El Plan Keller

El trabajar con un sistema de estudios abierto, basado en asesorías, donde los alumnos determinaban libremente cuándo recibirlas y cuándo examinarse, me permitió conocer de primera mano las características del Plan Keller. Este sistema de estudio fue diseñado por el psicólogo y educador estadunidense Fred Keller en la década de los sesentas y ampliamente conocido gracias a la publicación de de un documento al que tituló “Goodbye Teacher”.
El Sistema de Instrucción Personalizada , como también se le conoce al Plan Keller, está diseñado para operarse en aquellas instituciones que ofrecen estudios en donde no es necesario que el alumno asista de manera regular a las aulas ni curse una materia o módulo en determinado tiempo.
La metodología del Plan Keller se basa en que el contenido de un curso se subdivide en temas concretos en donde cada uno de ellos constituye una meta a lograr. Cuando se llega a esa meta, se comienza con otro tema o unidad del curso. Cada estudiante avanza a su propio ritmo (según su capacidad, el tiempo de que dispone, su motivación, etc.), pero en el transcurso es, cuando así lo considera, apoyado por un asesor que aclara dudas, refuerza contenidos, orienta sobre formas de estudio, etc. Cuando el estudiante lo considera, se examina sobre esa meta; si la alcanza, junto con su asesor planean la siguiente, si no, juntos analizan qué falló y hacen los ajustes necesarios para intentarlo de nuevo. La suma del logro de esas metas concretas permite o facilita el logro de la meta general, que en este caso sería el examen de todo un curso.
Los elementos más importantes, entonces, del Plan Keller son los siguientes: 1) establecimiento de metas específicas; 2) exámenes frecuentes y monitoreo de los avances; 3) asesorías adecuadas y oportunas; 4) logro de una meta antes de pasar a la siguiente; y 5) dominio efectivo y alto de los contenidos estudiados.
Del manejo adecuado del sistema –tanto de parte del alumno como del asesor- depende su eficacia. En sistemas tradicionales como el nuestro, los alumnos no están acostumbrados a estudiar por su cuenta, por lo que a muchos se les dificulta adquirir esa disciplina que es fundamental para su funcionamiento; por su parte, y debido también a las experiencias vividas, muchos docentes se sienten más seguros impartiendo una clase que brindando una asesoría.
Por sus características, es entendible que generalmente se ofrezca en estudios de preparatoria, profesional o posgrado, aunque también se ha utilizado con éxito en el caso de estudios básicos (alfabetización, primaria o secundaria) con adultos. Los docentes de primaria y secundaria regular podrían adaptar el Plan Keller como metodología de trabajo. Por sus propias características personales o estilos de aprendizaje, algunos alumnos podrían sentirse más seguros y desarrollarse mejor.––Además de los elementos mencionados arriba, no hay que perder de vista que para que funcione, el sistema requiere de dos circunstancias: una, que se cuente con el material necesario y completo; la otra, que el alumno esté lo suficientemente dispuesto en esforzarse para desarrollar el hábito y la disciplina para estudiar por su propia cuenta.

