La maravilla del cuento

  

            Ya lo dijo no recuerdo qué poeta: los sueños de la humanidad se han mecido con cuentos. El cuento, ese breve relato producto de la ficción, de la imaginación (la loca de la casa), ha fascinado al género humano desde que tuvo conciencia de su estancia en el universo. Con diversos ropajes, el cuento nos acompaña a través de nuestra existencia y nos hace la vida más placentera, más plena, más feliz. Dentro de la literatura o fuera de ella, el cuento nos maravilla y nos atrapa con el sólo poder de la palabra y lo que evoca.

 

         La escritora argentina Graciela Montes, en su libro La frontera indómita (FCE. México. 1999), nos regala una exquisita reflexión sobre el cuento, que hoy me permito compartir con ustedes.

 

“El cuento está hecho de palabras, y por eso es una ilusión tan especial. En realidad una ilusión doble, que monta una ilusión sobre otra. Un cuento es un universo de discurso imaginario, imaginario dos veces, porque ya el discurso, el lenguaje, es en sí un “como si”, un disfraz, un juego con sus reglas. El signo –el símbolo- , la palabra, juega a ser, está jugando a ser, señalando una ausencia. Como algo que “es” pero “no es”. Si digo “agua”, nadie se moja, pero todos evocan mojaduras. El agua está y no está dentro de “agua”. “Agua” –la palabra- es la marca del agua que no está. Así son las palabras, como monedas de cambio: se dan y se reciben. Es un juego que jugamos todos. A veces, cuando digo “agua”, entrego esa moneda por valor de un agua concreta, me refiero a cierta manifestación de todas las aguas posibles del planeta. “Quiero agua”. Ésa, la que se agita en la jarra. Hablo de cosas que están en el mundo, apunto al mundo con las palabras, lo señalo, lo nombro. Hablo con el lenguaje de la noticia, de la información, de la explicación, de la organización. El de las verdades y las mentiras.

Pero el cuento es otra cosa.

         El cuento es un universo nuevo, un artificio que alguien ha construido. En el cuento está explícitamente indicado que las palabras que lo forman nombran una ficción y no un referente real, que –deliberada, declaradamente- están construyendo una ilusión, un mundo imaginario. En la ficción, la cuestión de si el discurso es verdadero o falso no es pertinente. Ninguno de los enunciados que un cuento contiene puede ser tildado de verdadero o de falso porque el cuento no tiene referente. No cabe ningún cotejo, ninguna demostración. En el cuento sólo manda el propio cuento. Y, sin embargo, mientras estamos ahí adentro no hay nada en que creamos más que en eso que nos están contando”.

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