La feria de todos los santos



         En Colima, año con año, durante los últimos días del mes de octubre y los primeros de noviembre , se celebra el máximo festejo regional de la entidad. Es la “feria regional agrícola, ganadera, comercial y artesanal”, mejor conocida como la Feria de todos los santos. Cuando niño, le faltan a uno ojos para mirar y extasiarse en aquel mundo surgido de la nada. La feria es un universo aparte donde uno puede encontrarse lo más insólito al lado de lo más trivial. Es la imagen provinciana correspondiente a aquellos castillos que el genio de la lámpara de Aladino construía en una sola noche y desparecía con la misma fugacidad.

         Pero entre las cosas que más llamaron mi atención desde siempre, estaban los vendedores de ropa. Merolicos que sin más, instalaban el camión de la mercancía y con el micrófono estampado en la boca, reunían y mantenían en embeleso continuo al público que una vez detenido no podía librarse del encanto que emanaba de la palabra inagotable, del matiz calculado, del volumen estridente, hipnótico, del refrán sobado pero efectivo, de la oferta insistente, tentadora. Guasones, irreverentes, juglares placeros, oradores insignes forjados en la escuela de la necesidad, cautivaban al auditorio con su sola presencia y sólo era necesario encender el aparato de sonido para que diera comienzo el trance en el que todos inevitablemente, caíamos.

         Dos…tres… bueno, bueno, probando… probando…sí…sí… Acércate, Chicuás, muchacho del demonio ¿dónde estás?, ponle más volumen…dos… tres… bueno, sí… ahí está bien. Que no le digan, que no le cuenten porque a lo mejor le mienten, … acércate para acá compadre… mira, déjame decirte, acá está tu baratero, el mero mero, que hace rendir tu dinero; no te venimos a engañar, mira, si consigues precios más baratos en Guadalajara, verdad de Dios que te regalo el negocio, me pongo una penca de nopal en la cabeza y me voy peregrinando descalzo hasta Talpa, pero no, déjame decirte, no estás tú para saberlo ni yo para contarlo, pero no somos revendedores, somos representantes directos de la fábrica “Hilados y tejidos sociedad anónima” de la ciudad de México que nos envía en promoción a todos los rincones de país ofreciendo la mejor calidad en cobijas, colchas, fundas, sábanas, sarapes, gabanes, lo que necesites, lo que ocupes, de lo que andes urgido; como dijo el filósofo, dime cuánto traes y te diré lo que te llevas porque mira, si traes cincuenta pesos, mira, si traes cincuenta pesos te llevas esta, y esta otra y esta más, y mira, para que te animes, pásame aquella floreada Chicuás de los avernos, no, esa no, la que está encima, esa, mira nomás compadre lo que te llevas por cincuenta pesos, es más, mira, dame treinta y cinco y el montón es tuyo ¿no traes treinta y cinco? escárbale, escárbale, ¿no traes treinta y cinco? dame treinta pues, nomás que es para persinarme, órale con el tambache y que Dios te acompañe, hermano, y ahora mira, déjame enseñarte, déjame, te voy a mostrar, mira esta preciosidad de popelina estampada con tintes exportados de Holanda y esta otra, mira nada más qué chulada, terminada en cabeza de indio con embroco atrás ¡ahhh! ¿qué pasó? ¿ya nos llevamos? La persona que traiga… la persona que traiga… cuarenta pesos… cuarenta pinches pesos se va a llevar la colcha de Holanda, la azulita de cabeza de indio y este par de sábanas finísimas para camas gemelas, ¿quién trae cuarenta pesos? ¡uhhh! no paso a creer, porque cuarenta pesos se los gasta un muchacho en un dos por tres  a la hora del recreo: una bolsa de palomitas, un taco y una gelatina y ya le anda quedando a deber al dulcero, o se pone a jugarle volados al paletero, ¿cómo?, no, volados, al arrime también juega pero con… ¡bueno! no me hagas hablar, entonces ¿qué?, ¿nadie trae cuarenta pesos? bueno, pues mete esto hasta el fondo tú Chicuás del quinto infierno que hoy no estamos para rogar, con tu pan te lo comas compadre, y a tu perro le das de palos… pero mira, ahí te va una para que te animes, échale esa, y la otra y esta más, y ahí va el otro, ¿y sabes qué, Chicuás endemoniado, maléfico, diabólico, satánico, dañero, mefistofélico?, échale la de Holanda, no le hace que le patrón me corra, viejo prángana, que al cabo ya me tiene harto, esa y esta otra y a ver, usted caballero que a lo lejos se le nota lo distinguido, dígame, ¿cuánto da por el montón? ¿no le interesa? y a ti compadre ¿cuánto das? ¿cuánto? no, si no ,me lo robé ¿o qué? ¿ya nos hemos visto en Maclovio Herrera treinta y tres? cruz, cruz, que se vaya el Chicuás y venga Jesús, ¿cuánto? ¿sesenta? mira, ni tú ni yo, dame ochenta y cinco antes que me ponga a hacer cuentas y me arrepienta, porque si le echamos lápiz al asunto me voy a dar cuenta que te estoy dando el huevo y quien lo puso, suerte tienes que yo haya estudiado nomás hasta el segundo de primaria… me corrieron… por culpa de… ¿de quién creen? ¡claro! por culpa de este aborto infernal mal conocido por el epíteto de Chicuás; no, si este muchacho tiene lo suyo, ahí donde lo ve, es malo, es perverso, no, cuidado, ¿entonces qué?, ¿te lo llevas?, ¡hecho el tiro y cayendo el pato! y a ver usted paisanita ¿cuánto trae?¿veinte pesos? mire, para que anime abuelita le voy a dar por sus veinte pesos este y este otro ¿cuál le gusta? ¿el amarillo?, ¡ándale pues! con todo y amarillo por sus veinte pesos ¡sale!, ¿ y ahora qué tenemos?, este gabán mire usted, lana pura, lana virgen, virgen pura, ni mi compadre Antonio, Tony Aguilar los usa mejores, sólo le conocí uno igual al Trovador del campo que en paz descanse, dame sesenta pesos y llévatelo ¿sí? ¡eso! ¡así me gustan… entrones! ¡ah, qué buena compra!, acabas de hacer una carambola de tres barandas, y dije carambola ¿eh? porque el pul es para los albañiles, con perdón…

