La lecturabilidad del texto expositivo

No es casual que en todos los sistemas escolares del mundo los alumnos de los primeros grados escolares comiencen leyendo pequeñas historias. El cuento, la fábula y el relato son textos de fácil comprensión por su estructura, por el tema y por la manera lógica con que la trama va desarrollándose. Además, los niños tienen ya experiencias y conocimientos previos de esta clase de textos, pues desde muy temprana edad han escuchado historias. El narrativo es, pues, por decirlo de alguna manera, un texto noble.–– Otra cosa sucede con el texto expositivo, que es el texto que contiene información y es considerado por ello como el texto escolar por excelencia. Con diferentes tipos de conocimientos y profundidad, desde preescolar hasta maestría y aún más allá, las sesiones de trabajo se sustentan en textos expositivos; cada vea más largos, cada vez más complejos, cada vez más especializados. Y con ello, por supuesto, cada vez más demandantes de mayores habilidades lectoras para comprenderlos. “Se denomina lecturabilidad a la facilidad con que una persona puede leer materiales impresos”, afirma Alicia Romero en el texto “El tratamiento escolar de las funciones sociales de la lectura”, que forma parte del libro Escuchar; hablar; leer y escribir en la EGB (Paidós. 1999). Esa lecturabilidad –sobre todo en textos expositivos- depende de varios factores, entre los que se encuentran el conocimiento previo que el lector tenga sobre el tema, su propósito y actitud para leer, la comprensión del vocabulario utilizado, la organización del texto y hasta su presentación gráfica.
Sin aportar más datos, Alicia Romero nos habla de una investigación realizada por Magdalena Viramonte de Ávalos, de la Universidad de Córdoba, Argentina, llevada a cabo con el propósito de identificar qué tan lecturables son los textos expositivos que los jóvenes universitarios deben leer durante sus estudios, y encontró que la mayoría no lo son. Según la autora estos textos presentan las siguientes características: a) poseen síntesis apretadas de conceptos abstractos, sin ejemplos ni analogías que permitan acceder a ellos; b) abundan en vocabulario específico que el alumno no domina y no se aportan claves para su desciframiento e interpretación; c) están descontextualizados y muy alejados de las necesidades e intereses de los alumnos; d) no tienen en cuenta los conocimientos previos de los alumnos a los que se dirigen; e) predominan estructuras sintácticas muy complejas, con muchas subordinaciones incluidas; f) no están bien estructurados y en un mismo párrafo desarrollan más de una idea; y g) la diagramación gráfico-espacial no facilita la lectura. Este descubrimiento permite inferir varias cosas: uno, que muchas veces los textos no están pensados para estudiantes y carecen entonces de un diseño didáctico que facilite su comprensión; dos, que los contenidos son demasiado “elevados” para los estudiantes, quienes carecen de los necesarios conocimientos previos para aprehenderlos; o tres, que la lecturabilidad del estudiante, de él, de manera peronal, sea de tal manera deficiente o no desarrollada que no le permita –mientras otros sí lo logran- llegar a la comprensión de lo leído.

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