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Jaime Escalante

En la década de los setentas, Jaime Escalante, un profesor de origen boliviano, se hizo famoso porque implementó en una high school (escuela equivalente a nuestra prepa) de Garfield, en Los Ángeles, un sistema para estudiar matemáticas a grupos cada vez mayores de estudiantes de bajos recursos que tradicionalmente reprobaban el examen para ingresar a estudios universitarios.
Su éxito se debió, además de la metodología usada para la enseñanza de las matemáticas, a tres circunstancias aparejadas: su entusiasmo por transmitir los conocimientos de la materia, el tiempo y el esfuerzo extra –que tanto él como los estudiantes- dedicaron al estudio y la confianza en que los alumnos, etiquetados como perdedores, podían llegar a la meta. Su historia se conoció internacionalmente a través de una película titulada (en español) Con ganas de triunfar.
Se cuenta que en el salón de clases donde trabajaba, Escalante había colocado a la vista un cartel que decía “No hay necesidad de facilitar el cálculo porque ya es fácil”, que de alguna manera resume las tres condiciones arriba enunciadas. Pienso en Jaime Escalante cuando escucho a profesores y profesoras (como se dice ahora) hablar de las dificultades que enfrentan porque sus alumnos no comprenden lo que leen.
Como se sabe, la mayoría de las escuelas de Colima identifican los bajos niveles de comprensión lectora como uno de sus principales problemas. Las evaluaciones así lo confirman. Hay, pues, una situación problemática real y que no es privativa de la educación básica.
Muchos maestros –y maestras- preocupados por esta situación buscan honestamente encontrar soluciones y tratan de encontrar una fórmula (casi un abracadabra) para salvar el escollo. Lamentablemente tal fórmula no existe. Esto no quiere decir que el problema sea imposible de resolver, no. Quiere decir que tras la solución debe haber trabajo sistemático y comprometido.
Como también se sabe, la comprensión lectora es producto de la aplicación de una serie de habilidades cognitivas que posibilitan la adecuada interpretación del texto y la consiguiente construcción del conocimiento. Esto es, pensar efectivamente. Y es un proceso que cada persona debe realizar por su propia cuenta.–– Pero esto no quiere decir que el estudiante deba hacerlo solo. La figura y la función del maestro son su guía y su apoyo. Por ello, convendría que los docentes, más que buscar el abracadabra, tomáramos en cuenta las claves del éxito de Escalante y sus alumnos: dominio de la materia, entusiasmo, esfuerzo y confianza. Si lo hacemos, tal vez no sea necesario resolver el problema de la comprensión lectora, porque ya no será un problema.

Conocimientos previos de la escritura

La escritura ha sido, sin dudarlo, una de las grandes creaciones del ser humano. A más de ser –junto con el habla- uno de los instrumentos esenciales de la comunicación, es una herramienta que permite el desarrollo del pensamiento y la transformación del conocimiento. Dado que la escritura es un reflejo del pensamiento y el sentimiento, cuando escribimos se realiza un esfuerzo –considerable, por cierto, según la complejidad de la tarea- por “traducir” lo abstracto en concreto. De ahí que redactar no es siempre sencillo.
Como todas las artes y oficios, la escritura se va facilitando si se dan dos condiciones: la técnica y la práctica, es decir, el aprender cómo y el tener la necesidad, la oportunidad o el gusto de hacerlo. Monserrat Castelló Badía, en el texto “El conocimiento que tienen los alumnos sobre la escritura”, incluído en el libro El aprendizaje estratégico (Santillana. Madrid. 1999) plantea que existen cuatro conocimientos previos que ayudan para que un alumno que está aprendiendo el sistema, esto es, de preescolar o los primeros años de primaria, pueda llevar a cabo una tarea de escritura. En nuestro idioma, aclaro.
El primero es el conocimiento del código, esto es, que el aprendiz sea capaz de establecer la relación entre sonido y grafía en que se sustenta la escritura; que a cada sonido corresponde una letra y que es posible, entonces, plasmar en rasgos gráficos el sonido; que un texto se corresponde con un conjunto de palabras e ideas, que un escrito dice algo. Este conocimiento se facilita cuando el niño se desarrolla en un ambiente letrado propiciado por la casa, la escuela y el entorno.
El segundo tiene que ver con la cantidad y el tipo de conocimientos lingüísticos que posee el aprendiz, esto es, tanto de la extensión de su vocabulario como de la forma en que estructura sintácticamente las frases y oraciones, como el texto completo. Como el conocimiento anterior, esto se relaciona de manera estrecha con su ambiente.
El tercero es el conocimiento que el estudiante tenga acerca del tema sobre el que va a escribir. Mientras más cercano y familiar sea el asunto a desarrollar, más fácil resultará hacerlo. Conviene, entonces, antes de dejar una tarea, sondear los conocimientos previos que los alumnos tengan sobre el tema, o desarrollar actividades que proporcionen información que sirva de base para el cumplimiento de la tarea.
Por último, lo que los alumnos saben o entienden acerca del proceso de composición de un texto. Es decir, aquello que consideran que es importante exponer en una tarea, tanto en fondo como en forma, y que los lleva a producir un escrito con características específicas, no siempre acordes a lo que la profesora espera. Esto tiene que ver tanto con el enfoque que se le da a la información (qué es lo importante, qué hay que consignar) como al formato utilizado (si se trata de producir una carta, una descripción, una narración) y que conviene siempre tratar de aclarárselos de la mejor manera.
A estos conocimientos que plantea Monserrat Castelló, yo añadiría dos más: el objetivo de la tarea, esto es, que el alumno, antes de escribir, tenga claro para qué va a hacerlo y el conocimiento de los diferentes tipos de texto (carta, cartel, narración, recado, poema, etc.) que, como se sabe, cada uno no solamente conlleva una estructura específica, sino un vocabulario y una sintaxis que los sustentan. Por cierto, a excepción del primero, todos los demás conocimientos –incluídos los que propongo- son susceptibles (y hasta necesarios) de tomarse en cuenta cualquiera que sea el nivel educativo del que escribe.

