Ser o no ser … ahí está el detalle

– ¿Quíhubo?
– ¿Qué onda?
– ¿Qué onda de qué o por qué?
– ¿Tú también reprobaste?
– ¿No lo sabías?
– ¿Y a poco te agüitas?
– ¿Tú no?
– ¿Tengo cara de amargado, güey?
Ovidio levantó los ojos cargados de rencor y miró la cara de Horacio, que sonreía de una manera levemente cínica: no, su amigo no, el amargado era él porque sentía que había reprobado Filosofía injustamente. La fila –compuesta por otros que, como ellos, solicitaban examen extraordinario- avanzaba lenta, perezosamente, como queriendo hacer más evidente ese penoso trámite en el que todos, por un momento, estaban indignamente igualados. Con ganas de explicarle a la secretaria que recibe la solicitud, de decirle que al que se encarga de sellar la papeleta que no, que él de por sí no hubiera reprobado, si no era tan nango, que la culpa es de este cabrón que viene atrás de mí. Pero pensó que a nadie le iba a interesar escuchar sus razones, que lo más probable es que estuvieran hartos de oír historias de maestros supuestamente vengativos, de acusaciones falsas sobre trabajos copiados, de tareas no tomadas en cuenta, de normatividades nunca aclaradas y de repente recibidas con sorpresa, de incongruencias entre el contenido del libro y el de los exámenes, entre la metodología y las formas de evaluación… para ellos seguramente estos argumentos eran como los que se escuchan en los ministerios públicos, donde nadie admite ser culpable. Sí, cómo no, dirían mirándose cómplices, divertidos, a los ojos.En la puerta, Horacio esperó a que Ovidio terminara de guardar la boleta en la mochila y después caminaron juntos, sin hablar, durante dos calles, envueltos en un silencio hosco, hostil, forzado. Al llegar al parque, donde tenían que separarse, Horacio lo detuvo.

– ¿Qué traes?

Ovidio sintió que era el momento de soltarle la andanada de recriminaciones que desde hace días le tenía preparada, de reclamarle por todas las distracciones que durante el curso le había hecho mientras la maestra se esforzaba por explicar las profundidades del pensamiento a través de los siglos.

– Que por tu culpa reprobé.
– Ah, por mi culpa, -rió Horacio. Si no entendías nada.
– Pues no, porque tú estabas chingue y chingue atrás de mí.

Confundido entre los cuarenta y tantos alumnos que tomaban la cátedra, desde las filas de atrás, Horacio tenía mil recursos para evadirse de la realidad de la clase: a veces se divertía haciendo caricaturas de los compañeros o de los maestros, porque para eso tiene mucha facilidad, para qué negarlo: “Ira, ¿a poco ésta no se parece a La caballona?; a veces hacía una tripa de pollo larguísima con infinidad de obstáculos y lo retaba a competir, de a coscorrón el error; o le contaba chistes sacados de una página de Internet; o le preguntaba detalles del carácter, aficiones o programas favoritos de televisión de sus hermanas. “¿Rita a qué horas se baña?” Nunca faltaba qué.

Y entonces los contenidos filosóficos que la esforzada maestra se encargaba de repetir pacientemente quedaban desarticulados, confundidos, hechos bola, mezclados unos con otros. ¿Quién fue Epicteto? Ese Cicerón… ¿El existencialismo fue lo primero que existió?

