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Cuánto gané, cuánto perdí

 

Cuánto gané, cuánto perdí.

 

Rubén Martínez González

 

Hace unos días, en una tienda de abarrotes de barrio, tuve oportunidad de ver un fenómeno que cada día es más común desde la popularización de la calculadora. Para sumar trece más veinticinco pesos la encargada echó mano al aparato y me dio el resultado. Yo, provocadoramente, como dudando, pregunté ¿treinta y ocho? Ella, para reafirmar, pulsó la función de borrado y volvió a sumar. , dijo, treinta y ocho.

 

La posibilidad de tener acceso a la tecnología de vanguardia ha sido, sin dudarlo, uno de los grandes beneficios para la humanidad, pues con ello se obtienen mayor comodidad, rapidez, economía, salud, diversión y, en general, una mejor calidad de vida. Tal es el caso de la calculadora de que hablamos, que en sólo una décadas pasó de ser un aparato que apenas cabía en un cuarto hasta convertirse en un artefacto –con sus diferentes tamaños, calidades y precios- tan alcance de todos que prácticamente no tiene una quien no quiere.

 

Pese a las ventajas que la calculadora ofrece, no son pocas (ni superficiales) las voces que advierten de la disminución en la capacidad de realizar operaciones  matemáticas mentalmente que el aparato podría estar provocando en los adultos o impidiendo desarrollar en los niños, sobre todo cuando se trata de cantidades sencillas y totalmente accesibles, como en el ejemplo que cito. Otro caso se da con la agenda que ya traen integrada los teléfonos celulares, que nos ha ido haciendo olvidar números que antes teníamos en la memoria. Bueno, hay quien no puede recordar ni el propio número (“es que nunca me llamo”) y tiene que consultarlo en la susodicha agenda.

 

Una reflexión en el mismo sentido, pero teniendo como referente la escritura, hace Moorhouse (1987) en su libro Historia del alfabeto, y que comparto con ustedes: “Debe aceptarse por descontado que la memoria de los analfabetos (pueblos y personas) se halla con frecuencia más desarrollada que la de los alfabetos. Los poemas de Homero y de otros poetas antiguos eran recitados de memoria por los bardos, sin ayuda alguna de la escritura. El advenimiento de la escritura propiamente dicha originó una relajación en el cultivo de la memoria, que al principio fue considerada como una pérdida lamentable. En Nueva Zelanda los maoríes se opusieron a la introducción de la escritura porque temían los efectos que causaba en la memoria y César (el emperador romano) aduce eso mismo como razón por lo que los druidas se negaron a consignar por escrito sus costumbres religiosas. La cuestión también se analiza en el Fedro de Platón, donde se sugiere que el uso de la escritura hace más fácil para la mente recordar los hechos cuando ello se hace necesario, pero que al mismo tiempo destruye el verdadero e íntimo conocimiento que es propio de la perfecta memorización”.

 

Hoy tenemos muy claro y es muy obvio el gigantesco paso que significó para la especie humana la invención de la escritura y el desarrollo de la tecnología, sin embargo, conviene no perder de vista la vital importancia del desarrollo de las propias capacidades humanas, como el cálculo y la memoria, ésta última, por cierto, tan satanizada y desprestigiada en el ámbito pedagógico.

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Mis libros

Hola a todos mis amigos lectores. Termina el año 2013 y lleno de deseos les auguro un gran 2014.

Les comento que he hecho una modificación sustancial a esta página que afortunadamente tiene muchos lectores (jamás terminaré de agradecer a cada uno de ustedes tal consideración hacia mis escritos). He eliminado el acceso directo a algunos de mis libros cuyos nombres aparecían a la derecha del INICIO. Esto se debe a que he agregado dos libros más que pueden disfrutar bajándolos de manera gratuita.

El acceso a mis libros ahora están en la pestaña de LIBROS EN PDF. Ahí encontrarán los siguientes títulos:

  • De la lectura y sus alrededores. Una serie de ensayos sobre la materia que ha constituido mi vida profesional: la lectura.
  • Si me pides la luna. Obra en un acto, habla sobre los amoríos de dos que se quieren.
  • El beso que embaraza. Obra en un acto, trata sobre una pequeña adolescente y sus problemas por no estar bien informada sexualmente.
  • Última función. Es mi colección de cuentos y narraciones que espero encuentren interesantes.

Gracias a todos y cada uno de ustedes por todo este tiempo de comunicación.

Hablar para aprender

“Mientras que las aulas tradicionales tienden a permanecer en silencio, excepto por el sonido de la explicación del profesor, las centradas efectivamente en el aprendizaje se caracterizan porque los estudiantes hablan y actúan colectivamente”. Con esta cita abre el apartado “Hablar para aprender” del libro El derecho de aprender, escrito por Linda Darling-Hammond y distribuido gratuitamente entre los profesores por la Secretaría de Educación Pública.