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Ser o no ser … ahí está el detalle

– ¿Quíhubo?
– ¿Qué onda?
– ¿Qué onda de qué o por qué?
– ¿Tú también reprobaste?
– ¿No lo sabías?
– ¿Y a poco te agüitas?
– ¿Tú no?
– ¿Tengo cara de amargado, güey?
Ovidio levantó los ojos cargados de rencor y miró la cara de Horacio, que sonreía de una manera levemente cínica: no, su amigo no, el amargado era él porque sentía que había reprobado Filosofía injustamente. La fila –compuesta por otros que, como ellos, solicitaban examen extraordinario- avanzaba lenta, perezosamente, como queriendo hacer más evidente ese penoso trámite en el que todos, por un momento, estaban indignamente igualados. Con ganas de explicarle a la secretaria que recibe la solicitud, de decirle que al que se encarga de sellar la papeleta que no, que él de por sí no hubiera reprobado, si no era tan nango, que la culpa es de este cabrón que viene atrás de mí. Pero pensó que a nadie le iba a interesar escuchar sus razones, que lo más probable es que estuvieran hartos de oír historias de maestros supuestamente vengativos, de acusaciones falsas sobre trabajos copiados, de tareas no tomadas en cuenta, de normatividades nunca aclaradas y de repente recibidas con sorpresa, de incongruencias entre el contenido del libro y el de los exámenes, entre la metodología y las formas de evaluación… para ellos seguramente estos argumentos eran como los que se escuchan en los ministerios públicos, donde nadie admite ser culpable. Sí, cómo no, dirían mirándose cómplices, divertidos, a los ojos.En la puerta, Horacio esperó a que Ovidio terminara de guardar la boleta en la mochila y después caminaron juntos, sin hablar, durante dos calles, envueltos en un silencio hosco, hostil, forzado. Al llegar al parque, donde tenían que separarse, Horacio lo detuvo.

