Textos sobreexplotados

Todos los excesos, se dice, son malos. Y a ellos se llega muchas veces con mala, pero también con buena intención. El campo de la educación –sea ésta de la casa, de la escuela y aun de la calle- no está exenta de este riesgo. El demasiado celo, preocupación, afán o como quiera llamársele, puede conllevar el riesgo de obtener resultados diferentes a lo originalmente deseado.

Con el arribo de la tendencia del enfoque comunicativo y funcional de la enseñanza y aprendizaje de la lengua, que concentra un conjunto de teorías y modelos sobre cómo enseñar Español en las escuelas y que pueden resumirse en el uso real y pragmático de las competencias lingüísticas –hablar, escuchar, escribir y leer- que un estudiante debería dominar para desenvolverse en una sociedad, puede llegarse al grado de sobreexplotar las posibilidades que un texto (cuyo concepto es muy amplio y no se reduce a lo que tradicionalmente entendíamos como escrito) ofrece para su análisis y su uso.

Daniel Cassany (2000), en su libro Enseñar lengua (Graó. Barcelona) nos advierte de este riesgo.

“Tanto el desarrollo actual de la didáctica de la lengua, que ofrece un abanico amplísimo de ejercicios y técnicas, como el mismo enfoque comunicativo centrado en el texto, potencian la tendencia de trabajar a fondo los textos en el aula. Esta tendencia natural, muy lógica y positiva, llevada al extremo puede ser peligrosa e incluso contraproducente. Con muy buena voluntad, los maestros llegamos a desmenuzar un texto en clase, haciendo muchos ejercicios y dedicándole mucho tiempo, con el fin de explotar todas sus posibilidades lingüísticas. En cambio, los alumnos pueden perder interés en un trabajo tan intenso sobre una misma muestra verbal, pueden acabar aborreciéndola y, lo que todavía es más delicado, pueden llegar a desarrollar actitudes negativas o de rechazo contra unos análisis tan profusos. Es también el caso de los primeros cursos de primaria, en los que el trabajo de la lengua que se lleva a cabo durante quince días puede estar basado en una misma lectura. En definitiva, esta tendencia de querer exprimir todo el jugo del texto puede conducir a quemarlo y agotar a los alumnos.”

Como es sabido, la capacidad de atención y concentración de los estudiantes es directamente proporcional a su edad, lo que debería tomarse en cuenta al momento de trabajar las distintas actividades para el desarrollo de las competencias lingüísticas, esto con el propósito de no enfadar a los estudiantes en el trabajo minucioso de un solo texto.

Esto cobra particular importancia en el sentido de las reformas que actualmente se implementan en la educación básica que promueven el trabajo por proyectos, en donde un tema puede abordarse desde diferentes perspectivas y con vinculaciones a distintas materias por periodos más o menos prolongados. Los docentes deberán, entonces, estar muy atentos a cuándo un texto –o el tema de un texto- está rebasando el umbral del interés del alumno porque, de ser así, se estaría revirtiendo el objetivo inicial.

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