La Edad de Oro

 

         Cuando pienso en José Martí, me vienen siempre a la memoria como una ráfaga fugaz dos imágenes, la del que cultiva la rosa blanca –en junio como en enero-, y la historia de la Niña de Guatemala, la que se murió de amor.

 

Además de ser figura fundamental en la independencia cubana, el héroe nacional cubano José Martí fue un escritor sensible cuya obra abarca la poesía, la prosa, la dramaturgia, la crónica la fábula y el ensayo. Pero de entre toda su producción lograda a lo largo de su corta vida (cayó abatido, a los 42 años en la batalla de Dos Ríos) hay una obra que refulge como una joya: La Edad de Oro.

 

         De este texto hay una edición de Editores Mexicanos Unidos que puede conseguirse muy barata, y en 2003 el CONACULTA lo reeditó y lo difundió a través del programa “Alas y raíces a los niños” con motivo del 150 aniversario del nacimiento de Martí.  Ahora puede encontrarse en forma de libro, pero originalmente era “una publicación mensual de recreo e instrucción dedicada a los niños de América”, según palabras del propio Martí.

 

La revista comenzó a editarse en la ciudad de Nueva York –donde vivía el escritor- en 1889, y se publicaría, según los planes, el primer día de cada mes. “El número constará de 32 páginas de dos columnas, de fina tipografía y papel excelente. Con numerosas láminas y viñetas de los mejores artistas, reproduciendo escenas de costumbres, de juegos y de viajes, cuadros famosos, retratos de mujeres y hombres célebres, tipos notables, y máquinas y aparatos de los que se usan hoy en las industrias y en las ciencias”. Así la soñaba Martí y así la hizo, para delicia de los niños y niñas a quienes iba dirigida. Desafortunadamente, sólo se imprimieron los números correspondientes a los meses de julio a octubre, cuatro, que son los que componen el libro. Por cierto, todos los textos de esos cuatro números fueron originalmente escritos o directamente traducidos por Martí.

 

Lo literario, a través sobre todo del cuento y el relato, es el soporte principal de la revista, pero también se abordan temas científicos, culturales, artísticos e históricos, así como referencias a hábitos, tradiciones y costumbres de diferentes países y épocas, todo con ese lenguaje elegante, sencillo, diáfano, con que Martí, sin menospreciarlos, supo llegar a los niños, niñas y jóvenes de nuestro continente, como era su propósito, aunque ello no excluye que los adultos también disfruten su lectura.

 

Más que sólo en una revista de difusión o entretenimiento, Martí soñaba con un vehículo impreso que pudiera, por un lado, reflejar la diversidad sociocultural de América, pero al mismo tiempo reafirmar nuestra esencia común latinoamericana como pueblos hermanos.

 

Un buen propósito para este año que inicia sería, en papel o en Internet, buscar el libro. Vas a encontrar cosas sorprendentes y amenas. No es, en verdad, una exageración decir que es una delicia leer La Edad de Oro.

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Estructura de la meta

El esfuerzo conjunto es un valor de alto reconocimiento social. Se aprecia que las personas se unan para hacer y lograr algo. Así nos lo demuestran muchos lemas y slogans de organismos oficiales, particulares, sindicales, políticos, etc. “Vamos Unidos”, “Juntos podemos más”, “El éxito lo hacemos todos”, “Unidos Venceremos”, y muchos más son mensajes que enfatizan en establecer metas comunes y actividades coordinadas.

   ¿Qué tanto de este valor se retoma en la escuela? ¿Cómo se refleja este valor social en los terrenos del aprendizaje? Johnson D. y Johnson R., un matrimonio de psicólogos que han realizado estudios sobre la forma en que los estudiantes aprenden, nos dicen que en un grupo se establece una interacción entre todos los miembros, misma que lleva a que cada uno de ellos se forme una idea, también llamada estructura de la meta, de qué papel juegan los demás en el propio aprendizaje. Johnson y Johnson identifican tres estructuras de meta: individualista, competitiva y cooperativa.

