Un hombre de letras

El pasado 1º de abril, el escritor mexicano Fernando del Paso cumplió 74 años. Aunque ha incursionado con relativo éxito en otros géneros, es autor de tres novelas que podemos considerar como fundamentales en la literatura mexicana: José Trigo, Palinuro de México y Noticias del Imperio. Esta última, publicada en 1988, cuenta desde distintas voces la aventura del emperador Maximiliano y su esposa Carlota en México, desde su llegada hasta su derrota por el gobierno republicano de Juárez. Como un homenaje al escritor –considerado el narrador más completo de la segunda mitad del siglo XX en nuestro país- y una invitación a conocer sus textos, comparto con ustedes un fragmento de Noticias del Imperio.

“Yo soy un hombre de letras, señores, y por lo tanto casi pacífico. Y digo casi pacífico, porque tengo en mi haber un muerto. De pesarme en la conciencia no me pesa, porque lo maté en la guerra. Pero que su muerte la pagué, ya lo creo, y la pagué con creces, la pagué con esas mismas letras de las que les hablo, que al mismo tiempo son más de las que ustedes creen y muy pocas. O mejor dicho, eran, porque por un lado tenía yo más de tres mil letras diferentes, y por el otro sólo veintiocho pero todas se desacompletaron cuando ocurrió el sucedido. Yo las llevaba en un cofre que a su vez llevaba en una mula con la que recorrí el territorio de Sonora a Yucatán y de Yucatán a Sonora, para poner mis letras al servicio de la República. Yo nunca me he encargado de transportar de un lugar a otro un mensaje escondido en un trozo de cecina, y mucho menos un mensaje metido en un casquillo de una bala a su vez metido donde ustedes podrán deducir por suposición. Pero yo escribí muchos de esos mensajes con mi propio puño y letra. Yo nunca he pronunciado un discurso o una filípica, ni firmado un edicto o un decreto: pero los he escrito. Para eso me pinto solo, o me pinto y me escribo, las dos cosas, porque mi amor a las letras me ha llevado también a hacer letreros de todos los tamaños y colores. Los primeros libros que leí en mi vida, y que todavía sigo leyendo, fueron El Quijote y Las Mil y Una Noches. Pero antes de que yo aprendiera a leer, cuando apenas tenía seis años de edad, mi padre, que trabajaba en una imprenta, sacó de su ropero un estuche que tenía un alfabeto de plata refulgente, y con unas pinzas cogió letra por letra y las colocó en fila sobre la mesa, de la A a la Zeta. Mi padre, que nunca bebía sino en las grandes ocasiones, se sirvió una copa de bacanora refino y me dijo que aunque él lo que se llama pobre de pauperidad nunca había sido –y me recordó que teníamos dos vacas, tres puercos y diez gallinas- no podría dejarme mucho si de casas o tierras aledañas estábamos hablando, pero que me iba a dejar el patrimonio más rico del mundo, que eran esas letras que valían no tanto porque eran de plata –y de la mejor que daban las minas de las montañas de Arizona- sino, como dijo mi padre, por su valor intrínseco. Con esas veintiocho letras se fundan y se destruyen imperios y famas, me dijo, con ellas se escriben cartas de amor perfumadas con pachulí y se redactan, con sangre ajena, condenas de muerte. Con ellas yo no sé si Homero escribió La Odisea y Esopo sus Fábulas, porque los dos eran ciegos, pero alguien, de todos modos, las escribió. Con esas letras se hacen los periódicos y las leyes, con ellas se hicieron la Revolución Francesa y nuestra Constitución y con ellas yo, tu padre, escribí con el seudónimo El Hijo del Águila, mis primeros ditirambos contra Hyppolyte du Pasquier de Donmartin, uno de los primeros cacos franceses de los tantos que, por Sonora y por su plata, le vendieron el alma al diablo. Con las letras se da vida a las causas y a los hombres, con ellas se les da muerte. Con ellas, acomodándolas unas veces en una forma y otras veces en otra, en grupos de dos, de cinco o de veinte y luego poniéndolas en hilera, tú podrás ayudar, hijo, a escribir la Historia de nuestra Patria, así con mayúsculas, y escribirás tu propia historia para bien o para mal, para tu honor o tu vergüenza. Mi padre me dio entonces las primeras nueve letras del alfabeto y me dijo: Para ganarte las otras tendrás primero que aprender que la letra con sangre entra. Y así fue: cuando se me cayó mi primer diente lácteo, dicho sea de leche, y lo puse bajo la almohada, al día siguiente no me encontré allí una moneda, sino una I de plata. Cuando se me cayó el segundo me encontré la Jota, y así sucesiva y posteriormente hasta que sin quererlo me tragué el último diente y como resultado tuve que buscar la Zeta no debajo de la almohada sino junto a unos magueyes y, como dijo mi padre, en la hez y la haz de la tierra.”

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