Con ganas de triunfar

“Con ganas de triunfar” es una película que todos tenemos que ver al menos una vez en la vida. Sobre todo las personas que se dedican al noble oficio de la enseñanza. Es un filme basado en una historia real, un poco maquillada por la industria del cine, pero que conserva la esencia de los hechos. Está basada en la actividad docente de un profesor de matemáticas, un boliviano que trabajó en los Ángeles, California, en el nivel equivalente a nuestra preparatoria: Jaime Escalante.

Este docente enseñó a cientos de estudiantes que por su origen socioeconómico –barrios marginados de negros y latinos- y deficiente preparación estaban destinados a reprobar el examen para ingresar a la universidad, sobre todo por sus graves deficiencias en matemáticas. Escalante diseñó y operó un estricto programa de trabajo que permitía que casi la totalidad de sus estudiantes aprobara, lo que le valió un reconocimiento que inspiró a la producción de la película de que hablamos.

Como no es mi intención narrar el argumento, sólo diré que Escalante, además, claro, de su sistema de enseñanza, basó su modelo en una firme convicción que trastocó el sentimiento de estudiantes que estaban convencidos del fracaso y la derrota: tú puedes hacerlo.

En el mundo de la enseñanza –dentro o fuera de la escuela- a esta fórmula se le conoce con el nombre de motivación. Estar motivado a algo implica tener la disposición mental para realizarlo “con interés y diligencia”, dice el diccionario; tener el ánimo, el entusiasmo, la convicción, la pasión. Si bien el logro de un propósito depende de muchos agentes (la circunstancia, los recursos, el tamaño del reto, etc.) mucho se habrá avanzado si de entrada hay ganas de intentarlo.

Los factores motivantes pueden ser múltiples y sus causas externas al sujeto (como los premios) o internas (como la convicción). Las ideales, obviamente, son las internas, aunque las primeras funcionan muy bien si se les maneja adecuadamente. Juan Antonio Huertas (1999), en su libro El aprendizaje estratégico, afirma que en la motivación que el profesor pretende en los alumnos para aceptar determinado discurso es esencial la percepción que ellos tengan de él como persona y como docente; esto es, cómo lo ven, cómo lo sienten y lo perciben y, un aspecto muy importante y poco abordado, cómo sienten que él los ve, los siente y los percibe.

La historia dice que uno de los factores clave en los resultados que sorprendentemente obtenían los alumnos de Jaime Escalante era la seguridad y confianza que él infundía en ellos mismos, y sobre todo, la confianza que los estudiantes sentían que Escalante tenía en ellos, quien los creía capaces de triunfar en un entorno que les decía, de muchas maneras, que no. Y lo lograban. Fundamentalmente porque se dedicaban en serio a estudiar, pero también porque estaban motivados, porque se sentían capaces y con ganas de triunfar.

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