Vargas Llosa y la lectura

         “Como todos los escritores, antes de escritor, fui lector. Creo que aprender a leer es lo más importante que me ha pasado en la vida. Recuerdo el extraordinario enriquecimiento que significó para mí empezar a leer, es decir, empezar a vivir a través de la lectura, muchas más vidas de las que yo podía aspirar a tener, poder viajar en el tiempo, en el espacio, cambiar de identidades y situaciones.

 

         La lectura sigue siendo todo eso para mí: un extraordinario placer, el más rico y diverso de los entretenimientos. Sé que se puede justificar la lectura por muchas razones, pero para mí ésta ha sido siempre la primera.”

 

         Esta cita es de Mario Vargas Llosa, peruano –y español-, miembro de la Real Academia Española de la Lengua, y autor de una serie de novelas impresionantes que lo sitúan como uno de los más grandes novelistas latinoamericanos de todos los tiempos, y entre las que figuran La ciudad y los perros, La casa verde, Conversación en la Catedral, La guerra del fin del mundo y La fiesta del chivo, entre muchas otras.

 

         La idea de que detrás de todo gran escritor hay un gran lector es reafirmada aquí por Vargas Llosa. La lectura, desde los primeros años, no sólo va forjando el gusto por la actividad al grado de convertirla en hábito –en un vicio a veces-, sino que va nutriendo, desarrollando, de manera callada, imperceptible, esa potencial capacidad para escribir.

 

         Mucho de lo que Vargas Llosa –como todos los escritores- ha vertido magistralmente en sus páginas y que tanto deleita a sus lectores, lo ha seguramente cosechado durante sus propias lecturas, lo ha atesorado durante su propia travesía como lector.

 

Y no me refiero a que haya realizado plagio o copia o siquiera imitación, no. De las cosas que se leen, el cerebro aprende de dos maneras: una conciente, que tiene que ver con retener datos, información (nombres, anécdotas, tramas, descripciones…), cosas que en un momento dado pueden nombrarse, recordarse; y la otra, inconciente y más sutil, que tiene que ver con el aprendizaje de estructuras narrativas, de usos lingüísticos, de variantes estilísticas, de recursos retóricos, de una serie de elementos que constituyen el andamiaje de la obra literaria, su forma de decir el fondo, su manera de desarrollar el asunto; un aprendizaje que se va filtrando, como la humedad, que se va estableciendo en una zona no conciente pero que van construyendo los propios recursos narrativos del escritor.

La habilidad de la escritura se cimenta en gran parte en la habilidad de la lectura. Intervienen además las experiencias de la vida misma, las capacidades individuales de observación, abstracción, análisis, síntesis, comparación, y un largo etcétera que dan a cada quien una particular visión e interpretación del mundo.

 

Mucho de lo que somos como escritores (profesionales, aficionados, ocasionales) se lo debemos a las lecturas que hemos hecho en la vida, a lo que hemos aprehendido oficiando como lectores, tal como lo afirma líneas arriba Mario Vargas Llosa, y eso reafirma la importancia que la lectura tiene en este nuestro paso por el mundo.

 

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La reseña

Dado que es imposible descubrir siempre por cuenta propia las novedades editoriales, una manera de conocer nuevos libros o autores es a través de la recomendación que otros lectores nos hacen, ya sea que nos lo comenten cara a cara o que su opinión se difunda a través de algún medio de comunicación. Aunque, estrictamente hablando, no quita que la presentación pueda ser oral, por lo general, cuando esa recomendación es escrita la llamamos reseña.

 

         Una reseña es un tipo de texto de extensión variada –dependiendo de la amplitud de la obra o la profundidad del estudio- que hace un análisis de una obra o actividad determinada: un libro, una película, una obra de teatro, un evento, aunque el término es generalmente utilizado para referirse a libros. Ese análisis permite al autor no solamente conocer la obra, sino también valorarla. Una reseña es, de alguna manera, una invitación que se hace para conocer ese producto.

 

         La reseña puede ser fundamentalmente descriptiva, es decir, concretarse a exponer la estructura, el contenido y el sentido de la obra, lo que permite al lector hacerse una idea del texto y decidir si quiere o no entrar en contacto con ella. Sin embargo, la esencia de la reseña –además de su descripción- incluye generalmente un comentario crítico o valoración que hace el autor, apoyándose y citando –para evidenciar su dicho- algunos pasajes del texto que reseña.