– ¿Qué traes?

Ovidio sintió que era el momento de soltarle la andanada de recriminaciones que desde hace días le tenía preparada, de reclamarle por todas las distracciones que durante el curso le había hecho mientras la maestra se esforzaba por explicar las profundidades del pensamiento a través de los siglos.

– Que por tu culpa reprobé.
– Ah, por mi culpa, -rió Horacio. Si no entendías nada.
– Pues no, porque tú estabas chingue y chingue atrás de mí.

Confundido entre los cuarenta y tantos alumnos que tomaban la cátedra, desde las filas de atrás, Horacio tenía mil recursos para evadirse de la realidad de la clase: a veces se divertía haciendo caricaturas de los compañeros o de los maestros, porque para eso tiene mucha facilidad, para qué negarlo: “Ira, ¿a poco ésta no se parece a La caballona?; a veces hacía una tripa de pollo larguísima con infinidad de obstáculos y lo retaba a competir, de a coscorrón el error; o le contaba chistes sacados de una página de Internet; o le preguntaba detalles del carácter, aficiones o programas favoritos de televisión de sus hermanas. “¿Rita a qué horas se baña?” Nunca faltaba qué.

Y entonces los contenidos filosóficos que la esforzada maestra se encargaba de repetir pacientemente quedaban desarticulados, confundidos, hechos bola, mezclados unos con otros. ¿Quién fue Epicteto? Ese Cicerón… ¿El existencialismo fue lo primero que existió?

– Admite que la filosofía no se te daba. Como a mí. Para qué nos hacemos.
– Pero para eso viene uno a la escuela: para aprender. Sólo tú mismo eres el límite del límite de lo que puedes llegar a ser.
– Sí, pero el ser es y el no ser no es. No te hagas pendejo.
– No, no me hago -argumentaba Ovidio convencido-, pero de que hubiera podido, hubiera podido. El hombre es la medida de todas las cosas.
  Ajá; éi. Conócete a ti mismo. Ese era tu destino, entendido como la fuerza que determina el curso de las cosas. ¿No venías arrastrando un seis desde el semestre pasado?
– Tú lo has dicho: el semestre pasado. Esta era otra oportunidad. Nadie se baña dos veces en las aguas de un mismo río.
– Pues te hubieras bañado. ¿Yo qué tengo que ver con tus calificaciones?
– Yo creo que tienes que ver, fíjate. Pienso, luego existo.
– Pues no pienses tanto, no se te vaya a caer la mollera. De ese asunto de que es mi culpa yo sólo sé que no sé nada.
– ¿Nada? Qué curioso… entre el ser y la nada existe una correspondencia dialéctica.
– ¡Correspondencia madres! El ser y la nada son dos movimientos abstractos y contradictorios.
– No sabes lo que hablas.
– Cómo no… Reprobaste y ese es un hecho, y un hecho puede entenderse como algo que es o que sucede y sobre el cual el pensamiento puede fundamentarse. Y a ti te sucedió. Es un hecho absoluto.
– Ja. Lo único absoluto es que todo es relativo.
– Ni tanto… ¿o no estás absolutamente reprobado? ¿o no es absolutamente cierto que en tu casa te van a poner como campeón?
– Claro que todo es relativo –contraatacó Ovidio exaltado- ¿no oíste a la Caballona repetir que nada existe, y que aunque existiese no podría ser conocido, y que aunque fuera conocido, no se podría comunicar?
– La Caballona qué sabe. ¿Tú crees que tu cinco no existe? ¿Y no te lo acaban de dar a conocer? ¿Y no tienes que comunicárselo a tu jefe? Estás argumentando puras abstracciones, puro silogismo barato, conjeturas…
– O sea que quieres decir… –intentó contraatacar Ovidio.
– … te quedaste con el pensamiento anclado en la etapa prehelénica, Vidio. Como decía la canción de Diógenes, andas buscando la verdad con una lámpara sin luz.
– ¿No me vas a dejar hablar?
– Por mí habla todo lo que quieras. Yo puedo estar en contra de lo que dices, pero defenderé hasta la muerte el derecho que tienes de decirlo, -se ufanó Horacio.
-¿Vas a negar ahora que todo efecto tiene una causa anterior? Y si el efecto es que reprobé… A ver… la causa puedes ser tú… no me digas que no puede ser.
– De que puede ser, puede ser, pero el problema es que confundes el ser en sí y el ser para sí.
– ¿Ah, sí? Ya bien lo decía Protágoras: tal como nos parecen las cosas, tales son.
– Órale, nomás que no se te olvide que las cosas son las mismas a la vez y siempre para todo el mundo, según dice Sófocles que dijo Eutidemo, y ese sí que entendía las cosas, ¿o no se aventó la puntada de decir que la verdad era como una sombra al revés dentro de su caverna?
– ¿Qué el de la caverna no era Platón?
– …es igual; ¿qué no sabes que en la antigüedad todos vivían en cavernas?