 La meta individualista ha sido un modelo tradicionalmente presente en la escuela y se basa en la creencia de que el intento del estudiante por alcanzar una meta –en este caso, aprender- no tiene relación con los demás estudiantes. Esto es, bajo la premisa de que el aprendizaje es intransferible, el alumno (y el maestro y el enfoque educativo) considera que el éxito o el fracaso está ligado a sus propias y personales capacidades y esfuerzos.

         La meta competitiva, presente también de muchas maneras en la educación –en la de antes y en la de hoy-, desarrolla la idea de que el estudiante alcanzará su meta si otros estudiantes no la alcanzan. Ser mejor que otros, ser el primero, el promedio más alto, se convierten en prioridades para el alumno y hacia ello enfoca sus capacidades y esfuerzos. Es decir, los demás estudiantes existen como referentes, como sujetos a superar.

       En contraparte con las anteriores, la meta cooperativa ubica al estudiante en la idea de que su meta es alcanzable si también otros estudiantes la alcanzan. Así, se piensa en el grupo y se considera que el logro es posible gracias a la ayuda de todos y, por tanto, el éxito es de todos.

       Johnson y Johnson afirman que el aprendizaje cooperativo es el más deseable, y que si bien nadie aprende por nadie, esta estructura de meta posibilita que los demás (estudiante, docente o enfoque educativo) incidan en la creación de condiciones o ambientes para que cada uno aprenda. Sin embargo, trabajar cooperativamente, en la escuela y en la vida, requiere una serie de condiciones de interacción que los docentes deben enseñar y los estudiantes aprender. Y esto puede lograrse si hay buena actitud, motivación y técnicas adecuadas.

       Trabajar más cooperativamente en la escuela reforzará la idea de trabajar cooperativamente en la sociedad y evitará que sigan repitiéndose clichés absurdos como el de que, mientras en otros países (¡¡oooooh!!) las personas trabajan cooperativa y armónicamente, en México no, como lo sugiere el “ejemplo” de los cangrejos mexicanos y los cangrejos japoneses. La verdad es que no hay razas o sociedades cooperativas mientras otras no lo son. Hay, sí, educación y formación en las personas que las componen. Y eso, como ya se dijo, se puede enseñar y aprender.

Vargas Llosa y la lectura

         “Como todos los escritores, antes de escritor, fui lector. Creo que aprender a leer es lo más importante que me ha pasado en la vida. Recuerdo el extraordinario enriquecimiento que significó para mí empezar a leer, es decir, empezar a vivir a través de la lectura, muchas más vidas de las que yo podía aspirar a tener, poder viajar en el tiempo, en el espacio, cambiar de identidades y situaciones.

 

         La lectura sigue siendo todo eso para mí: un extraordinario placer, el más rico y diverso de los entretenimientos. Sé que se puede justificar la lectura por muchas razones, pero para mí ésta ha sido siempre la primera.”

 

         Esta cita es de Mario Vargas Llosa, peruano –y español-, miembro de la Real Academia Española de la Lengua, y autor de una serie de novelas impresionantes que lo sitúan como uno de los más grandes novelistas latinoamericanos de todos los tiempos, y entre las que figuran La ciudad y los perros, La casa verde, Conversación en la Catedral, La guerra del fin del mundo y La fiesta del chivo, entre muchas otras.

 

         La idea de que detrás de todo gran escritor hay un gran lector es reafirmada aquí por Vargas Llosa. La lectura, desde los primeros años, no sólo va forjando el gusto por la actividad al grado de convertirla en hábito –en un vicio a veces-, sino que va nutriendo, desarrollando, de manera callada, imperceptible, esa potencial capacidad para escribir.

 

         Mucho de lo que Vargas Llosa –como todos los escritores- ha vertido magistralmente en sus páginas y que tanto deleita a sus lectores, lo ha seguramente cosechado durante sus propias lecturas, lo ha atesorado durante su propia travesía como lector.

 

Y no me refiero a que haya realizado plagio o copia o siquiera imitación, no. De las cosas que se leen, el cerebro aprende de dos maneras: una conciente, que tiene que ver con retener datos, información (nombres, anécdotas, tramas, descripciones…), cosas que en un momento dado pueden nombrarse, recordarse; y la otra, inconciente y más sutil, que tiene que ver con el aprendizaje de estructuras narrativas, de usos lingüísticos, de variantes estilísticas, de recursos retóricos, de una serie de elementos que constituyen el andamiaje de la obra literaria, su forma de decir el fondo, su manera de desarrollar el asunto; un aprendizaje que se va filtrando, como la humedad, que se va estableciendo en una zona no conciente pero que van construyendo los propios recursos narrativos del escritor.