 

Cuando la reseña la realiza un experto, un conocedor o alguien que se toma el trabajo de indagar sobre el tema que el libro desarrolla, sobre el autor o el contexto en que fue escrita (por mencionar sólo algunos aspectos) este comentario o valoración le da un valor agregado a la reseña, pues pone ante los ojos del lector razones, reflexiones y argumentos que hablan sobre la valía y trascendencia de la obra. En ese sentido, una reseña no sólo muestra y expone, sino que guía y aconseja.

 

No hay que perder de vista, sin embargo, que la reseña expone, a fin de cuentas, el punto de vista de quien la realiza. Esto es, por más experto que sea el reseñador, puede haber diferencias entre su opinión y el gusto o disgusto que le deje al lector la lectura de la obra. Desde luego, una orientación de alguien versado en el tema puede ser un referente para decidirse a abordar la obra o asistir al evento.

 

Con todo, la reseña no es privativa de expertos y conocedores; cualquiera puede abordarla. De hecho, en la vida diaria, informalmente,  se realizan sin que se tenga conciencia del nombre. Es parte de nuestra manera de ver, interpretar y evaluar lo que leemos y observamos.

 

Sin embargo, cuando una reseña se realiza por razones informativas, motivacionales o académicas conviene seguir cierta estructura que de hecho comparten los textos expositivos y que en términos generales consta de una introducción, un análisis de la obra, un comentario crítico y una exposición. Aunque el estilo personal de quien reseña puede darle un toque personal a lo que escribe, conviene no perder de vista estos elementos a fin de que la reseña cumpla con su función, que es, hay que repetirlo, informar, invitar, motivar o persuadir al lector para que conozca la obra.

Sinónimos, hipónimos e hiperónimos

         Como se sabe, no hay en el Español –ni en ningún otro idioma- dos palabras que signifiquen exactamente lo mismo, o que se usen para designar una misma cosa. Bajo esta óptica, habría entonces que considerar que no es lo mismo amar que querer, ver que mirar, escuchar que oír. En el habla cotidiana estos pares de palabras pueden usarse indistintamente sin que se afecte la esencia del mensaje porque ambas tienen el mismo sentido; en el caso, por ejemplo, de amar y querer, ambas se refieren a una expresión de afecto, de algo con lo se siente predilección o satisfacción o gozo, pero no siempre uno ama lo que quiere, aunque siempre quiere lo que ama. Digamos que es una diferencia de matiz.

        A este fenómeno semántico de la lengua se le llama sinonimia. Las palabras sinónimas comparten una significación aproximada, parecida, semejante, cercana, pero no igual. De esta manera, matar, asesinar y linchar, aunque se refieren a quitar la vida, cada palabra designa una circunstancia particular en que el acto se lleva a cabo. Se dice, por ejemplo, que los pueblos esquimales tienen  varias palabras para nombrar la nieve, o que los pueblos del desierto usan otras tantas para designar la arena, pero en ambos casos las utilizan porque se refieren a diferentes tipos de arena o nieve y establecer esa diferenciación es para ellos fundamental.

     La gramática habla de sinónimos totales y sinónimos parciales. Los primeros, para designar aquellas palabras que pueden usarse indistintamente sin que –aparentemente- cambie el significado, como es el caso de las palabras micra y micrón, que en el campo de las ciencias se aceptan como válidas para referirse a la millonésima parte de un metro, aunque la palabra micra es, en su origen, el plural de micrón. Los sinónimos parciales, por su parte, son palabras que pueden usarse con un significado “igual” en muchos contextos, pero no en todos; es el caso, por ejemplo, de pistola y arma.         

  Para establecer una diferencia y una precisión entre estos casos de sinonimia, la gramática habla de dos categorías: el hipónimo y el hiperónimo. El primero se refiere a una cualidad particular y el segundo a una general. Así, pistola es el hipónimo de arma, que es su hiperónimo. Es decir, aunque una pistola siempre es un arma, no todas las armas son pistolas. La misma relación se establece, por ejemplo, entre las palabras, asesinar y linchar, que son hipónimas de matar, que es su hiperónima.

      El uso de sinónimos en la expresión oral y escrita evita la repetición de un mismo término y su consiguiente monotonía. Esto es, la sinonimia es un recurso que facilita y enriquece la exposición de las ideas y que demuestra el conocimiento y dominio del vocabulario de un idioma. Sin embargo, como ya se anotaba, hay que tener cuidado al elegir un sinónimo, pues el uso atinado y la aceptación de quien recibe el mensaje dependen de factores como el lugar, el contexto sociocultural y la intención con que se utilicen. En otras palabras, no todos los sinónimos son adecuados en todas las circunstancias ni con todas las personas. Tú que me lees, seguramente ya lo habrás advertido.