El príncipe de las letras

El célebre poeta nicaragüense Rubén Darío, considerado el padre del Modernismo, corriente literaria de finales del siglo XIX y principios del XX, declaró alguna vez, que aprendió a leer a los tres años de edad, y que unas de sus primeras lecturas fueron El Quijote, Las mil y una noches y La Biblia. A los trece ya había publicado un poema en un periódico y poco después en una revista literaria. Del libro que lo catapultó a la fama, Azul, he retomado este breve relato, una muestra de su estilo, y que hoy comparto con ustedes. Se llama Acuarela.

“Había cerca un bello jardín, con más rosas que azaleas y más violetas que rosas. Un bello y pequeño jardín, con jarrones, pero sin estatuas; con una pila blanca, pero sin surtidores, cerca de una casita como hecha para un cuento dulce y feliz.

En la pila, un cisne chapuzaba revolviendo el agua, sacudiendo las alas de un blancor de nieve, enarcando el cuello en la forma del brazo de una lira o del asa de un ánfora, y moviendo el pico húmedo y con tal lustre como si fuese labrado en un ágata de color de rosa.

En la puerta de la casa, como extraída de una novela de Dickens, estaba una de esas viejas inglesas, únicas, solas, clásicas, con la cofia encintada, los anteojos sobre la nariz, el cuerpo encorvado, las mejillas arrugadas, mas con color de manzana madura y salud rica. Sobre la saya obscura, el delantal.

Llamaba: ¡Mary!

El poeta vió llegar una joven de un rincón del jardín, hermosa, triunfal, sonriente; y no quiso tener tiempo sino para meditar en que son adorables los cabellos dorados, cuando flotan sobre las nucas marmóreas, y en que hay rostros que valen bien por un alba.

Luego, todo era delicioso. Aquellos quince años entre las rosas -quince años, sí, los estaban pregonando unas pupilas serenas de niña, un seno apenas erguido, una frescura primaveral, y una falda hasta el tobillo que dejaba ver el comienzo turbador de una media de color de carne;- aquellos rosales temblorosos que hacían ondular sus arcos verdes, aquellos durazneros con sus ramilletes alegres donde se detenían al paso las mariposas errantes llenas de polvo de oro, y las libélulas de alas cristalinas e irisadas; aquel cisne en la ancha taza, esponjando el alabastro de sus plumas, y zambulléndose entre espumajeos y burbujas, con voluptuosidad, en la transparencia del agua; la casita limpia, pintada, apacible, de donde emergía como una onda de felicidad; y en la puerta la anciana, un invierno, en medio de toda aquella vida, cerca de Mary, una virginidad en flor.

Ricardo, poeta lírico que andaba a caza de cuadros, estaba allí, con la satisfacción de un goloso que paladea cosas exquisitas.

Y la anciana y la joven:

-¿Qué traes?

-Flores.

Mostraba Mary su falda llena como de iris hechos trizas, que revolvía con una de sus manos gráciles de ninfa, mientras, sonriendo su linda boca purpurada, sus ojos abiertos en redondo dejaban ver un color de lapislázuli y una humedad radiosa.

El poeta siguió adelante.”
Sobre el inusitado genio de Rubén Darío, llamado el Príncipe de las Letras Castellanas, se han vertido ya muchos y brillantes comentarios. Sin embargo, mañana se celebran 147 años de su nacimiento y había que recordarlo.

Antes de leer un libro

A mí, como a muchos docentes, sobre todo de educación media superior y superior, nos ha tocado ver a jóvenes estudiantes buscando en un mar de libros y fotocopias la información requerida para armar un trabajo que deben de entregar –por regla general- al día siguiente. Angustiados, desesperados, toman un libro y luego otro y otro más y los van hojeando de adelante hacia atrás o viceversa, o abriéndolos al azar, con la esperanza íntima de que, en un momento dado, al dar vuelta a una hoja ¡oh, sorpresa! allí esté, justamente, con todas sus letras, la información que se andaba buscando.

Esta situación (que puede deberse también a una falla de planeación del docente), evidencia una falla grave en la metodología de la búsqueda de la información. Muchos estudiantes deambulan por pasillos o ficheros buscando algo que no tienen claro qué es, topan con un título que contiene alguna palabra relacionada con el trabajo y con la idea de que “aquí ha de venir algo” se ponen a hojear esperando el milagro.

Para un efectivo encuentro de la información hay que hacer una búsqueda adecuada. Eso reduce el tiempo, el esfuerzo y el estrés implicados en el trabajo. Antes de leer el contenido, es necesario que el estudiante evalúe el libro, que lo vea, valore y analice con cuidado y detenimiento.