La habilidad de la escritura se cimenta en gran parte en la habilidad de la lectura. Intervienen además las experiencias de la vida misma, las capacidades individuales de observación, abstracción, análisis, síntesis, comparación, y un largo etcétera que dan a cada quien una particular visión e interpretación del mundo.

 

Mucho de lo que somos como escritores (profesionales, aficionados, ocasionales) se lo debemos a las lecturas que hemos hecho en la vida, a lo que hemos aprehendido oficiando como lectores, tal como lo afirma líneas arriba Mario Vargas Llosa, y eso reafirma la importancia que la lectura tiene en este nuestro paso por el mundo.

 

La reseña

Dado que es imposible descubrir siempre por cuenta propia las novedades editoriales, una manera de conocer nuevos libros o autores es a través de la recomendación que otros lectores nos hacen, ya sea que nos lo comenten cara a cara o que su opinión se difunda a través de algún medio de comunicación. Aunque, estrictamente hablando, no quita que la presentación pueda ser oral, por lo general, cuando esa recomendación es escrita la llamamos reseña.

 

         Una reseña es un tipo de texto de extensión variada –dependiendo de la amplitud de la obra o la profundidad del estudio- que hace un análisis de una obra o actividad determinada: un libro, una película, una obra de teatro, un evento, aunque el término es generalmente utilizado para referirse a libros. Ese análisis permite al autor no solamente conocer la obra, sino también valorarla. Una reseña es, de alguna manera, una invitación que se hace para conocer ese producto.

 

         La reseña puede ser fundamentalmente descriptiva, es decir, concretarse a exponer la estructura, el contenido y el sentido de la obra, lo que permite al lector hacerse una idea del texto y decidir si quiere o no entrar en contacto con ella. Sin embargo, la esencia de la reseña –además de su descripción- incluye generalmente un comentario crítico o valoración que hace el autor, apoyándose y citando –para evidenciar su dicho- algunos pasajes del texto que reseña.

 

Cuando la reseña la realiza un experto, un conocedor o alguien que se toma el trabajo de indagar sobre el tema que el libro desarrolla, sobre el autor o el contexto en que fue escrita (por mencionar sólo algunos aspectos) este comentario o valoración le da un valor agregado a la reseña, pues pone ante los ojos del lector razones, reflexiones y argumentos que hablan sobre la valía y trascendencia de la obra. En ese sentido, una reseña no sólo muestra y expone, sino que guía y aconseja.

 

No hay que perder de vista, sin embargo, que la reseña expone, a fin de cuentas, el punto de vista de quien la realiza. Esto es, por más experto que sea el reseñador, puede haber diferencias entre su opinión y el gusto o disgusto que le deje al lector la lectura de la obra. Desde luego, una orientación de alguien versado en el tema puede ser un referente para decidirse a abordar la obra o asistir al evento.

 

Con todo, la reseña no es privativa de expertos y conocedores; cualquiera puede abordarla. De hecho, en la vida diaria, informalmente,  se realizan sin que se tenga conciencia del nombre. Es parte de nuestra manera de ver, interpretar y evaluar lo que leemos y observamos.

 

Sin embargo, cuando una reseña se realiza por razones informativas, motivacionales o académicas conviene seguir cierta estructura que de hecho comparten los textos expositivos y que en términos generales consta de una introducción, un análisis de la obra, un comentario crítico y una exposición. Aunque el estilo personal de quien reseña puede darle un toque personal a lo que escribe, conviene no perder de vista estos elementos a fin de que la reseña cumpla con su función, que es, hay que repetirlo, informar, invitar, motivar o persuadir al lector para que conozca la obra.