Bajo el enfoque del aprendizaje cooperativo, donde los alumnos se ayudan mutuamente para lograr una meta, hablar con otros y escucharlos es fundamental, pues de esta manera se comparten saberes, experiencias, habilidades, razonamientos y expectativas. Mediante este estilo de enseñanza entre iguales, unos aprenden de otros, con otros, uniendo esfuerzos para resolver un problema, lograr una meta o comprender una situación. De esta manera, se trabaja con lo que Lev Vigotsky llamaba la zona de desarrollo próximo, o ese momento en que el sujeto está a punto de resolver, comprender o hacer algo, pero “le falta tantito”, una ayuda externa que le dé el empujoncito o el jaloncito para lograrlo.

Ya desde el siglo IV a.C., Sócrates utilizaba una técnica bautizada como mayéutica que se basaba en el diálogo, o más precisamente en un hábil interrogatorio entre el que sabe y el que aprende y que va llevando al segundo a descubrir lo que no sabía o aclarar lo que tenía confuso.

Para muchos de nosotros, es difícil concebir una clase donde todos hablan a la vez; eso rompe con la formación recibida y los conceptos que tenemos sobre el orden y el silencio necesario para aprender. En efecto, no toda habla enseña y no todos los grupos que lo hacen pueden estar efectivamente aprendiendo. Para hacerlo, los estudiantes tienen que tener muy claro el propósito de la actividad y enfocarse a realizarlo en serio, sin desvirtuar el uso del tiempo al utilizarlo para hablar de otras cosas, esto es, tienen que aprender a usar responsablemente esa libertad de hablar que el método les concede.

Una de los argumentos que Linda Darling-Hammond utiliza en defensa del habla en el aula es que el aprendizaje es un hecho fundamentalmente social, esto es, se aprende en contacto con otros, de otros, en un intercambio donde el habla es el vehículo fundamental. Al hablar, sostienen las teorías psicolingüísticas, no sólo se expresa la idea “que ya está adentro”, sino que el habla misma permite ir construyendo y reacomodando tal idea. La conexión entre habla y pensamiento no es sólo la de alguien que habla y un cable que trasmite su voz, sino que ambos se construyen juntos. ¿No cuando tenemos una situación problemática que no podemos resolver comenzamos a “hablar solos”? El exteriorizar los conflictos a través del habla y la escritura los aclara y permite verlos bajo otra óptica.

Afortunadamente, tanto en la casa como en la escuela, los niños tienen cada vez más oportunidades de hablar y opinar (y claro, de aprender a través de este proceso), desterrando aquel cliché del “tú no sabes, tú cállate”. Por supuesto que en muchas ocasiones el silencio también es necesario, sobre todo en el aula, donde hay mucha gente junta en un espacio reducido, pero no desdeñemos hablar para aprender. No siempre “calladitos se ven más bonitos”.

Toco tu boca.

“Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja. Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.”

El 12 de febrero, pero de 1984 (esto es, hace nueve días hizo veintiséis años), muere en París, víctima de la leucemia, uno de los grandes –verdaderamente grande- de la literatura universal: Julio Cortázar

Argentino nacido en Bélgica y ciudadano francés, Cortázar es fundamentalmente reconocido por su novela Rayuela, publicada en 1963, que refleja la innovación, la creatividad y la originalidad que caracterizó su trabajo literario desarrollado en novelas, cuentos, teatro, poesía y otros textos menos literarios.

Profesor normalista con especialidad en literatura, fue, desde niño, muy enfermizo y eso lo obligaba a pasar largas temporadas en cama, en donde su gran compañera fue –y lo sería toda la vida- la lectura. Se cuenta que era tan desmedida esta pasión que algún médico llegó a recomendarle que, durante unos seis meses, tratara de leer menos y de salir más a tomar el sol. Como a muchos autores, la lectura lo llevó a la escritura.

El párrafo que abre este escrito corresponde al capítulo 7 de Rayuela y lo comparto como una invitación a conocer y disfrutar la obra de Julio Cortázar.

Con ganas de triunfar

“Con ganas de triunfar” es una película que todos tenemos que ver al menos una vez en la vida. Sobre todo las personas que se dedican al noble oficio de la enseñanza. Es un filme basado en una historia real, un poco maquillada por la industria del cine, pero que conserva la esencia de los hechos. Está basada en la actividad docente de un profesor de matemáticas, un boliviano que trabajó en los Ángeles, California, en el nivel equivalente a nuestra preparatoria: Jaime Escalante.

Este docente enseñó a cientos de estudiantes que por su origen socioeconómico –barrios marginados de negros y latinos- y deficiente preparación estaban destinados a reprobar el examen para ingresar a la universidad, sobre todo por sus graves deficiencias en matemáticas. Escalante diseñó y operó un estricto programa de trabajo que permitía que casi la totalidad de sus estudiantes aprobara, lo que le valió un reconocimiento que inspiró a la producción de la película de que hablamos.

