Cómo referir el cuento

En el ya lejano 1982, la Secretaría de Educación Pública editó el libro Entre la realidad y la fantasía, como un homenaje a la maestra Carmen Ramos del Río quien, junto con su hermana Josefina, son consideradas “pilares de la educación preescolar en nuestra Patria”. En este texto, la maestra desarrolla, a manera de ensayo, aspectos relacionados con el cuento y el relato, y estaban destinados a fortalecer la formación de las alumnas normalistas.
Como se sabe, los cuentos forman parte, desde siempre, de los recursos didácticos de la educación preescolar, situación que, lamentablemente, se va perdiendo a medida que transcurren los años de escuela. Uno de los capítulos del libro se enfoca a cómo referir o contar el cuento. Aquí lo comparto.
“Ante todo, antes de referir el cuento es indispensable elegirlo, adaptarlo o rearregrarlo para poder describirlo con entusiasmo, con emoción, vivificando sus escenas o interpretando con énfasis apropiado la esencia natural, la intención, los fines y valores particulares del relato, porque cada cuento presenta características y valores especiales que tienen que justificarse al referirlo. Elegido el cuento, hay que asimilarlo, no sencillamente memorizarlo. La memoria es auxiliar valioso en este caso, pero corta la libertad de pensamiento, de lenguaje y de la mímica del relator. Enseguida hay que observar las sugestiones siguientes: no se pida silencio antes de comenzar el relato, tales esfuerzos serán infructuosos; si el cuento está bien preparado y sabe decirse, esto basta para estimular el interés de los oyentes e imponer el silencio. Elevar demasiado la voz hasta gritar, es inútil. No debe interrumpirse el cuento para llamar al orden al niño que se muestre inquieto; una palabra, una frase o el mismo nombre del perturbador, intercalado como si formara parte del mismo cuento, es una llamada eficaz, casi siempre, para evitar la divagación, siempre que se trate de un niño normal. Es de procurarse una articulación clara, evitando expresarse con apresuramiento. El énfasis, los movimientos del rostro, de las manos y de los brazos, deberán derivarse de lo que sea preciso expresar para la ilustración del relato, tratando de emplear una mímica natural y adecuada, aunque derivada del temperamento propio de quien habla, pero sin afectación ni intento de exhibición, porque entonces la atención de los oyentes se divaga con el histrionismo del cuentista. Cuando se juzgue conveniente, en determinados pasajes del relato hay que hacer una ligera pausa, que tiene por objeto avivar la atención del niño en espera de lo que sucederá.
En lo que a la moraleja se refiere, debemos decir que un cuento, tan luego como el oyente comprende francamente su intención moralizadora, deja de interesar; y si se termina expresando dicha moraleja, peor todavía, ésta no es necesaria; el niño comprende por sí mismo que la virtud es premiada y la maldad castigada; es el mismo niño, quien al escuchar un relato, valoriza su propia conducta y se enorgullece o se apoca a sí mismo.”
Aunque estas sugerencias de la maestra Ramos del Río están pensadas en principio para estudiantes de la normal de preescolar, pueden ser igualmente aprovechadas por docentes de cualquier nivel y, más aún, por padres (y madres, se entiende) de familia que tengan la sana costumbre de contar historias a los hijos.

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