Los hermanos menores de los pigmeos



Cuando me propuse escribir estas notas para presentar el libro de Agustín Monsreal, y sabiendo que el propósito de este evento es dejar en el auditorio una idea más o menos clara del texto en cuestión, con el fin de animarlo a leerlo, me ví en el mismo dilema del recién casado en la noche de bodas: ¿por dónde empiezo? Y me dije, primero anota que el libro no tiene un título, sino tres, aunque el que lo identifica sea el de Los hermanos menores de los pigmeos. Enseguida, como debe ser, describe la estructura que sostiene el texto, y aquí hubo otro problema, porque la obra no tiene un principio, sino dos, de los cuales –se advierte- sólo uno es verdadero; luego viene un conjunto de textos y un intermedio que el lector no puede utilizar para lo que quiera porque los textos siguen, y luego la continuación  la obra y después el fin de la obra, que no es tal, porque al último viene la conclusión, compuesta por tres epílogos. Olvidaba decir que antes del primer principio que no lo es, aparecen dieciséis apartados entre biografía del autor, dedicatorias, agradecimientos, prólogos (son tres) introducción, aclaración, exordio, prefacio, preámbulo y epígrafe. Este autor sí que le sabe sacar jugo a los apartados, pensé. Sólo espero que el auditorio pueda forjarse una imagen más o menos coherente de esta edificación churrigueresca que me ha tocado exponer.

         Y luego, bueno, hablar del contenido, que en principio me pareció fácil, pues el libro tiene tantos espacios en blanco como letras. Clasificar los espacios en blanco fue sencillo: eso son, pero los 124 textos que componen la obra no pueden fácilmente pasar la prueba de encajonarse en una categoría, pues hay de todo: minificciones y miniverdades, sentencias, relatos, poemas, aforismos, refranes paródicos, recetas, cartas… en fin, un retablo alucinante capaz de maravillar al más escéptico. Y en todos los tonos: graves, profundos, melancólicos, irónicos, románticos, mordaces, crueles, festivos, reflexivos, nostálgicos, agrios, tiernos y un sinfín de etcéteras. Y que abordan las temáticas más variadas: bíblicas, íntimas, realistas, fantásticas, mitológicas, cotidianas, inverosímiles, eróticas, mágicas… ¡ufff! La verdad, en ninguna de las ocasiones en que he tenido la suerte de presentar un libro me habían hecho tanta falta los adjetivos.

         Alacena de triquiñuelas y frioleras, como también se llama el libro, no recomiendo que se lea de un tirón –aunque tenga pocas letras- pues cada texto ha de degustarse como un sorbo de vino: si no se paladean unos pocos a la vez, viene inevitablemente eso que podemos llamar embriaguez literaria. Y aquí hay con qué.

         Contra lo que pudiera pensarse, manejar la brevedad de un texto no es cosa fácil; exige una autoimpuesta disciplina para hacer que lo poco diga mucho, evidencia un admirable manejo del lenguaje para encontrar la palabra precisa, la construcción exacta, la intención –con c- y la intensión –con s- cabal; esta tarea demanda un trabajo que involucra a las dos puntas del lápiz, y en donde tan importante es lo que se escribe como lo que se borra. Y este libro cumple con creces ese requisito. Cuántos intentos hay tras el texto definitivo eso sólo Agustín lo sabe, pero el texto final muestra la filigrana con que está construido y ese esfuerzo es un gesto generoso para el lector, un regalo a disfrutar producto de horas y horas de trabajo, y quiero aquí reconocérselo.

         La rebelión de los pingüinos, tercer título del libro, es un texto gozoso, disfrutable, para leerlo una vez y dejarlo reposar y volverlo a tomar y releerlo, sabiendo que si bien la tipografía será la misma, puede decirnos cosas diferentes cada vez, ya que tras la engañosa sencillez hay cosas que cuestionan, que mueven a la reflexión sobre la vida, la muerte y el amor, esas tres heridas de las que hablaba el poeta Miguel Hernández. Hay libros para volver a ellos y éste es uno, pues como se sabe, un libro releído es un espejo donde el lector se da cuenta cuánto ha cambiado.

         Siempre que puedo platicar con jóvenes aspirantes a escritores les repito que para encontrar qué contar hay que andar por el mundo con los ojos abiertos, pues las historias transitan por las calles. Eso, mezclado con la imaginación –la loca de la casa- produce el texto literario. Y Agustín Monsreal muestra en este libro esa paciente vocación que seguramente lo acompaña de manera permanente y que es producto de años de perseverancia. No podría entenderse de otra manera toda la maraña y la riqueza que configura esta obra. Él mismo lo proclama cuando afirma: “el mundo es para mí más feliz, más amplio, más colorido, más diáfano. Y deseo compartirlo con los lectores…”

Quiero terminar con una frase que acuñó Umberto Eco a propósito de la elaboración de una tesis y que resume mi experiencia de conocer este texto: leer el libro de Agustín Monsreal es como matar un puerco: nada se desperdicia.

Rubén Martínez González

Texto leído en la Sala Audiovisual de Casa de la Cultura. Colima, Col., 17 de Noviembre de 2005.

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