Alexander Luis Ortiz Ocaña, un académico del Centro de Estudios Pedagógicos y Didácticos de Barranquilla, Colombia, propone tomar en cuenta ocho aspectos antes de leer un libro: 1) Leer –y sobre todo interpretar- el título del libro para ver si corresponde con el tema buscado. 2) Analizar el índice prestando atención especial al título de los capítulos. 3) Revisar con detenimiento los subcapítulos y demás divisiones de aquellos capítulos susceptibles de ser útiles. 4) Ubicar el lugar y la fecha de edición del libro para determinar su vigencia, ya que puede contener información relativa a aun entorno no aplicable al trabajo o de datos ya caducos. 5) Leer el prólogo o presentación del libro (si lo tiene) a fin de identificar objetivos, lectores a quienes va dirigido y personas que participaron en la su elaboración. 6) Leer la introducción del libro (que maneja información diferente al prólogo) para ubicar las ideas o teorías en que se fundamenta el texto y su importancia teórica o práctica. 7) Leer el epílogo o conclusiones dadas por el autor para inferir la orientación, el tratamiento y el alcance del contenido. 8) Revisar el glosario de términos para comprobar si el tema buscado aparece desarrollado en el contenido del libro.

La propuesta puede parecer, en principio, engorrosa y difícil, pero su utilidad es indudable para una eficaz búsqueda de información. Si tomamos en cuenta que esta revisión sólo lleva minutos (pues aún la lectura de prólogo, introducción y conclusiones pude hacerse mediante una lectura rápida), el tiempo destinado a ello será sin duda una inversión redituable.

Hacer que los estudiantes valoren un libro antes de comenzar a buscar desordenadamente tiene que ser una enseñanza y preocupación de los docentes; a ellos les corresponde fomentar este aprendizaje, y a los alumnos convertirlo en un hábito.

Lectura crítica

Mucho se dice que una buena lectura (hablo de textos informativos) debe llegar hasta la crítica del contenido. De hecho, uno de los ideales educativos es formar personas críticas. ¿Y qué debe entenderse por ello? A contribuir en la formación de seres capaces de reflexionar y emitir juicios acerca de la información a que acceden y no sólo recibirla pasivamente.

Contra lo que muchas veces el término evoca, criticar constituye una muestra de la inteligencia, el conocimiento y la sensibilidad de quien la realiza, y no una expresión de resentimiento, envidia o vanidad. La crítica no es una habilidad cognitiva básica, como el análisis, la síntesis, la deducción, la analogía y tantas otras, sino una competencia, es decir, una capacidad que se desarrolla a través del ejercicio –aprendido y controlado- de dichas habilidades. La comprensión de un texto conlleva, entonces, una necesaria lectura crítica.

María Teresa Serafini (2008), en su texto Cómo se estudia, expone que para llegar la lectura crítica el sujeto debe ser capaz de realizar al menos tres aspectos esenciales: comprender los objetivos del autor, valorar la fiabilidad de las fuentes del escrito, y distinguir hechos de opiniones.

Sobre el primer punto habría que decir que para el lector es fundamental identificar la intención del autor para saber cómo estructura –formal y conceptualmente- su escrito, y puede hacerse mediante la formulación de verbos como exponer, explicar, denunciar, convencer, tergiversar, etc. Esta intención puede aparecer explícita en el texto (“El propósito de este artículo es…”) o, por el contrario, no aparecer y entonces el lector debe deducirla o inferirla. Más aún, desarrollar la capacidad para detectar cuándo el objetivo “declarado” del autor realmente corresponde o no lo expuesto durante el desarrollo.

“Un texto o una afirmación tienen valor según la competencia que posee el autor sobre el tema”, afirma Serafini, y en la validez y veracidad de la información en que se fundamente, agregaría. Tener la capacidad para evaluar las fuentes y la información en que se basa un autor no es una habilidad, sino el resultado de un largo proceso de ir conociendo poco a poco sobre el tema. Una información amplia permite valorar y emitir juicios objetivamente sobre lo expuesto. De lo contrario, cualquier afirmación descabellada puede ser tomada como cierta, o al revés, no tener la suficiente capacidad para tomar por confiable una fuente.

El tercer punto tiene que ver directamente con lo anterior. Para un lector experto es fácil captar la distinción; un aprendiz tiene que realizar un análisis atento tanto del objetivo como de las fuentes del autor. Podríamos decir que un hecho es un dato que corresponde con la realidad (“Colima es un estado de la República Mexicana”) y una opinión constituye un punto de vista o interpretación sobre esa realidad (“Colima es el estado más bonito de la República Mexicana”). Una opinión, habría que decirlo, tiene la probabilidad de ser verdadera, pero necesita elementos que la sustenten para pasar a ser un hecho. Distinguir hechos de opiniones constituye un eficaz filtro para aceptar o no las ideas del autor.

