Ambiente alfabetizador

Desarrollamos la capacidad de leer y escribir en parte por el método y las actividades que los (las) docentes de preescolar y primaria implementan para enseñarnos cómo funciona el código, y en parte porque estamos inmersos en una sociedad que tiene en la letra uno de sus pilares fundamentales. Escuela y entorno son, entonces, los ambientes naturales de la cultura escrita.

Son muchos los autores que han coincidido en la importancia de que el niño que aprende o va a aprender a leer y escribir lo haga en un ambiente alfabetizador. ¿Y eso qué es? Miriam Nemirovsky (2006), quien ha realizado diversos estudios sobre lectoescritura en preescolar afirma que hay tres condiciones mínimas que deben cumplirse para considerar que un ambiente es alfabetizador.

La primera condición mínima es la interacción que debe darse entre el niño que aprende y otros sujetos lectores, ya que, dice la autora, “es a través de quienes utilizan habitualmente la lectura y la escritura que el sujeto va descubriendo el sentido que tienen dichas acciones, para qué y por qué se realizan”. Estas personas generalmente forman parte de un círculo muy cercano al niño –familiares, vecinos, amigos, maestros- y funcionan como modelos lectores; esto es, la importancia y la frecuencia que las personas que le rodean dan a leer y escribir son aprehendidos por el niño. Una ventaja más que esta interacción produce es la posibilidad de compartir con otros aquello que se lee o se escribe, lo que sin duda enriquece la experiencia.

La segunda condición es la interacción con textos. Dado que la destreza en la lectura y la escritura se produce gracias a la frecuencia y calidad con que el proceso se lleve a cabo, el contacto con diversos tipos de texto (no solamente los escolares) es fundamental. Un amplio y variado repertorio de textos como libros, revistas, periódicos, volantes, anuncios, etiquetas, cartas, etc., no sólo irán capacitando al niño a leerlos según las características que cada texto tiene, sino también a ir desarrollando el concepto de la función social de la escritura, esto es, que mediante la escritura se satisfacen las necesidades y se cumplen los propósitos que las personas tienen.

La tercera es la de contar con espacios y tiempo para la lectura. Que no sean –dice Nemirovsky- “breves momentos esporádicos, casuales y puntuales, sino oportunidades regulares y duraderas”. En otras palabras, hacer de la práctica de la lectura y la escritura un hábito.

Si bien estas consideraciones tienen que ver con las condiciones y características de cada niño que aprende o va a aprender a leer y escribir, hay un lugar que puede crearlas o potenciarlas: la escuela. Es allí donde cada sujeto puede ir construyendo la oportunidad de ser un participante activo de la cultura letrada que hoy predomina en el planeta.

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