Cien años de Henestrosa

         Con el beneplácito de la comunidad artística y académica de México, el pasado jueves 30 de noviembre, cumplió felices 100 años de vida –lúcido, sano y feliz, dicen- el Maestro Andrés Henestrosa.          A esta edad, la editorial Plaza y Valdés tiene el acertado gesto de publicar, en coedición con la UNAM, un libro suyo, Andanzas, sandungas y amoríos, que se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

         Aunque nunca se graduó ni de la Escuela de Derecho ni de la Facultad de Filosofía y Letras donde hizo estudios, Andrés Henestrosa es considerado un maestro, pues impartió cátedra en la UNAM y en la Escuela Normal Superior de México, en la legendaria especialidad de Lengua y Literatura en Fresno 15, de la colonia Santa María la Ribera, en el Distrito Federal.          Autor de textos históricos, culturales, biográficos, epistolares, etc. sobre diversos aspectos de la cultura mexicana, Andrés Henestrosa, quien hasta los quince años solamente hablaba huave y zapoteco, llegó a tener tal dominio del idioma Español que fue nombrado (ignoro si lo siga siendo) miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. “El huave lo aprendí del pecho derecho de mi madre; del izquierdo, el zapoteco. Después, de otros pechos aprendí numerosas lenguas. Soy el idioma que hablo, porque mientras construyo la lengua, también me voy haciendo yo”, escribió, según se consigna en el texto de Éricka Montaño (La Jornada. 301106).

         El libro que lo ha hecho mundialmente famoso es Los hombres que dispersó la danza, publicado en 1929, escrito con una prosa tersa, brillante, que reúne  mitos y relatos de su natal Oaxaca, como Bigú, La Urraca, El murciélago, El pájaro carpintero y El carrizo, entre otros, textos que manifiestan una visión indígena acerca de la creación del mundo y las cosas, plantas, animales y personas que lo pueblan.

         Bien por Andrés Henestrosa y el cumplimiento de sus cien años de vida que, por cierto, él había vaticinado. “Voy a cumplir cien años –llegó a decir- y en este tiempo he buscado la alegría, no el llanto, porque a reír aprendí; llorar siempre supe”.

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