Como se dijo, estas tres condiciones son elementales para una lectura crítica; pueden considerarse más, según sea la necesidad o el interés del lector. Con todo, debe considerarse una competencia a desarrollar durante toda la vida y que puede ir desde la crítica más sencilla hasta la más elaborada. Acaso lo más importante sea leer siempre con esa intención, con ese espíritu, porque, siendo así, podríamos decir que critica quien puede, no quien quiere.

Elogio del libro

Quiero comenzar mis colaboraciones de este año que inicia con un texto emotivo del argentino Jorge Luis Borges acerca del libro. Espero que sea de su agrado.

“Hay quienes no pueden imaginar un mundo sin pájaros; hay quienes no pueden imaginar un mundo sin agua; en lo que a mí se refiere, soy incapaz de imaginar un mundo sin libros. A lo largo de la historia el hombre ha soñado y forjado un sinfín de instrumentos. Ha creado la llave, una barrita de metal que permite que alguien penetre en un vasto palacio. Ha creado la espada y el arado, prolongaciones del brazo del hombre que los usa. Ha creado el libro, que es una extensión secular de su imaginación y de su memoria.

A partir de los Vedas y de las Biblias, hemos acogido la noción de libros sagrados. En cierto modo, todo libro lo es. En las páginas iniciales del Quijote, Cervantes dejó escrito que solía recoger cualquier pedazo de papel impreso que encontraba en la calle. Cualquier papel que encierra una palabra es el mensaje que un espíritu humano manda a otro espíritu.

Ahora, como siempre, el inestable y precioso mundo puede perderse. Sólo pueden salvarlo los libros, que son la mejor memoria de nuestra especie.

Hugo escribió que toda biblioteca es un acto de fe; Emerson, que es un gabinete donde se guardan los mejores pensamientos de los mejores; Carlyle, que la mejor Universidad de nuestra época la forma una serie de libros. Al sajón y al escandinavo les maravillaron tanto las letras que les dieron el nombre de “runas”, es decir, de misterios, de cuchicheos.

Pese a mis reiterados viajes, soy un modesto Alonso Quijano que no se ha atrevido a ser Don Quijote y que sigue tejiendo y destejiendo las mismas fábulas antiguas. No sé si hay otra vida; si hay otra, deseo que me esperen en su recinto los libros que he leído bajo la luna con las mismas cubiertas y las mismas ilustraciones, quizá con las mismas erratas, y los que me depara aún el futuro.”

Les deseo salud y satisfacciones haciendo votos porque este año tengamos en el mundo menos armas y más libros.

Cuánto gané, cuánto perdí.

Hace unos días, en una tienda de abarrotes de barrio, tuve oportunidad de ver un fenómeno que cada día es más común desde la popularización de la calculadora. Para sumar trece más veinticinco pesos la encargada echó mano al aparato y me dio el resultado. Yo, provocadoramente, como dudando, pregunté ¿treinta y ocho? Ella, para reafirmar, pulsó la función de borrado y volvió a sumar. Sí, dijo, treinta y ocho.

La posibilidad de tener acceso a la tecnología de vanguardia ha sido, sin dudarlo, uno de los grandes beneficios para la humanidad, pues con ello se obtienen mayor comodidad, rapidez, economía, salud, diversión y, en general, una mejor calidad de vida. Tal es el caso de la calculadora de que hablamos, que en sólo una décadas pasó de ser un aparato que apenas cabía en un cuarto hasta convertirse en un artefacto –con sus diferentes tamaños, calidades y precios- tan alcance de todos que prácticamente no tiene una quien no quiere.

Pese a las ventajas que la calculadora ofrece, no son pocas (ni superficiales) las voces que advierten de la disminución en la capacidad de realizar operaciones matemáticas mentalmente que el aparato podría estar provocando en los adultos o impidiendo desarrollar en los niños, sobre todo cuando se trata de cantidades sencillas y totalmente accesibles, como en el ejemplo que cito. Otro caso se da con la agenda que ya traen integrada los teléfonos celulares, que nos ha ido haciendo olvidar números que antes teníamos en la memoria. Bueno, hay quien no puede recordar ni el propio número (“es que nunca me llamo”) y tiene que consultarlo en la susodicha agenda.