La Edad de Oro

 

         Cuando pienso en José Martí, me vienen siempre a la memoria como una ráfaga fugaz dos imágenes, la del que cultiva la rosa blanca –en junio como en enero-, y la historia de la Niña de Guatemala, la que se murió de amor.

 

Además de ser figura fundamental en la independencia cubana, el héroe nacional cubano José Martí fue un escritor sensible cuya obra abarca la poesía, la prosa, la dramaturgia, la crónica la fábula y el ensayo. Pero de entre toda su producción lograda a lo largo de su corta vida (cayó abatido, a los 42 años en la batalla de Dos Ríos) hay una obra que refulge como una joya: La Edad de Oro.

 

         De este texto hay una edición de Editores Mexicanos Unidos que puede conseguirse muy barata, y en 2003 el CONACULTA lo reeditó y lo difundió a través del programa “Alas y raíces a los niños” con motivo del 150 aniversario del nacimiento de Martí.  Ahora puede encontrarse en forma de libro, pero originalmente era “una publicación mensual de recreo e instrucción dedicada a los niños de América”, según palabras del propio Martí.

 

La revista comenzó a editarse en la ciudad de Nueva York –donde vivía el escritor- en 1889, y se publicaría, según los planes, el primer día de cada mes. “El número constará de 32 páginas de dos columnas, de fina tipografía y papel excelente. Con numerosas láminas y viñetas de los mejores artistas, reproduciendo escenas de costumbres, de juegos y de viajes, cuadros famosos, retratos de mujeres y hombres célebres, tipos notables, y máquinas y aparatos de los que se usan hoy en las industrias y en las ciencias”. Así la soñaba Martí y así la hizo, para delicia de los niños y niñas a quienes iba dirigida. Desafortunadamente, sólo se imprimieron los números correspondientes a los meses de julio a octubre, cuatro, que son los que componen el libro. Por cierto, todos los textos de esos cuatro números fueron originalmente escritos o directamente traducidos por Martí.

 

Lo literario, a través sobre todo del cuento y el relato, es el soporte principal de la revista, pero también se abordan temas científicos, culturales, artísticos e históricos, así como referencias a hábitos, tradiciones y costumbres de diferentes países y épocas, todo con ese lenguaje elegante, sencillo, diáfano, con que Martí, sin menospreciarlos, supo llegar a los niños, niñas y jóvenes de nuestro continente, como era su propósito, aunque ello no excluye que los adultos también disfruten su lectura.

 

Más que sólo en una revista de difusión o entretenimiento, Martí soñaba con un vehículo impreso que pudiera, por un lado, reflejar la diversidad sociocultural de América, pero al mismo tiempo reafirmar nuestra esencia común latinoamericana como pueblos hermanos.

 

Un buen propósito para este año que inicia sería, en papel o en Internet, buscar el libro. Vas a encontrar cosas sorprendentes y amenas. No es, en verdad, una exageración decir que es una delicia leer La Edad de Oro.