PISA

 Un periódico local publicó hace unos días un artículo de Ángel Díaz Barriga en donde hace una serie de reflexiones acerca de los exámenes que se aplican a estudiantes de quince años, que cursan tercero de secundaria o primero de preparatoria, como parte del Programe for International Student Assesment (PISA) de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE). Dado que en las tres ocasiones en que se ha aplicado nuestro país ha obtenido resultados desastrosos y con ello una justificada inquietud educativa y social, conviene retomar aquí algunas consideraciones que plantea Díaz Barriga. La primera es una especie de advertencia que el estudiante puede leer al inicio del documento: si sólo tienes los conocimientos de las materias que se examinan no vas a poder resolver esta prueba; si no los tienes, tampoco. Es decir, aclara Díaz Barriga “no es una prueba que mida la capacidad de retención y uso aplicado sencillo de un conocimiento, sin que su interés está signado por la capacidad que la educación logra para que los estudiantes utilicen la información que han aprendido hasta los quince años en la resolución de problemas concretos y reales de la vida cotidiana”. Esto es, se mide la capacidad de aplicar o transferir el conocimiento, y no sólo la posesión del dato, asunto en el que nuestras escuelas están rezagadas. Otro dato que revela el autor es que PISA establece un nivel esperado de respuesta de los estudiantes, que obtiene mediante una combinación de índices de calidad de vida (socioeconómicos) e inversión estatal en educación. Mientras mayores sean ambos, el nivel esperado de los estudiantes es también mayor… y sucede que los niveles alcanzados son los que PISA esperaba para los mexicanos. Esto nos dice que ambos aspectos son insuficientes y mientras no haya un aumento considerable, tanto en cantidad como en calidad, los resultados seguirán siendo los mismos. Es decir, no es sólo un problema de la escuela, sino del país. Corroborando lo anterior, los estados con mayor rezago en México obtuvieron, claro, los peores resultados. Un tercer asunto que aborda Díaz Barriga es que, dadas las condiciones, habría que preguntarse qué tipo de educación debe brindarse entonces en el sistema educativo mexicano, y pregunta: “¿queremos que los alumnos recuerden y retengan memorísticamente la información o buscamos que los estudiantes desarrollen habilidades y estrategias para usar la información, y en su caso allegarse de nueva información?” La respuesta a lo planteado por el investigador es obvia. El qué nos queda claro; el asunto es el cómo. Habría que transformar muchas cosas, y eso cuesta. En muchos sentidos.

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