Un acto generoso


         En 1977 le fue otorgado, por su obra poética, el Premio Nobel de Literatura. Había nacido en Sevilla, España, en 1898 y murió en Madrid en 1984. Es considerado por muchos como uno de los mejores poetas de lengua española del siglo XX. Su nombre, Vicente Aleixandre.

         El poeta Aleixandre, quizá alguna vez, ante alguna pregunta que tan frecuentemente se les hace a los escritores –junto con la de por qué lo hace- reflexiona sobre para quién escribe.

Escribo acaso para los que no me leen. Esa mujer que corre por la calle como si fuera a abrir las puertas de la aurora. O ese viejo que se aduerme en el banco de esa plaza chiquita mientras el sol poniente con amor le toma, le rodea y le deslíe suavemente en sus luces. Para todos los que no me leen, los que no se cuidan de mí, pero de mí se cuidan (aunque me ignoren). Esa niña que al pasar me mira, compañera de mi aventura, viviendo en el mundo. Y esa vieja que sentada a su puerta ha visto vida, paridora de muchas vidas, y manos cansadas. Escribo para el enamorado; para el que pasó con angustia en sus ojos; para el que no le oyó; para el que, al pasar, no miró; para el que finalmente calló cuando preguntó y no le oyeron. Para todos escribo. Para los que no me leen sobre todo escribo. Uno a uno, y la muchedumbre. Y para los pechos y para las bocas y para los oídos donde, sin oírme, está mi palabra.

         Escribir es como tender un puente. Una parte del puente, que justamente en el centro encuentra su otra parte que viene desde la orilla opuesta, la lectura. Y entonces dos personas, que acaso no se han visto nunca o jamás se verán, establecen contacto. A veces el intento de la escritura no encuentra contraparte y esos dos seres pasan por la vida sin rozarse, sin tener noción uno del otro. Quien escribe lo sabe, y sin embargo, lanza, como apunta José Emilio Pacheco, “botellas al mar” con la esperanza que alguien las encuentre.

         Es triste que un texto no encuentre un lector a quien posiblemente su lectura pudo cambiar su vida, hacerlo sentir, pensar, desconcertarse. Me viene la imagen de la caja de libros que por muchas razones se queda en la penumbra de la bodega de una editorial y trunca de ese modo una travesía que debía de llegar sin novedad a puerto. Pienso en quienes no se dan la oportunidad de adentrarse en un libro, de tender su parte de puente. Pienso en quienes, como el poeta, siguen escribiendo para quienes los leen y también para quienes no los leen, lo que hace del escribir, indudablemente, un acto por demás generoso.

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