Quien tiene las pilas

Uno de los muchos objetos que se producen en el mundo es el libro. Un objeto de papel –al menos en su forma tradicional- que cerrado no sirve para mucho, pero que asume su verdadera función cuando se abre y se lee. Entonces, como si de un encantamiento se tratara, ese objeto cobra vida y es capaz de transmitir pensamientos y emociones, de acercar a un ser humano con otro, de despertar reacciones intelectuales y emotivas inusitadas. Y quien tiene la llave para hacerlo funcionar es el lector, la lectora, quien aporta su poder –el de la lectura- para darle sentido a lo que sólo son rasgos negros impresos sobre papel blanco.
Sobre este punto, comparto con ustedes la opinión de Leda Schiavo, poeta argentina, colaboradora de la revista Agenda del Sur y con un largo camino –tanto en su país como en España- en la investigación y la docencia de la lengua y la literatura.
“El primer día de clase, cuando veo a los alumnos manejar el libro de texto, tengo la impresión de que alguno me va a preguntar, profesora ¿dónde se ponen las pilas?

Para muchos de estos chicos el libro ya no es un instrumento espiritual, como quería Mallarmé, sino un instrumento de tortura. Bombardeados por la imagen, acosados por la sensación de infinito y de proximidad a la vez que da la computadora, el libro es para ellos un objeto extraño y anticuado. ¿No seríamos igual a ello, nosotros, si hubiéramos tenido tantas posibilidades de distracción y dispersión, como los niños y jóvenes de ahora? Antes de los medios audiovisuales, el libro era la única puerta al infinito, era la libertad, la evasión, la felicidad.

El problema es que el libro produce adicción. ¿Qué hace uno en un viaje largo sin el libro que lleva en el bolso de mano? Yo, amante de los libros, adicta sin remisión a los libros, siempre he leído en los momentos cruciales, porque tengo la convicción de que nada malo puede pasar si estoy leyendo, de que, si sigo leyendo, la vida va a seguir inalterable como las líneas sobre las que se deslizan los ojos. Y es que el libro claro que necesita pilas, pero las pilas las tiene el lector. El libro es una máquina de producir significados y sensaciones, una máquina inerte hasta que llega alguien con las pilas cargadas y lo pone en movimiento. Un instrumento espiritual, como quería el viejo Mallarmé.”
Aunque los hay de diversos tamaños, formatos y colores, prácticamente el diseño no ha variado en siglos, pero eso no parece importarle al lector, quien sabe que lo verdaderamente importante del libro está en su ser, no en su parecer, en su esencia, no en su apariencia.

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