De repente hubo una pausa larga y molesta. Parecía que se habían dicho todo lo que tenían que decirse y sólo se oía la respiración de ambos, jadeante, como si acabaran de hacer un gran esfuerzo.

– El problema de esa pinche materia…
– La materia no se crea ni de destruye, sólo se transforma, -susurró mecánicamente Ovidio.
¿Vamos a volver a empezar? -gritó desesperado Horacio.

Ovidio, repentinamente resignado, negó suavemente con la cabeza.

– ¿Para qué te sirve la filosofía, a ver…? -El tono de Horacio era ahora cálido, afectuoso, sin el filo agresivo e irónico que había mantenido durante el diálogo anterior. Estamos hasta arriesgando la amistad por algo que ni vale la pena. ¿Qué no sabes que la armonía es la característica esencial del universo? -dijo mientras pasaba el brazo sobre el hombro de Ovidio.
– Pues sí, pero eso no me va a servir de mucho en mi casa.
– Diles que la maestra te traía de encargo, que una vez le ganaste una discusión acerca de la diferencia entre lo probable y lo posible delante de todos y eso no lo pudo aguantar, y se la cobró reprobándote.
– Y se lo van a creer…
– ¿Por qué no? Nihil imposibil est. Convéncelos de que toda acción genera una reacción.
– Además no es cierto. No hay ninguna razón, ni pura ni práctica, para que eso pasara.
– Y qué: el fin justifica los medios.
– Eres un cínico -dijo Ovidio amistosamente, esbozando una sonrisa.
– ¿Yo? –se rio Horacio. Pues tú eres un peropatético. Pero no te preocupes, eso es parte de la Hecceidad, la razón última de la individuación, o sea, lo que distingue a un individuo de otro. Aférrate a lo que te digo de la venganza de la máistra y de ahí no te muevas aunque te amenacen con ir a hablar con el director. A lo mejor no los convences del todo, pero va a quedar la duda. La duda metódica. En eso consiste ese método: tú metes la duda y después a ver qué pasa.
Ovidio parecía meditar meneando suavemente la cabeza, como queriendo negar la realidad de ese día.– No te arrugues, Vidio. Tómalo como una experiencia de la vida.
– La vida… -suspiró Ovidio. La vida es una totalidad orgánica en devenir…
– …en la que el hombre es el lobo del hombre…
– …y en donde el alma humana no es más que un desfile de percepciones.

Se pusieron de pie al mismo tiempo, reconfortados, y se estrecharon las manos francamente.
– Si quieres mañana nos juntamos a estudiar, yo te explico –ofreció Horacio recogiendo la mochila de la banca y empezando a caminar rumbo a su casa.

Ovidio lo vio alejarse. Era un buen cuate. Extrañamente se sintió más aliviado y capaz de capear el temporal que se avecinaba. El problema ya no parecía tanto.

– Y sin embargo, se mueve, pensó.