Leer ya no es lo que era



         Hace unos meses estuvo de visita en Colima el docente e investigador español  de temas lingüísticos Daniel Cassany. En una conferencia impartida en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Colima afirmaba que la lectura hoy nos ofrece variantes que hace dos décadas no hubiéramos considerado. La cantidad de información disponible a través de Internet y el cada vez más fácil acceso a las nuevas tecnologías están conformando un nuevo tipo de lector cada vez más acostumbrado a la pantalla que al libro.

         Cada época, con sus recursos y características ha delineado un texto específico, una forma de lectura y un tipo de lector.  Los estudiantes de hoy se asombran cuando comentamos que en los inicios de la imprenta cada palabra de un libro se formaba letra por letra colocando, a mano, un tipo tras otro. Qué locura, piensan.

         Cassany (2006), en su libro Tras las líneas. Sobre la lectura contemporánea. (Anagrama. Barcelona.) nos comenta su propia transformación lectora.

         Recuerdo todavía cómo escribí uno de mis primeros libros en 1985: tomaba notas a mano, pedía determinados ensayos en inglés por fax –entonces era ¡lo último!-, ponía el papel y la hoja de calco en la máquina de escribir, corregía con corrector líquido. Cuando me equivocaba varias veces tiraba la hoja y empezaba de nuevo… Escribir era sentarse entre la papelera y un montón de hojas, con la máquina enfrente.

         Hoy esta escena ya es historia… Hoy “gugueleo” –de Google- un término en Internet (con comillas, asteriscos o interrogantes, según la búsqueda), me bajo de la web los últimos artículos en PDF el día en que se publican: pregunto las dudas por correo electrónico al autor de un texto; tomo notas en mi agenda electrónica; envío este libro por Internet al editor, etc.
         Hasta aquí Cassany y la evocación de un tiempo que no está tan distante. Y es que, como se ve y lo dijera el poeta Neruda, nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

         Lo que sí no ha cambiado es la función de la lectura: interpretar –es decir, comprender- el texto. Podemos haber pasado de la tableta de arcilla y el papiro a la pantalla de plasma líquido, podemos disponer ahora de un disco compacto con dos mis libros cuando antes cada libro era copiado a mano, podemos entrar  a muchas bibliotecas del mundo cuando apenas ayer había que conformarse con lo que había en la que era. Pueden haber cambiado muchas cosas, pero darle significado y sentido a las letras sigue siendo, desde la invención de la escritura, el motivo esencial de leer.

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