Las ventajas del libro

El 30 de agosto de 1999, en la Biblioteca de México, el entonces presidente de México, Ernesto Zedillo, anunciaba el Programa Nacional “Año de la lectura 1999-2000”, que se convertiría al siguiente año en nuestra entidad, y en todos los demás estados de la República, en el Programa Estatal para el Fomento de la Lectura, mismo que perduró (aquí, en Colima) hasta el 2004, pero que aún hoy sobreviven –y espero que por muchos años más- algunas de sus acciones.––En ese acto, participaron tomado la palabra personajes del mundo literario y académico como Eduardo Lizalde, Andrés Henestrosa, Fernando del Paso, Pablo Rudomín, Angeles Mastretta y Alejandro Rossi. Éste último, recientemente fallecido, pronunció un breve pero lúcido discurso en el que abordaba, entre otras cosas, las ventajas del libro. Como un homenaje al escritor, reproduzco la parte que hace alusión a ese tema.––“Enseñar a leer es una obligación sagrada, no hacerlo es como cegar a un hombre. Aunque la lectura no se reduce al libro, éste ha sido el objeto privilegiado. No es casual, sus ventajas son innumerables. No se destruye fácilmente, con un mínimo de cuidados dura siglos, no impone un tamaño fijo, los hay enormes y pesados, y también los que caben en un bolsillo; a éstos, por cierto, los inventó en Venecia Aldo Minuzio. El libro acepta que lo leamos en la paz de una sala de lectura profesional o en un parque, o en la cama, o en el estrecho asiento de un avión. No exige un lugar específico. Si hay ganas, cualquier sitio es bueno. Las páginas no se alteran porque, sea caro o barato, el precio mejora la encuadernación pero no el poema ni aquella frase deslumbrante. Sí, los textos de los libros baratos son tan buenos como los lujosos. ¿No es acaso sorprendente? Otro asunto notable, creo, es que si lo pierdo desaparece ese objeto, aunque no el libro. Voy a la librería de la esquina (es un decir) o a la biblioteca de enfrente (es otro decir) y vuelvo a encontrarlo. Vaya cosa curiosa: no me exigen que lo lea en silencio, nada pierde y a veces gana si lo leo en voz alta. También me permite leerlo en soledad o entonárselo a alguien o a muchos. ¿Cómo pues no hacer el elogio del libro, invención inigualable, una fantasía que parece, justamente, salida de un libro?”–– Alejandro Rossi, investigador emérito de la UNAM, nació en Florencia, Italia, en 1932 y murió en la ciudad de México –a donde llegó muy joven- el pasado 5 de junio. Filósofo apasionado, es autor de obras de ensayo y narrativa que le merecieron múltiples premios internacionales. Tal vez su obra más conocida sea el Manual del distraído, una colección de escritos breves de muy variado estilo, pero con la lucidez y la maestría que lo caracterizaron.

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