Sinónimos, hipónimos e hiperónimos

         Como se sabe, no hay en el Español –ni en ningún otro idioma- dos palabras que signifiquen exactamente lo mismo, o que se usen para designar una misma cosa. Bajo esta óptica, habría entonces que considerar que no es lo mismo amar que querer, ver que mirar, escuchar que oír. En el habla cotidiana estos pares de palabras pueden usarse indistintamente sin que se afecte la esencia del mensaje porque ambas tienen el mismo sentido; en el caso, por ejemplo, de amar y querer, ambas se refieren a una expresión de afecto, de algo con lo se siente predilección o satisfacción o gozo, pero no siempre uno ama lo que quiere, aunque siempre quiere lo que ama. Digamos que es una diferencia de matiz.

        A este fenómeno semántico de la lengua se le llama sinonimia. Las palabras sinónimas comparten una significación aproximada, parecida, semejante, cercana, pero no igual. De esta manera, matar, asesinar y linchar, aunque se refieren a quitar la vida, cada palabra designa una circunstancia particular en que el acto se lleva a cabo. Se dice, por ejemplo, que los pueblos esquimales tienen  varias palabras para nombrar la nieve, o que los pueblos del desierto usan otras tantas para designar la arena, pero en ambos casos las utilizan porque se refieren a diferentes tipos de arena o nieve y establecer esa diferenciación es para ellos fundamental.

     La gramática habla de sinónimos totales y sinónimos parciales. Los primeros, para designar aquellas palabras que pueden usarse indistintamente sin que –aparentemente- cambie el significado, como es el caso de las palabras micra y micrón, que en el campo de las ciencias se aceptan como válidas para referirse a la millonésima parte de un metro, aunque la palabra micra es, en su origen, el plural de micrón. Los sinónimos parciales, por su parte, son palabras que pueden usarse con un significado “igual” en muchos contextos, pero no en todos; es el caso, por ejemplo, de pistola y arma.         

  Para establecer una diferencia y una precisión entre estos casos de sinonimia, la gramática habla de dos categorías: el hipónimo y el hiperónimo. El primero se refiere a una cualidad particular y el segundo a una general. Así, pistola es el hipónimo de arma, que es su hiperónimo. Es decir, aunque una pistola siempre es un arma, no todas las armas son pistolas. La misma relación se establece, por ejemplo, entre las palabras, asesinar y linchar, que son hipónimas de matar, que es su hiperónima.

      El uso de sinónimos en la expresión oral y escrita evita la repetición de un mismo término y su consiguiente monotonía. Esto es, la sinonimia es un recurso que facilita y enriquece la exposición de las ideas y que demuestra el conocimiento y dominio del vocabulario de un idioma. Sin embargo, como ya se anotaba, hay que tener cuidado al elegir un sinónimo, pues el uso atinado y la aceptación de quien recibe el mensaje dependen de factores como el lugar, el contexto sociocultural y la intención con que se utilicen. En otras palabras, no todos los sinónimos son adecuados en todas las circunstancias ni con todas las personas. Tú que me lees, seguramente ya lo habrás advertido.