Una reflexión en el mismo sentido, pero teniendo como referente la escritura, hace Moorhouse (1987) en su libro Historia del alfabeto, y que comparto con ustedes: “Debe aceptarse por descontado que la memoria de los analfabetos (pueblos y personas) se halla con frecuencia más desarrollada que la de los alfabetos. Los poemas de Homero y de otros poetas antiguos eran recitados de memoria por los bardos, sin ayuda alguna de la escritura. El advenimiento de la escritura propiamente dicha originó una relajación en el cultivo de la memoria, que al principio fue considerada como una pérdida lamentable. En Nueva Zelanda los maoríes se opusieron a la introducción de la escritura porque temían los efectos que causaba en la memoria y César (el emperador romano) aduce eso mismo como razón por lo que los druidas se negaron a consignar por escrito sus costumbres religiosas. La cuestión también se analiza en el Fedro de Platón, donde se sugiere que el uso de la escritura hace más fácil para la mente recordar los hechos cuando ello se hace necesario, pero que al mismo tiempo destruye el verdadero e íntimo conocimiento que es propio de la perfecta memorización”.

Hoy tenemos muy claro y es muy obvio el gigantesco paso que significó para la especie humana la invención de la escritura y el desarrollo de la tecnología, sin embargo, conviene no perder de vista la vital importancia del desarrollo de las propias capacidades humanas, como el cálculo y la memoria, ésta última, por cierto, tan satanizada y desprestigiada en el ámbito pedagógico.

Escuchar en el aula

DE LA LECTURA Y SUS ALREDEDORES

La profesora Paty tiene dos días que no se presenta a trabajar en su secundaria. ¿La razón? Está incapacitada porque tiene una infección en la garganta. Y cómo no, me explica su hermana, si entra a un grupo y luego a otro y luego a otro toda la mañana y así la semana entera. Y en todos habla, explica, da instrucciones, regaña… Los malestares de la garganta han sido tradicionalmente una afección gremial, un mal que aqueja a quienes hacen uso de ella como su principal herramienta de trabajo.

La gran mayoría de los modelos educativos tiene su pilar en lo que el docente dice o expone ante su grupo. Así pues, si hablar es fundamental en el aula, no menos importante es su contraparte: escuchar.

Como se sabe, la escucha es la manera intencionada y activa con que se lleva a cabo el acto de oír. El oído es un sentido que funciona, por decirlo así, en automático, que aprehende el mundo exterior aún sin que nosotros lo queramos, pero la escucha implica necesariamente la voluntad, la atención y la concentración de quien lo hace.

El oír no es algo que se aprende, está ahí desde el principio y la única diferencia parece ser la distinta capacidad de percepción que pueda haber entre una y otra persona. El escuchar, sin embargo, es algo que sí puede ser enseñado y aprendido.

Aunque escuchar es una de las competencias a desarrollar en la escuela, la verdad es que es una de las actividades a las que menos se les dedica tiempo, básicamente por dos razones: la primera, y más sobreentendida, es suponer que no es necesario enseñar al alumno a escuchar puesto que ya sabe hacerlo (confundiendo oír con escuchar); la segunda, porque no hay, o no se conoce, información sobre cómo se enseña y aprende a escuchar.

Desde poder llevar coherentemente una conversación sencilla hasta seguir el hilo de un pensamiento complejo y profundo tiene que ver con la capacidad de escuchar. Muchas personas rehúyen, por ejemplo, las conferencias porque conocen de su poca capacidad y disposición para escuchar; muchos alumnos no pueden resumir lo abordado en una clase porque buena parte de ella se han mentalmente evadido del acto de escuchar; muchas conversaciones devienen en malentendidos e incomprensiones porque el mensaje se dice mal o se escucha mal; muchas tareas no pueden terminarse o acaban mal porque las instrucciones no han sido claramente escuchadas; muchas desavenencias pueden tener su origen en una mala escucha: ¿cuántas veces tengo que repetir lo mismo?

¿Y qué es, entonces, escuchar bien? Sara Melgar (1999), en su texto Aprender a escuchar, señala que un buen oyente se caracteriza por el dominio de cinco aptitudes: aptitud para reagrupar las diferentes partes de un discurso y así poder deducir de ellas la idea central o las ideas principales; aptitud para discernir rápidamente lo que se aproxima o lo que se aparta del tema; aptitud para hacer deducciones lógicas a partir de lo que se ha entendido; aptitud para utilizar plenamente las claves del contexto verbal (alusiones, palabras clave, transiciones…); aptitud para seguir, sin perderse, un razonamiento complejo.

