Intertextualidad

          Como una red de vasos comunicantes por donde fluye la creativa expresión humana, así entiendo el concepto de intertextualidad. Buscando información sobre la manera en que los niños que aún no asisten a la escuela construyen su manera de entender la escritura, me topé con una interesante reflexión que hace Norma Desinano, citada por Dora Ortiz y Alicia Robino (2003) en el libro Cómo se aprende, cómo se enseña la lengua escrita (Lugar Editorial: Buenos Aires). La nota dice así: “Según el principio de la intertextualidad, un texto es una caja de resonancia en la que suenan muchos textos/todos los textos a los que el sujeto ha tenido acceso: en otras palabras, su texto es uno dentro del marco casi infinito de su cultura socialmente acotada, en el aquí y el ahora de la coyuntura histórica”.          El aprendizaje de la escritura, como sabemos, está íntimamente ligado al aprendizaje de la lectura y es su resultado; mientras es posible leer sin saber escribir, no es posible lo contrario. La escritura propia, personal, se presenta, entonces, según la teoría de la intertextualidad, como el producto de una larga apropiación o aprehendizaje de los textos con los que hemos tenido contacto a través de la vida. En otras palabras, nuestra escritura es el reflejo de nuestras lecturas. Así, como un ejemplo de intertextualidad puede entenderse la influencia que Pedro Páramo ejerció en la forma de escribir de Gabriel García Márquez, según él mismo lo ha declarado.          Hay varias clasificaciones de los tipos de intertextualidad, pero las más comunes son cuatro: la apropiación, entendida según el diccionario, como la “acción y resultado de tomar para sí alguna cosa haciéndose dueño de ella”, la cual puede ser deliberada o no, y que muchas veces alude a las características de un estilo, de una manera personal de escribir que tiene que ver con aquello que ha fascinado al sujeto; la cita, o la referencia a otro texto y que suele anotarse entre comillas y otorgando el crédito correspondiente al autor; la alusión, que es también una referencia a otro texto pero sin consignarlo explícitamente, sin nombrarlo, aunque el lector sepa de cuál se trata, pues su referencia es evidente; y, finalmente, el plagio, -el lado oscuro y deleznable de la intertextualidad- que es la copia de una obra ajena que se presenta, dolosamente, como propia. Así entendida, la intertextualidad no es solamente una condición necesaria, sino ineludible para el sujeto que escribe, y no sólo se percibe a nivel de forma, esto es, en el uso de la sintaxis y el vocabulario, de la estructura del texto y de sus maneras expositivas, argumentativas, etc., sino también de fondo, es decir, en las temáticas que recurrentemente aborda. Somos, pues, como escritores, lo que hemos venido siendo como lectores. En ese sentido, un texto, cualquier texto, muestra el conocimiento que el autor posee sobre otros textos y eso es algo que, dada su función compensatoria y constructiva, debe alentar la escuela. Salvo el plagio, por supuesto.

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