Un profesor motivador

 

  

         La figura del profesor, de la profesora, es fundamental en el aula y en el proceso educativo en general. Es a veces una fuente de información que trasmite y comparte lo que sabe, a veces un mediador que ayuda a que el alumno vaya encontrando y construyendo su propio conocimiento. Pero más allá de los datos que circulan entre docente, texto y alumno, el profesor es un ente con actitudes, normas, creencias y valores tanto provenientes de su personal formación, como de la institución a la que representa. Es decir, presenta ante sus alumnos un discurso que puede pretender o no, transmitir.

 

         Esa enseñanza, que puede ser conciente o inconciente, se lleva a cabo mediante el ejemplo, la imposición, la persuasión, el convencimiento o algunas otras formas, y en mucho depende de la manera utilizada el hecho de que el alumno llegue a imitar, acatar, acceder o convencerse de hacer suyo ese discurso, ese conjunto de actitudes, normas, creencias y valores.

 

         En el ensayo Cultura del profesor y modos de motivar: a la búsqueda de una gramática de los motivos, (El aprendizaje estratégico. Santillana. Madrid, 1999.) Juan Antonio Huertas afirma que en la motivación que el profesor pretende en los alumnos para aceptar determinado discurso es esencial la percepción que ellos tengan de él como persona y como docente. En la imagen de un profesor creíble, dice, confluyen cuatro aspectos: su credibilidad, su atractivo, su poder y su status.

 

         La credibilidad de un profesor depende de la sensación de competencia que provoque y de la apariencia de sinceridad que manifieste, es decir, qué tanto sabe de lo que habla y qué tan convencidamente lo dice. El atractivo no se refiere por supuesto a su figura, sino a su actitud; un profesor cercano al alumno, afectivo, convencido y contento con su función tendrá más oportunidades de “vender” su discurso que otro que desarrolle actitudes contrarias. Aunque en menor medida, el poder o posibilidad de control que mantiene un profesor, y la manera en que lo ejerce, influye en el momento de transmitir su discurso. Por último, su status, o la percepción de importancia de su persona y de la función que lleva a cabo haya logrado desarrollar ante sus alumnos.

 

         La motivación, dice Huertas, no es otra cosa que un conjunto de patrones de acción que activan al individuo hacia determinadas metas. En la escuela, y en la vida en general, la motivación es fundamental para el aprendizaje. Mucho se logra si el alumno quiere hacer las cosas porque está convencido, motivado, dispuesto a esforzarse por aprender, hacer o creer. Si no hay esa motivación, todo será un constante jaloneo en una batalla que está perdida de antemano.

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