Tipos de lectura

         Un espacio por excelencia para la lectura es el aula. En las aulas de todos los niveles educativos de todos los países, se lee. O eso creo. Me parece que aquel verbalismo delirante de quien todo lo sabe hacia quien todo lo ignora ha venido en retirada ante la implementación de nuevos modelos pedagógicos más participativos. En todas esas aulas pueden encontrase materiales de lectura, llevadas tanto por el docente como por el alumno o que permanecen en el aula: libros, fichas, apuntes, anotaciones, esquemas, revistas, mapas, instructivos…

 

         Demos por sentado que en el aula se lee. ¿Y cómo se lee? José Quintanal Díaz, en el capítulo “Tratamiento complementario de la lectura en el aula” (Comprensión lectora. Graó. Barcelona: 2001) anota que en el aula pueden hacerse cuatro tipos de lectura. Analicemos su clasificación.

 

         La primera, dice, es la lectura de investigación, que se lleva a cabo cuando el alumno la realiza para descubrir por sí mismo la información solicitada por el docente; la segunda es la lectura para el aprendizaje, es decir, la que busca que el alumno localice en el texto el dato solicitado y transfiera esa información al cerebro, integrándola al cúmulo de conocimientos que ya posee, haciendo de ella un saber; una más es la lectura espontánea, de la que dice: “son numerosos los momentos escolares en que el alumno toma contacto con el texto de la manera más natural, por simple curiosidad o incluso casualidad y se topa con textos que le permiten ampliar su espectro de conocimientos, pues toda lectura, y más la temática, aporta algo”; y por último, la lectura resolutiva, esto es, aquella que se lleva a cabo para buscar soluciones, y que parte de un texto que plantea una situación problemática que requiere ser comprendida, valorada y resuelta por el alumno.

 

De todas ellas, esta última, anota Quintanal Díaz, implica un alto grado de procesamiento mental, por lo que su ejecución resulta ardua y compleja para el alumno,  pero que resulta altamente efectiva para realizar aprendizajes significativos, como lo demuestra el auge que ha tenido en los últimos años el modelo de Aprendizaje basado en problemas (ABP) en boga en muchas universidades del mundo.

 

No puede decirse, sin embargo, que una sea mejor que las otras; son, simplemente, diferentes y cada una de ellas realiza una función en el proceso de aprender. Son herramientas distintas que se utilizan para propósitos específicos en diferentes momentos. Más todavía, es bastante común que la naturaleza de la actividad las lleve a la necesidad de combinarlas para poder llevar a cabo la tarea.

 

Lo que sí, conviene conocer, de parte del docente y del alumno, cuál forma se va a utilizar en qué etapa del aprendizaje y para qué. Esto garantizará un mayor desempeño durante la lectura y, en consecuencia, mejores resultados. Conocerlas, utilizarlas y valorarlas de manera intencional y conciente forma parte de de eso que llamamos, todavía de manera vaga e imprecisa, la metacognición de la lectura.

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