Inventarse la vida


         “La biblioteca ideal es una biblioteca que hace soñar a los niños, que no les impone ideas o imágenes o historias, sino que les muestra posibilidades, alternativas. Estas cosas tienen una relación más tarde en su vida adulta. Leer historias simplemente, tal vez por el puro placer de contar, mostrar que se puede soñar y que hay salidas y que no todo está inmóvil. Que uno inventa su vida, que es posible inventarse la vida. Y que para inventar su vida tal vez deba tener antes materia prima, que sea necesario haber soñado para poder soñar y crear. La búsqueda de sí mismo, el encuentro consigo mismo, es la cosa más importante para un ser humano, para un individuo”.

         La anterior es una reflexión de un joven argelino de veintidós años, cuyos padres no saben leer ni escribir, y que habita en los suburbios pobres de París. Su nombre es Ridha.

         “Cuando era chico, cada uno de los libros era una alternativa, una posibilidad de encontrar salidas, soluciones a problemas, y cada uno era una persona, una individualidad a la cual podía conocer en el mundo. A través de la diversidad de los libros y de las historias, hay una diversidad de las cosas, y es como la diversidad de los seres que pueblan este mundo y a los que quisiéramos conocer en su totalidad; y nos parece una lástima que dentro de cien años no estaremos aquí y no habremos conocido al que vive en Brasil o al que vive en otro lugar…”

         Estas reflexiones son producto de una extensa investigación de Michèle Petit (1999) con muchachas y muchachos de barrios marginales, que han tenido pocas oportunidades de acceder a la escuela más allá de los niveles básicos. Sin embargo, por su cuenta, con una envidiable voluntad, han aprovechado sobre todo las bibliotecas para aprender, crecer y recrearse. Estos jóvenes tuvieron la fortuna (y no con esto quiero decir la suerte) de encontrarse con la lectura, y lo hicieron teniendo la suficiente apertura y claridad mental para percibir el sentido y la trascendencia de leer. La verdadera pasión por la lectura es una sensación que siempre viene de adentro. Como el hambre, que ellos conocen tan bien.

“Los escritores nos ayudan a ponerle nombres a los estados de ánimo por los que pasamos, a apaciguarlos, a conocerlos mejor, a compartirlos. Gracias a sus historias, nosotros escribimos la nuestra, entre líneas”.
        
Da gusto oírlos tan convencidos y entusiasmados al hablar sobre lo que la lectura significa en sus vidas. En medio de todas sus carencias, han aprendido a valorar y a valorarse a través de un objeto, el libro, que les ayuda a darle sentido a su existencia.

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