Cuánto gané, cuánto perdí.

Hace unos días, en una tienda de abarrotes de barrio, tuve oportunidad de ver un fenómeno que cada día es más común desde la popularización de la calculadora. Para sumar trece más veinticinco pesos la encargada echó mano al aparato y me dio el resultado. Yo, provocadoramente, como dudando, pregunté ¿treinta y ocho? Ella, para reafirmar, pulsó la función de borrado y volvió a sumar. Sí, dijo, treinta y ocho.

La posibilidad de tener acceso a la tecnología de vanguardia ha sido, sin dudarlo, uno de los grandes beneficios para la humanidad, pues con ello se obtienen mayor comodidad, rapidez, economía, salud, diversión y, en general, una mejor calidad de vida. Tal es el caso de la calculadora de que hablamos, que en sólo una décadas pasó de ser un aparato que apenas cabía en un cuarto hasta convertirse en un artefacto –con sus diferentes tamaños, calidades y precios- tan alcance de todos que prácticamente no tiene una quien no quiere.

Pese a las ventajas que la calculadora ofrece, no son pocas (ni superficiales) las voces que advierten de la disminución en la capacidad de realizar operaciones matemáticas mentalmente que el aparato podría estar provocando en los adultos o impidiendo desarrollar en los niños, sobre todo cuando se trata de cantidades sencillas y totalmente accesibles, como en el ejemplo que cito. Otro caso se da con la agenda que ya traen integrada los teléfonos celulares, que nos ha ido haciendo olvidar números que antes teníamos en la memoria. Bueno, hay quien no puede recordar ni el propio número (“es que nunca me llamo”) y tiene que consultarlo en la susodicha agenda.

Una reflexión en el mismo sentido, pero teniendo como referente la escritura, hace Moorhouse (1987) en su libro Historia del alfabeto, y que comparto con ustedes: “Debe aceptarse por descontado que la memoria de los analfabetos (pueblos y personas) se halla con frecuencia más desarrollada que la de los alfabetos. Los poemas de Homero y de otros poetas antiguos eran recitados de memoria por los bardos, sin ayuda alguna de la escritura. El advenimiento de la escritura propiamente dicha originó una relajación en el cultivo de la memoria, que al principio fue considerada como una pérdida lamentable. En Nueva Zelanda los maoríes se opusieron a la introducción de la escritura porque temían los efectos que causaba en la memoria y César (el emperador romano) aduce eso mismo como razón por lo que los druidas se negaron a consignar por escrito sus costumbres religiosas. La cuestión también se analiza en el Fedro de Platón, donde se sugiere que el uso de la escritura hace más fácil para la mente recordar los hechos cuando ello se hace necesario, pero que al mismo tiempo destruye el verdadero e íntimo conocimiento que es propio de la perfecta memorización”.

Hoy tenemos muy claro y es muy obvio el gigantesco paso que significó para la especie humana la invención de la escritura y el desarrollo de la tecnología, sin embargo, conviene no perder de vista la vital importancia del desarrollo de las propias capacidades humanas, como el cálculo y la memoria, ésta última, por cierto, tan satanizada y desprestigiada en el ámbito pedagógico.

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