palabras intraducible”.

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