Escuchar en el aula

DE LA LECTURA Y SUS ALREDEDORES

La profesora Paty tiene dos días que no se presenta a trabajar en su secundaria. ¿La razón? Está incapacitada porque tiene una infección en la garganta. Y cómo no, me explica su hermana, si entra a un grupo y luego a otro y luego a otro toda la mañana y así la semana entera. Y en todos habla, explica, da instrucciones, regaña… Los malestares de la garganta han sido tradicionalmente una afección gremial, un mal que aqueja a quienes hacen uso de ella como su principal herramienta de trabajo.

La gran mayoría de los modelos educativos tiene su pilar en lo que el docente dice o expone ante su grupo. Así pues, si hablar es fundamental en el aula, no menos importante es su contraparte: escuchar.

Como se sabe, la escucha es la manera intencionada y activa con que se lleva a cabo el acto de oír. El oído es un sentido que funciona, por decirlo así, en automático, que aprehende el mundo exterior aún sin que nosotros lo queramos, pero la escucha implica necesariamente la voluntad, la atención y la concentración de quien lo hace.

El oír no es algo que se aprende, está ahí desde el principio y la única diferencia parece ser la distinta capacidad de percepción que pueda haber entre una y otra persona. El escuchar, sin embargo, es algo que sí puede ser enseñado y aprendido.

Aunque escuchar es una de las competencias a desarrollar en la escuela, la verdad es que es una de las actividades a las que menos se les dedica tiempo, básicamente por dos razones: la primera, y más sobreentendida, es suponer que no es necesario enseñar al alumno a escuchar puesto que ya sabe hacerlo (confundiendo oír con escuchar); la segunda, porque no hay, o no se conoce, información sobre cómo se enseña y aprende a escuchar.

Desde poder llevar coherentemente una conversación sencilla hasta seguir el hilo de un pensamiento complejo y profundo tiene que ver con la capacidad de escuchar. Muchas personas rehúyen, por ejemplo, las conferencias porque conocen de su poca capacidad y disposición para escuchar; muchos alumnos no pueden resumir lo abordado en una clase porque buena parte de ella se han mentalmente evadido del acto de escuchar; muchas conversaciones devienen en malentendidos e incomprensiones porque el mensaje se dice mal o se escucha mal; muchas tareas no pueden terminarse o acaban mal porque las instrucciones no han sido claramente escuchadas; muchas desavenencias pueden tener su origen en una mala escucha: ¿cuántas veces tengo que repetir lo mismo?

¿Y qué es, entonces, escuchar bien? Sara Melgar (1999), en su texto Aprender a escuchar, señala que un buen oyente se caracteriza por el dominio de cinco aptitudes: aptitud para reagrupar las diferentes partes de un discurso y así poder deducir de ellas la idea central o las ideas principales; aptitud para discernir rápidamente lo que se aproxima o lo que se aparta del tema; aptitud para hacer deducciones lógicas a partir de lo que se ha entendido; aptitud para utilizar plenamente las claves del contexto verbal (alusiones, palabras clave, transiciones…); aptitud para seguir, sin perderse, un razonamiento complejo.

De manera gradual y adaptada a las diferentes edades, los alumnos, desde preescolar hasta posgrado, pueden aprender a escuchar mejor y con ello a potenciar su aprovechamiento.

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