El libro

En la elaboración de un libro participan muchas personas en un largo proceso que inicia en quien lo piensa y prácticamente termina en quien lo vende, lo presta o lo regala. O en quien lo posee. El producto final es una pieza de papel que fundamentalmente tiene como meta el ser leído (fundamentalmente porque puede utilizarse también, por ejemplo, para nivelar una mesa que cojea). Adentro hay ideas y sentimientos concretados en palabras. El libro es un puente que conecta dos inteligencias.

Un libro es un objeto que cobra sentido cuando se le abre y se lee. Entonces, como un motor que se pone en marcha, como una luz que de súbito se enciende, los esfuerzos del autor llegan a su destino y el propósito se cumple: compartir con alguien un texto surgido de la inquietud de participar a otro lo que danza dentro de su cabeza. De alguna manera, es, como ya lo apuntaba José Emilio Pacheco en uno de sus poemas, lanzar una botella al mar, recuperando la imagen del náufrago que envía un mensaje de rescate a quien de chiripada lo encuentra.

El lector, por su parte, se encuentra con el libro por diferentes motivos que van desde la necesidad a la curiosidad y aún el hastío. Quien lee, no sólo posa los ojos en las letras, sino que, en el mejor de los casos, aprehende lo leído y aprende de ello. A través del libro una persona conoce lo que hay en su interior y en su exterior. Un libro es una oportunidad de conocer el mundo durante este nuestro paso por la vida.

Cada libro –se afirma- tiene su lector. O al menos su lector ideal, aquél que no sólo recupera el dato o la anécdota, sino a quien le mueve algo interiormente y de alguna manera influye en su vida, como de hecho sucede con cualquier manifestación artística, llámese música, pintura, película, obra de teatro, etc. O científica. Hay libros con los que se establece una empatía tal que uno los guarda y atesora y vuelve a ellos por el puro gusto de disfrutarlos otra vez. Afortunadamente, hay muchos libros para cada lector. Cuestión de toparse con ellos. Orhan Pamuk, premio Nobel de Literatura 2006, afirma en el inicio de su libro La vida nueva: “Un día leí un libro y toda mi vida cambió. Ya desde las primeras páginas sentí de tal manera la fuerza del libro que creí que mi cuerpo se distanciaba de la mesa y la silla en la que estaba sentado. Pero, a pesar de tener la sensación de que mi cuerpo se alejaba de mí, era como si más que nunca estuviera ante la mesa y en la silla con todo mi cuerpo y todo lo que era mío y el influjo del libro no sólo se mostrara en mi espíritu sino en todo lo que me hacía ser yo.”

Después de –en el mejor de los casos- ser leído, se le deja en un librero, un anaquel o una caja y puede allí pasarse la eternidad. Más allá de que para algunas personas funciona como un objeto decorativo que suele, además, dar prestigio, mientras está en esa condición no sirve para nada; más todavía: causa problemas de espacio.

En ese sentido, a lo largo de nuestra existencia habrá libros “que nos buscan” y que, desafortunadamente no habremos de encontrar, así como hay otros muchos que leemos y olvidamos porque no nos han dicho nada trascendente, o pero aún, nos han lastimado. Creo que nuestra historia como lectores es una búsqueda incesante de los libros que no hacen crecer y creer, conocer y disfrutar. Un libro es una rebanada de ese gran pastel que es la vida.

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