De manera gradual y adaptada a las diferentes edades, los alumnos, desde preescolar hasta posgrado, pueden aprender a escuchar mejor y con ello a potenciar su aprovechamiento.

Cartas a un joven poeta

El día de ayer se cumplieron 134 años del nacimiento del poeta Rainer Maria Rilke en Praga, ciudad capital de la entonces Checoslovaquia. Artífice de una poesía profunda, conceptual y hermosamente lograda, Rilke es autor de obras tanto poéticas como narrativas entre las que destacan Las elegías del Duino, El libro de las horas, Sonetos a Orfeo, Historias del buen Dios y Cartas a un joven poeta.
La historia de cómo nace este último libro es muy curiosa. Un día de otoño de 1902, Franz Xaver Kappus, de veinte años, cadete de una academia militar austriaca, está leyendo un libro de los primeros versos de Rilke, cuando un maestro llega hasta él y, al darse cuenta de lo que lee, comenta que el autor fue también alumno de esa academia. Con la confianza que esto le da, Kappus decide enviar sus poemas y pedirle su opinión. Rainer María Rilke le responde y se inicia así una relación epistolar sostenida, mayormente, entre 1903 y 1904, aunque la última carta está fechada en 1908. Las respuestas de Rilke son publicadas por Kappus en 1929, tres años después de la muerte de Rilke, y en ellas el poeta expone, desde su personal percepción, conceptos acerca de la tristeza, el amor, Dios, la soledad, la muerte, el arte y la literatura, entre otros, mezclados con información superficial sobre sus viajes, su salud y su estado de ánimo. De la primera carta, comparto con ustedes un fragmento que aborda el tema de la creación poética.
“Usted pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí, como antes lo preguntó a otras personas. Envía sus versos a las revistas literarias, los compara con otros versos, y siente inquietud cuando ciertas redacciones rechazan sus ensayos poéticos. Pues bien -ya que me permite darle consejo- he de rogarle que renuncie a todo eso. Está usted mirando hacia fuera, y precisamente esto es lo que ahora no debería hacer. Nadie le puede aconsejar ni ayudar. Nadie… No hay más que un solo remedio: adéntrese en sí mismo. Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a escribir. Averigüe si ese móvil extiende sus raíces en lo más hondo de su alma. Y, procediendo a su propia confesión, inquiera y reconozca si tendría que morirse en cuanto ya no le fuere permitido escribir. Ante todo, esto: pregúntese en la hora más callada de su noche: “¿Debo yo escribir?” Vaya cavando y ahondando, en busca de una respuesta profunda. Y si es afirmativa, si usted puede ir al encuentro de tan seria pregunta con un “Sí debo” firme y sencillo, entonces, conforme a esta necesidad, erija el edificio de su vida. Que hasta en su hora de menor interés y de menor importancia, debe llegar a ser signo y testimonio de ese apremiante impulso. Acérquese a la naturaleza e intente decir, cual si fuese el primer hombre, lo que ve y siente y ama y pierde. No escriba versos de amor. Rehuya, al principio, formas y temas demasiado corrientes: son los más difíciles. Pues se necesita una fuerza muy grande y muy madura para poder dar de sí algo propio ahí donde existe ya multitud de buenos y, en parte, brillantes legados. Por esto, líbrese de los motivos de índole general. Recurra a los que cada día le ofrece su propia vida. Describa sus tristezas y sus anhelos, sus pensamientos fugaces y su fe en algo bello; y dígalo todo con íntima, callada y humilde sinceridad. Valiéndose, para expresarse, de las cosas que lo rodean. De las imágenes que pueblan sus sueños. Y de todo cuanto vive en el recuerdo. (…) Una obra de arte es buena si ha nacido al impulso de una íntima necesidad. Precisamente en este su modo de engendrarse radica y estriba el único criterio válido para su enjuiciamiento: no hay ningún otro. Por eso, muy estimado señor, no he sabido darle otro consejo que éste: adentrarse en sí mismo y explorar las profundidades de donde mana su vida. En su venero hallará la respuesta cuando se pregunte si debe crear. Acéptela tal como suene. Sin tratar de buscarle varias y sutiles interpretaciones. Acaso resulte cierto que está llamado a ser poeta. Entonces cargue con este su destino; llévelo con su peso y su grandeza, sin preguntar nunca por el premio que pueda venir de fuera. Pues el hombre creador debe ser un mundo aparte, independiente, y hallarlo todo dentro de sí y en la naturaleza, a la que va unido.”
Hasta aquí la cita de Rainer Maria Rilke. Por su parte, según la historia, Kappus no hizo carrera militar y publicó alguna o algunas novelas. Nunca un libro de poemas.