Alfabetizado y neoanalfabeto


         Hace ya casi medio siglo, comenta Silvia González en el capítulo “Escritura y segunda alfabetización” (Escuchar, hablar, leer y escribir en la EGB. Paidós. Buenos Aires. 1999.) que la UNESCO elaboró el concepto de alfabetizado avanzado, y lo definió de la siguiente manera: un alfabetizado avanzado debe disponer de una continuidad de habilidades, incluidas lectura, escritura, cálculo y numeración, y procesado de documentación, aplicadas a un contexto social que las requiera (la administración y la justicia, la salud y la seguridad, el conocimiento y la ocupación, la economía del consumidor y el aprovechamiento de los recursos de la humanidad”.

         De entrada llama la atención que el concepto sobrepasa la idea que por alfabetizado entendimos durante mucho tiempo tanto individuos como instituciones: una persona que sabe leer y escribir. Lo de avanzado incluye otro tipo de conocimientos y, sobre todo, su aplicación en contextos determinados. No basta, entonces, con saber leer, escribir y “sacar cuentas”, sino moverse adecuadamente a través de un sinfín de formatos que exigen a la vez conocimientos específicos de términos y conceptos relacionados con las múltiples disciplinas y requerimientos de un mundo cada vez más letrado. Pensemos, por ejemplo, en las dificultades que se presentan –en quienes no estamos habituados- al leer un contrato bancario, o al tratar de entender una demanda judicial, o al leer ciencia. Pues un alfabetizado avanzado, se dice, debe desarrollar habilidades para deambular, al menos básicamente, a través de todos esos dominios.

         Por su parte, Isabel Solé, autora del artículo “Leer, lectura, comprensión: hemos hablado siempre de lo mismo” (Comprensión lectora. Graó. Barcelona. 2001.), se congratula de que en estos tiempos amplias capas de la población puedan acceder a la lectoescritura, al menos en las sociedades occidentales. Advierte, sin embargo, la aparición de la figura del neoanalfabeto. Citando a Viñao, define así sus rasgos: a) hace usos restringidos y pobres de la lectura y más aún de la escritura; b) presenta dificultad, rechazo o aversión en el momento de relacionarse con lo escrito; y c) evidencia falta de habilidades necesarias para hacer uso de la lectura y de la escritura en las situaciones sociales que lo requieren, desde el punto de vista personal, cívico o laboral.

Este nuevo analfabetismo, según Viñao, es más peligroso que el tradicional, porque el problema entonces no se reconoce como tal, dado que el neoanalfabeto está encubierto, pasa desapercibido y es imposible reconocerlo aunque esté sentado a nuestro lado. El neoanalfabetismo, dice, manifiesta el fracaso del proyecto educativo de una sociedad que tiene entre sus metas la alfabetización.

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