Como no es mi intención narrar el argumento, sólo diré que Escalante, además, claro, de su sistema de enseñanza, basó su modelo en una firme convicción que trastocó el sentimiento de estudiantes que estaban convencidos del fracaso y la derrota: tú puedes hacerlo.

En el mundo de la enseñanza –dentro o fuera de la escuela- a esta fórmula se le conoce con el nombre de motivación. Estar motivado a algo implica tener la disposición mental para realizarlo “con interés y diligencia”, dice el diccionario; tener el ánimo, el entusiasmo, la convicción, la pasión. Si bien el logro de un propósito depende de muchos agentes (la circunstancia, los recursos, el tamaño del reto, etc.) mucho se habrá avanzado si de entrada hay ganas de intentarlo.

Los factores motivantes pueden ser múltiples y sus causas externas al sujeto (como los premios) o internas (como la convicción). Las ideales, obviamente, son las internas, aunque las primeras funcionan muy bien si se les maneja adecuadamente. Juan Antonio Huertas (1999), en su libro El aprendizaje estratégico, afirma que en la motivación que el profesor pretende en los alumnos para aceptar determinado discurso es esencial la percepción que ellos tengan de él como persona y como docente; esto es, cómo lo ven, cómo lo sienten y lo perciben y, un aspecto muy importante y poco abordado, cómo sienten que él los ve, los siente y los percibe.

La historia dice que uno de los factores clave en los resultados que sorprendentemente obtenían los alumnos de Jaime Escalante era la seguridad y confianza que él infundía en ellos mismos, y sobre todo, la confianza que los estudiantes sentían que Escalante tenía en ellos, quien los creía capaces de triunfar en un entorno que les decía, de muchas maneras, que no. Y lo lograban. Fundamentalmente porque se dedicaban en serio a estudiar, pero también porque estaban motivados, porque se sentían capaces y con ganas de triunfar.

Preguntar, preguntarse

Cuentan que durante su estancia en la ciudad de México a principios del siglo XIX, precedido por una innegable fama de sabio, Alexander Von Humboldt, llevado por su insaciable sed de saberlo todo, acostumbraba pasear por los alrededores para estudiar el mundo vegetal, animal y mineral de nuestro país. A estas excursiones lo acompañaba un guía al que una vez preguntaron cómo había sido el paseo y el aludido contestó: “qué sabio va a ser este señor; me preguntó cómo se llamaban mi mujer y mis hijos, cómo se denominaba el azadón, cómo la pala, etcétera. Cosas tan sencillas que yo las sé y otra cosa: hace como los muchachos de escuela, que juntan piedras para atiborrarse los bolsillos”. Enterado del suceso, se cuenta que Von Humboldt comentó: soy sabio no porque sepa muchas cosas, sino porque, precisamente, pregunto muchas cosas.

Preguntar, preguntarse, son acciones claves en la búsqueda del conocimiento y, con ello, de la sabiduría. La innata curiosidad de los niños que todo lo preguntan tiene, como afirma Piaget, una explicación: la necesidad de darle sentido a un mundo totalmente desconocido y al que se accede a través de la exploración y la pregunta.

Jorge Larrosa (2003), en su libro La experiencia de la lectura hace una hermosa reflexión –casi poética- sobre la importancia de la pregunta y que comparto con ustedes.

“Estudiar es también preguntar. Las preguntas son la pasión del estudio. Y su fuerza. Y su respiración. Y su ritmo. Y su empecinamiento. En el estudio, la lectura y la escritura tienen forma interrogativa. Estudiar es leer preguntando: recorrer, interrogándolas, palabras de otros. Y también: escribir preguntando. (…) Las preguntas están al principio y al final del estudio. El estudio se inicia preguntando y se termina preguntando. Estudiar es caminar de pregunta en pregunta hacia las propias preguntas. Sabiendo que las preguntas son infinitas e inapropiables. De todos y de nadie, de cualquiera, tuyas también. (…) El estudiante tiene preguntas pero, sobre todo, busca preguntas. Por eso el estudio es el movimiento de las preguntas, su extensión, su ahondamiento. Tienes que llevar tus preguntas cada vez más lejos. Tienes que darles densidad, espesor, Tienes que hacerlas cada vez más inocentes, más elementales. Y también más complejas, con más matices, con más caras. Y más osadas. Sobre todo, más osadas. Por eso el preguntar, en el estudio, es la conservación de las preguntas y su desplazamiento. También su deseo. Y su esperanza. Por eso, a las preguntas del estudio no las interrumpe ninguna respuesta en la que no habite, a su vez, la espera de otras preguntas, el deseo de seguir preguntando. De seguir leyendo y escribiendo. De seguir estudiando. De seguir preguntándote, con un cuaderno abierto y un lápiz en la mano, rodeado de libros, cuáles podrían ser aún tus preguntas.”

El estudio, la escuela y la vida misma son oportunidades para vivir en la pregunta, no sólo para obtener información sino, más importante aún, conocimiento. Preguntar, preguntarse, es pensar y ese es el sustento de la sabiduría.