La primera biblioteca nacional


         Por su naturaleza y su función, a lo largo de la historia de la humanidad, las bibliotecas públicas han venido cumpliendo un papel significativo en la vida social. Allí se encuentran los saberes y la creatividad de quienes han plasmado sus inquietudes para compartirlas con otros.

         En México, la primera biblioteca concebida con el rango de “nacional” se inauguró hace apenas 140 años, precisamente en un mes de abril. Esta información que comparto con ustedes, con algunas pequeñas modificaciones, está tomada del texto “Estampas de historia de México”, de Ricardo López Méndez, editado en 2003 por la SEP.

“Hacia finales del siglo XIX se comenzó a pensar seriamente en nuestro país en la necesidad de crear la Biblioteca Nacional. La idea fue acogida por el gobierno y se expidieron varios decretos, uno en el año de 1833, otro en 1846 y otro en 1857, sin que fructificaran. Sólo hasta diez años más tarde, en 1867, fue creada, designándosele para local la antigua iglesia de San Agustín. Se ordenó entonces que aquellos libros pertenecientes a los conventos, así como los de la biblioteca que fue de Catedral, pasasen a enriquecer el nuevo establecimiento.

         Sin embargo, sólo hasta muchos años después se efectuó la inauguración oficial de la Biblioteca Nacional, bien sea porque se tardó en acondicionar el edificio, o bien porque todavía no se contase con el conveniente número de volúmenes y clasificación de los mismos, como para darle el título de “nacional” a dicho establecimiento público. Por fin, el 2 de abril de 1884, con un acervo de doscientos mil volúmenes, fue solemnemente inaugurada por el general Manuel González, entonces presidente de la República”.

         En nuestros días, el número de bibliotecas en  nuestro país es considerable, aunque los usuarios no lo sean. Hay bibliotecas nacionales, estatales y municipales, públicas y privadas, escolares y de aula, generales y especializadas. Sin embargo, con el arribo de opciones de oferta y búsqueda de información como el Internet y la asombrosa producción de accesorios tecnológicos para almacenarla (hay discos compactos que pueden contener varios miles de libros), el futuro de las bibliotecas, tal como hoy las conocemos, parece incierto. Su infraestructura, su formato, el servicio que ofrecen, el personal que las atiende y sus usuarios tendrán que irse adaptando, irremediablemente, a formas nuevas y tal vez todavía no imaginadas.

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