La escuela y el hábito lector

El hábito –dice el refrán- no hace al monje,  aludiendo a que llevar una vida monástica no consiste solamente en ponerse la vestimenta del caso; de la misma manera, podemos afirmar que el hábito no hace al lector.

Un hábito es una costumbre o práctica adquirida por frecuencia de repetición de un acto. La definición no aclara si es por voluntad propia o ajena. Me explico. Un estudiante –de cualquier nivel- tiene que adquirir, al menos todavía, el hábito de la lectura si quiere salir airoso en las materias que cursa. Es decir, toma por costumbre dedicar una parte de su tiempo a la lectura de textos. Le guste o no, y se disciplina para hacerlo, como quien camina por prescripción médica. Es una necesidad. Ello no hace, necesariamente, que cuando esa necesidad cesa, ese lector por necesidad siga leyendo por su cuenta, o que lea otro tipo de textos diferentes a los que el estudio le demanda. Los casos abundan. Formarse un hábito tiene que ver con motivaciones internas o externas; las primeras son las más sólidas y duraderas. En el caso de las segundas, en cuanto el estímulo cesa o decrece, el hábito puede abandonarse fácilmente.

Mucho se ha dicho que la escuela tiene, entre sus múltiples tareas, la de formar el hábito lector en sus alumnos, y lo hace de alguna manera, con las limitaciones que la motivación y la voluntad de cada uno de los estudiantes se lo permite. Pedro C. Cerrilo Torremocha (2005) lo plantea de la siguiente manera: “No podemos olvidar, por mucho que obliguemos a una persona a leer, que la lectura tiene su base en la decisión personal de leer, libremente tomada por cada persona. Sería importante también reconocer que, en relación con la lectura, la responsabilidad prioritaria de la escuela es con los niños que no saben leer, no con los niños que, sabiendo leer, no quieren leer. Sí es responsabilidad de la escuela la competencia lectora –que sepan leer y comprender lo que leen- y la educación literaria de los escolares. La sociedad tiende a adjudicar a la escuela, injustamente, toda la responsabilidad en la adquisición de hábitos lectores”.

En lo personal, creo que la escuela sí tiene la posibilidad, mediante diversas estrategias, de desarrollar en sus alumnos el hábito lector y me consta el esfuerzo de muchos profesores (as) por hacerlo y los buenos resultados que obtienen, pero es solamente eso, una posibilidad. Recuerdo –palabras más, palabras menos- un pasaje del libro Siddharta de Hermann Hesse, en donde un discípulo le pide que habiendo llegado a la iluminación le diga cómo hacerlo, y Siddharta le contesta que no puede, porque es un proceso que viene del interior y que tiene que vivir su propio proceso para llegar a ella. Las motivaciones ayudan –y mucho-, pero eso no hace al monje.

Hay hábitos que cruzan el pantano y no se manchan, diría Salvador Díaz Mirón. ¿Tu hábito es de esos?

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