El niño que quiso ser anaconda

Durante su intervención en el X Encuentro nacional de maestros por el fomento de la lectura y producción de textos en educación básica, realizado los primeros días de noviembre en la ciudad de Oaxaca, la profesora Carmen Maribel García Ortiz presentó la ponencia “La producción de textos a través de la planeación de actividades por proyectos con niños preescolares”. En el marco de su participación, Carmen Maribel contó una bella historia que es un placer compartir: la del niño que quiso ser anaconda.
“Resulta que en una ocasión, con mis alumnos estábamos buscando un tema para trabajar sobre un proyecto que pudiera involucrar actividades de los diferentes ejes curriculares y surgieron varias ideas: hacer una fiesta, visitar el centro de salud de la comunidad, elaborar una manualidad como regalo para el día de las madres, etc. De repente alguien sugirió algo que encantó a todos: ir al circo. Me di cuenta de que todos habían ido al menos una vez a ver una función, o que si no, tenían referencia de cómo era el espectáculo, pues todos, niñas y niños, hablaban fascinados de lo que recordaban, bien porque lo habían vivido o lo habían recreado en su imaginación.
Sólo que esta comunidad es muy pequeña y los circos no vienen hasta acá. A la capital –que está cerca- sí van, pero en ese tiempo no había ninguno. Lástima. Pero entonces surgió otra brillante idea: hay que hacerlo nosotros. ¡Cierto! ¡Podemos hacerlo! Y entonces comenzó la organización: quiénes hacen la invitación, quien presentará los números, quiénes van a ser payasos, quiénes bailarinas, quién el hombre fuerte, quién la jirafa, quiénes los elefantes… cuando le tocó hablar al niño este que les digo, le pregunté “¿Tú que vas a ser?”, y él, muy seguro, me dijo “Yo quiero ser la anaconda”. Extrañada, insistí “¿Qué quieres ser?” “La anaconda”, volvió a repetir. “¿Y esa qué hace?” “Nada, está allí. Dormida”, explicó.
Al otro día cité a las mamás y les hablé del proyecto, les pedí su ayuda para elaborar el vestuario, casi todo de papel y algunos retazos de tela o ropa normal adaptada, pues el pueblo es muy pobre. Cuando le expliqué a la mamá que el niño quería ser la anaconda, me comentó que hacía unos meses el niño había visto una en un circo y le había impresionado. Ella trató de convencerlo de cambiar “¿Por qué no un caballito, por ejemplo? Así puedes correr, brincar…” Pero el niño no se movió: quería ser la anaconda y nada más.
Total, fabricamos una máscara negra, de cartulina, con pequeños orificios para los ojos –que nunca abrió- y una lengüita roja pegada a la altura de la boca. Se hicieron los ensayos y él desde su rincón –un pequeño corralito delimitado con varitas- veía el espectáculo que el día programado no podría disfrutar.
El día de la función, antes de que entraran los invitados, que eran las madres y dos grupos de pequeñitos de la primaria, el niño, después de que le aconsejé ir prevenidamente al baño, fue y tomó su lugar, se acostó de lado, con la cara hacia donde iba a asomarse el público y se quedó quieto. El pregón de una niña recibía a los visitantes “¡Pasen a ver a la anaconda! ¡Pasen a ver a la anaconda!”. Divertidos unos y asombrados otros, los mayores y los pequeños miraban fijamente a la serpiente inmóvil, tratando de ver el menor movimiento o los rasgos de un niño jugando a fingir bajo la máscara, pero no, allí sólo estaba la anaconda.
Pasaron los payasos y sus carcajadas, las bailarinas y su ritmo, el equilibrista sobre la tabla entre dos ladrillos, el mago y su flor bajo la manga, el correr de los caballos y el paso lento de los elefantes con su trompa ondulante. Pasó el tiempo y la función, después de veinte o treinta minutos, terminó entre aplausos. A la salida, “¡Pasen a ver a la anaconda! ¡Pasen a ver a la anaconda!”. Y pasaban también, los más pequeños realmente recelosos, acercándose desconfiados, con precaución, como si de un momento a otro la anaconda pudiera salir de su letargo y tirar una terrible tarascada. Al final, cuando ya el público había salido, el niño, que había permanecido absolutamente inmóvil todo el tiempo, se levantó, vino hacia mí y me dio un abrazo. Yo le di un beso en la mejilla. “Bien, chiquito.”
Palabras más, palabras menos, esto es lo que Carmen Maribel contó.

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