Los impresos

Sin mayores problemas, casi todos los niños aprenden a hablar alrededor de los dos años, unos antes y otros después dependiendo de varios factores, entre otros, de una adecuada estimulación. Esto es, de un contexto que motive el habla en diferentes circunstancias. Muchos autores afirman que la verdadera razón que lleva a un niño a aprender a hablar es la necesidad de comunicarse y entender el mundo en que se desenvuelve. Lo mismo sucede con la escritura. Este aprendizaje se realiza años después y tiene como base el habla, pero precisa del dominio de otro código (el gráfico) para llevarse a cabo. También, como el habla, surge de una necesidad y precisa de un contexto estimulador.
Kenneth Goodman, coautor (junto con Yetta, su esposa) de un enfoque de la enseñanza de la lengua, muy en boga en la década de los ochenta, conocido como “lenguaje integral”, considera que el lenguaje escrito cumple cinco funciones dentro de una sociedad letrada como la nuestra, en donde, en torno a las personas, se mueven una cantidad inimaginable de mensajes escritos.
La primera función es la que presta el impreso ambiental, es decir aquél que provee información como el nombre de las calles o edificios, letreros del tipo “prohibido el paso”, “no estacionarse”, etc.; después, está la función que desarrolla el impreso ocupacional, o los textos (leídos o escritos por uno mismo) que tienen que ver con el desarrollo del trabajo en el caso de los trabajadores, o escolares en el caso de los estudiantes; el tercero es el impreso informativo, cuya función se usa, dice el autor, para “almacenar organizar y recuperar información”, y pone como ejemplos el directorio telefónico o la publicidad gráfica; la siguiente función la realiza el impreso recreativo, esto es, aquellos textos (que pueden ser de ficción o no) que leemos, por elección libre, durante nuestro tiempo libre y que tienen que ver con nuestros intereses o particulares pasatiempos; la última función la cumple el impreso ritualista, referido a aquellos textos utilizados en rituales religiosos y cuyas palabras adquieren un significado especial y muchas veces oculto.
La idea de Goodman de encasillar los textos en sólo cinco categorías supone un estimable esfuerzo por establecer una tipología que conlleva, supongo, fines didácticos. Sin embargo, su misma restricción dificulta encasillar en ellas todos los tipos de texto. No ubica, por ejemplo, los textos como periódicos y revistas, que pueden formar parte de más de una categoría, según el propósito con que se utilicen; no toma en cuenta aquellos impresos que, como el graffiti, soportan un mensaje de identidad, protesta, reto, expresión artística o cualquier otro que lo motive; no considera (por supuesto) los nuevos códigos escritos que las nuevas tecnologías (celulares y computadoras, entre otros) han desarrollado por necesidad; la clasificación deja fuera a textos cuya función es intimidatoria, como los de “se consignará a la autoridad…”, o “se ponchan llantas gratis”, etc.
Con todo, la clasificación de Goodman es útil como un punto de partida para que los estudiantes clasifiquen los impresos escritos que tapizan las ciudades, o para, a partir de ella, intentar elaborar una más completa y abarcativa, lo que sería, sin duda, una actividad de aprendizaje recreativo.

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