Reacciones ante la literatura

Tal vez el mayor desafío a que se enfrentan quienes promueven la lectura por placer –docentes, padres e instituciones- es el de lograr convencer a niños y jóvenes de que leer vale la pena. Por regla general se admite que la utilidad de la lectura radica en que es una herramienta fundamental para realizar los estudios escolares o para moverse eficazmente en un mundo letrado y en eso no hay discusión, el problema se presenta cuando se promociona la lectura de textos literarios como una actividad formativa y recreativa, más allá de las revistas de entretenimiento o las publicaciones informativas.
No hay manera de trasmitir a alguien el entusiasmo por algo; se puede –desde afuera- animar, persuadir, argumentar, ejemplificar y otras muchas estrategias, pero que precisan que el sujeto termine enganchándose con la lectura como producto de un proceso interno que lo convierta en un “entusiasmado” más, en un convencido de que leer vale la pena, y no en alguien que termina haciéndolo por el agobio a que es sometido, por darle gusto a quien le insiste o porque termina aceptando que es algo “que está bien hacer” sin estar íntimamente convencido.
Dianne Monson, docente de la Universidad de Washington, en el ensayo “Rastreando en un libro y más allá de él: las reacciones ante la literatura” incluido en el libro Crear lectores activos (Visor. 1989. Madrid), advierte que, después de leer un libro, en el niño –y de hecho en cualquier persona- pueden darse tres tipos de reacciones: la personal, la interpretativa y la crítica. La reacción personal indica la respuesta emocional que el lector establece con el libro, como identificarse con algún personaje o que asocia algún pasaje con una experiencia personal o porque concuerda con algo que le gusta o le llama la atención; la reacción interpretativa demuestra la capacidad del lector para darle sentido al texto, pues comprueba que se ha entendido la trama, la motivación de los personajes, el lenguaje utilizado, los recursos literarios empleados, el contexto en que se desarrolla la historia y muchos detalles más; y la reacción crítica, que apunta a la capacidad del lector para evaluar o valorar el libro analizando lo que aporta, comparándolo con otros ya leídos con anterioridad, determinando en qué consiste o no su calidad, dónde es más interesante, cuándo deja de serlo y porqué. Esto es, emitir un juicio –guardando, por supuesto, las proporciones sobre la edad del lector y el tipo de libro- acerca del texto leído.
Cuando un docente, padre o promotor de lectura estimula la exteriorización de estas reacciones, sea de manera oral o escrita, está ayudando a formar un lector. Dedicar un poco de tiempo en la escuela, en la casa o en la calle para darse la oportunidad de comentar estas reacciones motiva a los lectores a plantearse la importancia del libro y su lectura, a saber que la actividad no concluye al cerrar el libro, sino que es posible compartir su sentimiento, su pensamiento y su opinión con otro, con alguien a quien realmente le interesa conocerlos.

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