Leer con incredulidad

           Julián Gallo es un periodista argentino especializado en temas tecnológicos, consultor de medios interactivos y editor del blog Mirá! En el portal de terra.com publicó el año pasado un interesante texto, “El arte de leer con incredulidad las noticias”, que pone el dedo en la llaga en un asunto muy de nuestros tiempos, en donde hay mucha información y pocos lectores críticos.          Como se sabe, de unas pocas décadas para acá la disponibilidad de la información y la posibilidad de acceder a ella han crecido desmesuradamente, sobre todo a través de Internet. Ahora basta teclear la palabra del tema que se quiere buscar y aparecen al instante miles de opciones, pero –pregunta Julián Gallo- ¿quién ofrece esa información?  En el artículo comenta la siguiente anécdota: “En un comercial de Estadao.com.br, transmitido por televisión, un hombre lee con entusiasmo noticias en su computadora cuando es interrumpido por su esposa. El hombre le explica que está leyendo un “blog genial de economía”… Pero el video muestra que del otro lado de la pantalla hay un mono en un laboratorio conectado a Internet que copia frenéticamente textos y los multiplica ante la mirada de dos científicos”. Para el autor, el comercial de televisión dice dos cosas al mismo tiempo: 1) no sabes quién escribe un blog, tal vez sea un mono. 2) el mono se dedica a copiar y pegar contenidos. Desafortunadamente, a la hora de buscar información para una tarea escolar, muchos de nuestros alumnos no tienen el cuidado de verificar la seriedad o consistencia de la fuente que ofrece dicha información. Como ocurre con las noticias de los periódicos o de la televisión, basta que se escriba o se diga allí para presuponer que es verdad. Y como sabemos, también en estos medios se pueden encontrar monos. Por otro lado, el “copiar y pegar” es una extendida mala práctica entre la población estudiantil, pues muchas veces se lleva a cabo sin dar el crédito correspondiente a la fuente, lo que constituye un plagio; además, no es raro que se utilice sólo una parte de la información (la que tiene que ver con la tarea) y se presenten, entonces, textos descontextualizados. Cuando esto se hace, a fin de cuentas, se está realizando la actividad del mono, que lleva a cabo la tarea, pero sin pensar. Gallo propone que, ante esta circunstancia, se enseñe a leer con incredulidad, es decir, manteniendo una sana desconfianza en la información encontrada. Tampoco es el caso de caer en la paranoia informativa, sino simplemente buscar formar lectores críticos, capaces de buscar eficientemente en los sitios adecuados, comparar con el objetivo o el propósito de la tarea, valorar lo expuesto y si es posible compararlo con otras fuentes, seleccionar la información y apoyarse en ella para trabajarla desde el propio punto de vista. Leer con incredulidad –o críticamente- la vastísima información disponible es ya una imperiosa necesidad para la que no hemos desarrollado una estrategia de enseñanza. Y hay que hacerlo antes de rezagarnos más.

Producción de textos

Hay una conocida máxima que dice que a escribir se aprende escribiendo. Parece una obviedad, pero su sentido va más allá de lo literal pues no habla del acto físico de escribir, esto es, del conocimiento del código y el trazo de las grafías, sino del proceso mental que conlleva la producción de un texto.

 Aunado a la comprensión y dominio del código, el alumno de preescolar y primaria necesita enfocar la atención al contenido del texto que escribe, el cual deberá ser, desde un principio (aun el dibujo o el garabato), coherente y con sentido, con un mensaje, un destinatario y un propósito, de tal manera que en el aula se reproduzca, de la mejor manera, la función social de la escritura.

Producir un texto –entendido como el pensarlo y escribirlo- es una actividad que se va aprendiendo paulatinamente, mediante acercamientos sucesivos, aproximaciones continuas, en una espiral que se prolonga durante toda la vida. Esto es, el nivel de competencia escritora de una persona va cambiando a lo largo del tiempo. Estos cambios tienen que ver con varias situaciones y posibilidades; una es el conocimiento que quien escribe tiene de otros textos, pues, se sabe, que, por ejemplo, detrás de un gran escritor hay un gran lector; otra es la práctica constante y su monitoreo, que nos permita, por un lado, identificar y corregir errores y limitaciones, y, por otro, reconocer y aprovechar aciertos.

Así como es recomendable crear, tanto en la escuela como en la casa, desde los primeros años de vida del niño, un ambiente propicio a la lectura, es igualmente importante crear un ambiente propicio a la escritura. Para ello, la primera condición será desarrollar la noción de la necesidad de la escritura, entender que en la escuela y más allá tiene una función en la que están inmersas millones y millones de personas en el mundo; que prácticamente en todos los ámbitos de la vida social, cultural, política, religiosa, económica, escolar, militar, etc. está presente la escritura; que existen lugares destinados exclusivamente a la guarda de textos pues su contenido sigue siendo importante aún años después de haber sido escritos; que escribir es un acto humano que nos acerca a otros y a nosotros mismos.

En el ámbito escolar, la escritura como objeto de estudio o como forma de mostrar habilidades y conocimientos está presente desde los niveles más elementales hasta los superiores, con sus distintas modalidades y grados de dificultad, por supuesto. Conviene en todo ese tiempo no perder de vista que mucho de lo que se trabaja con la escritura en la escuela debe servir para manejarse en la vida, para moverse con soltura en un mundo letrado.

Producir un texto, trátese del tipo que se trate, es siempre un logro, tanto en el aula como fuera de ella, y hay que estimular y motivar a quien lo escribe, especialmente si se trata de niños y jóvenes.