Un poeta llamado barro

“Me llamo barro aunque Miguel me llame, barro mi profesión y mi destino…”, escribió en uno de sus poemas Miguel Hernández Gilabert, uno de los poetas más destacados –aunque no lo suficientemente difundido- de la España de la primera mitad del siglo XX. Contemporáneo de Federico García Lorca y amigo cercano de Pablo Neruda cuando éste residió en España, Miguel Hernández había nacido el domingo 30 de octubre de 1910, a las seis de la mañana, en Orihuela, un pequeño pueblo cerca de la ciudad de Alicante, en la región de Valencia.
Ramón Fernández Palmeral, quien tiene un vasto e interesante estudio sobre la vida del poeta, nos comenta algunos detalles de su infancia y su temprana y apasionada relación con la lectura: “A los cuatro años y medio empieza a asistir a la escuela privada de “Nuestra Señora de de Monsarrete”, luego a los ocho años pasaría al “Ave María” bajo la tutela del seglar granadino don Ignacio Gutiérrez Tienda, porque dependía también de los jesuitas para niños pobres. Iba al colegio y también trabajaba en cuidar el ganado caprino de su padre junto a su hermano Vicente, donde aprende a ordeñar y las demás particularidades de este desprestigiado oficio. El joven Miguel destacó en los estudios por su despierta inteligencia, lo que llamó la atención de los jesuitas, y, como era de su costumbre seleccionar a los niños que creían idóneos para pertenecer a la Orden de Jesús, con trece años le acogieron en el Colegio de Santo Domingo junto a los hijos de las clases acomodadas con una beca para que siguiera la carrera eclesiástica. A los dos años de haber ingresado en el Colegio, y próximo a cumplir los quince años de edad, su padre, quien lo necesitaba como cabrero, lo puso a trabajar como repartidor de leche. Los jesuitas propusieron al padre ingresar a Miguel en dicha Orden, pero aquél no quiso desprenderse de un hijo/jornalero que necesitaba para seguir en sus negocios ganaderos, puesto que solamente tenía dos varones para las cabras y ese no era oficio para mujeres. Don Miguel saca a su hijo del Colegio de Santo Domingo en marzo de 1925 y lo toma como pastor, trabajo que no le gustaba, sobre todo cuando desde el monte veía a sus antiguos compañeros del Colegio de Santo Domingo. Sin embargo, Miguel persiste en su auto-educación; visita las bibliotecas del Círculo de Bellas Artes y del Círculo Radical, lee cuanto cae en sus manos y se deja asesorar por lecturas en la biblioteca privada del canónigo don Luis Almarcha Hernández, natural de La Murada, cerca de Orihuela. Vicente, el hermano mayor de Miguel, cuenta que éste tenía que leer de noche y a escondidas, otras veces en el huerto o mientras cuidaba las cabras, pues su padre, quien pensaba que leer era una pérdida de tiempo, le recriminaba severamente.”
Esa pasión por la lectura llevará a Miguel Hernández a escribir y a convertirse en un referente de las letras hispanas. Comparto con ustedes una muestra de su talento:
Una querencia tengo por tu acento, / una apetencia por tu compañía / y una dolencia de melancolía / por la ausencia del aire de tu viento.
Paciencia necesita mi tormento / urgencia de tu garza galanía, / tu clemencia solar mi helado día, / tu asistencia la herida en que lo cuento.
¡Ay, querencia, dolencia y apetencia!: / tus sustanciales besos, mi sustento, / me faltan y me muero sobre mayo.
Quiero que vengas, flor, desde tu ausencia, / a serenar la sien del pensamiento/que desahoga en mí su eterno rayo.
Miguel Hernández muere de una enfermedad respiratoria en una cárcel franquista a la edad de 32 años.

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