– Admite que la filosofía no se te daba. Como a mí. Para qué nos hacemos.
– Pero para eso viene uno a la escuela: para aprender. Sólo tú mismo eres el límite del límite de lo que puedes llegar a ser.
– Sí, pero el ser es y el no ser no es. No te hagas pendejo.
– No, no me hago -argumentaba Ovidio convencido-, pero de que hubiera podido, hubiera podido. El hombre es la medida de todas las cosas.
  Ajá; éi. Conócete a ti mismo. Ese era tu destino, entendido como la fuerza que determina el curso de las cosas. ¿No venías arrastrando un seis desde el semestre pasado?
– Tú lo has dicho: el semestre pasado. Esta era otra oportunidad. Nadie se baña dos veces en las aguas de un mismo río.
– Pues te hubieras bañado. ¿Yo qué tengo que ver con tus calificaciones?
– Yo creo que tienes que ver, fíjate. Pienso, luego existo.
– Pues no pienses tanto, no se te vaya a caer la mollera. De ese asunto de que es mi culpa yo sólo sé que no sé nada.
– ¿Nada? Qué curioso… entre el ser y la nada existe una correspondencia dialéctica.
– ¡Correspondencia madres! El ser y la nada son dos movimientos abstractos y contradictorios.
– No sabes lo que hablas.
– Cómo no… Reprobaste y ese es un hecho, y un hecho puede entenderse como algo que es o que sucede y sobre el cual el pensamiento puede fundamentarse. Y a ti te sucedió. Es un hecho absoluto.
– Ja. Lo único absoluto es que todo es relativo.
– Ni tanto… ¿o no estás absolutamente reprobado? ¿o no es absolutamente cierto que en tu casa te van a poner como campeón?
– Claro que todo es relativo –contraatacó Ovidio exaltado- ¿no oíste a la Caballona repetir que nada existe, y que aunque existiese no podría ser conocido, y que aunque fuera conocido, no se podría comunicar?
– La Caballona qué sabe. ¿Tú crees que tu cinco no existe? ¿Y no te lo acaban de dar a conocer? ¿Y no tienes que comunicárselo a tu jefe? Estás argumentando puras abstracciones, puro silogismo barato, conjeturas…
– O sea que quieres decir… –intentó contraatacar Ovidio.
– … te quedaste con el pensamiento anclado en la etapa prehelénica, Vidio. Como decía la canción de Diógenes, andas buscando la verdad con una lámpara sin luz.
– ¿No me vas a dejar hablar?
– Por mí habla todo lo que quieras. Yo puedo estar en contra de lo que dices, pero defenderé hasta la muerte el derecho que tienes de decirlo, -se ufanó Horacio.
-¿Vas a negar ahora que todo efecto tiene una causa anterior? Y si el efecto es que reprobé… A ver… la causa puedes ser tú… no me digas que no puede ser.
– De que puede ser, puede ser, pero el problema es que confundes el ser en sí y el ser para sí.
– ¿Ah, sí? Ya bien lo decía Protágoras: tal como nos parecen las cosas, tales son.
– Órale, nomás que no se te olvide que las cosas son las mismas a la vez y siempre para todo el mundo, según dice Sófocles que dijo Eutidemo, y ese sí que entendía las cosas, ¿o no se aventó la puntada de decir que la verdad era como una sombra al revés dentro de su caverna?
– ¿Qué el de la caverna no era Platón?
– …es igual; ¿qué no sabes que en la antigüedad todos vivían en cavernas?

De repente hubo una pausa larga y molesta. Parecía que se habían dicho todo lo que tenían que decirse y sólo se oía la respiración de ambos, jadeante, como si acabaran de hacer un gran esfuerzo.

– El problema de esa pinche materia…
– La materia no se crea ni de destruye, sólo se transforma, -susurró mecánicamente Ovidio.
¿Vamos a volver a empezar? -gritó desesperado Horacio.

Ovidio, repentinamente resignado, negó suavemente con la cabeza.

– ¿Para qué te sirve la filosofía, a ver…? -El tono de Horacio era ahora cálido, afectuoso, sin el filo agresivo e irónico que había mantenido durante el diálogo anterior. Estamos hasta arriesgando la amistad por algo que ni vale la pena. ¿Qué no sabes que la armonía es la característica esencial del universo? -dijo mientras pasaba el brazo sobre el hombro de Ovidio.
– Pues sí, pero eso no me va a servir de mucho en mi casa.
– Diles que la maestra te traía de encargo, que una vez le ganaste una discusión acerca de la diferencia entre lo probable y lo posible delante de todos y eso no lo pudo aguantar, y se la cobró reprobándote.
– Y se lo van a creer…
– ¿Por qué no? Nihil imposibil est. Convéncelos de que toda acción genera una reacción.
– Además no es cierto. No hay ninguna razón, ni pura ni práctica, para que eso pasara.
– Y qué: el fin justifica los medios.
– Eres un cínico -dijo Ovidio amistosamente, esbozando una sonrisa.
– ¿Yo? –se rio Horacio. Pues tú eres un peropatético. Pero no te preocupes, eso es parte de la Hecceidad, la razón última de la individuación, o sea, lo que distingue a un individuo de otro. Aférrate a lo que te digo de la venganza de la máistra y de ahí no te muevas aunque te amenacen con ir a hablar con el director. A lo mejor no los convences del todo, pero va a quedar la duda. La duda metódica. En eso consiste ese método: tú metes la duda y después a ver qué pasa.
Ovidio parecía meditar meneando suavemente la cabeza, como queriendo negar la realidad de ese día.– No te arrugues, Vidio. Tómalo como una experiencia de la vida.
– La vida… -suspiró Ovidio. La vida es una totalidad orgánica en devenir…
– …en la que el hombre es el lobo del hombre…
– …y en donde el alma humana no es más que un desfile de percepciones.

Se pusieron de pie al mismo tiempo, reconfortados, y se estrecharon las manos francamente.
– Si quieres mañana nos juntamos a estudiar, yo te explico –ofreció Horacio recogiendo la mochila de la banca y empezando a caminar rumbo a su casa.

Ovidio lo vio alejarse. Era un buen cuate. Extrañamente se sintió más aliviado y capaz de capear el temporal que se avecinaba. El problema ya no parecía tanto.

– Y sin embargo, se mueve, pensó.

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