El libro

En la elaboración de un libro participan muchas personas en un largo proceso que inicia en quien lo piensa y prácticamente termina en quien lo vende, lo presta o lo regala. O en quien lo posee. El producto final es una pieza de papel que fundamentalmente tiene como meta el ser leído (fundamentalmente porque puede utilizarse también, por ejemplo, para nivelar una mesa que cojea). Adentro hay ideas y sentimientos concretados en palabras. El libro es un puente que conecta dos inteligencias.

Un libro es un objeto que cobra sentido cuando se le abre y se lee. Entonces, como un motor que se pone en marcha, como una luz que de súbito se enciende, los esfuerzos del autor llegan a su destino y el propósito se cumple: compartir con alguien un texto surgido de la inquietud de participar a otro lo que danza dentro de su cabeza. De alguna manera, es, como ya lo apuntaba José Emilio Pacheco en uno de sus poemas, lanzar una botella al mar, recuperando la imagen del náufrago que envía un mensaje de rescate a quien de chiripada lo encuentra.

El lector, por su parte, se encuentra con el libro por diferentes motivos que van desde la necesidad a la curiosidad y aún el hastío. Quien lee, no sólo posa los ojos en las letras, sino que, en el mejor de los casos, aprehende lo leído y aprende de ello. A través del libro una persona conoce lo que hay en su interior y en su exterior. Un libro es una oportunidad de conocer el mundo durante este nuestro paso por la vida.

Cada libro –se afirma- tiene su lector. O al menos su lector ideal, aquél que no sólo recupera el dato o la anécdota, sino a quien le mueve algo interiormente y de alguna manera influye en su vida, como de hecho sucede con cualquier manifestación artística, llámese música, pintura, película, obra de teatro, etc. O científica. Hay libros con los que se establece una empatía tal que uno los guarda y atesora y vuelve a ellos por el puro gusto de disfrutarlos otra vez. Afortunadamente, hay muchos libros para cada lector. Cuestión de toparse con ellos. Orhan Pamuk, premio Nobel de Literatura 2006, afirma en el inicio de su libro La vida nueva: “Un día leí un libro y toda mi vida cambió. Ya desde las primeras páginas sentí de tal manera la fuerza del libro que creí que mi cuerpo se distanciaba de la mesa y la silla en la que estaba sentado. Pero, a pesar de tener la sensación de que mi cuerpo se alejaba de mí, era como si más que nunca estuviera ante la mesa y en la silla con todo mi cuerpo y todo lo que era mío y el influjo del libro no sólo se mostrara en mi espíritu sino en todo lo que me hacía ser yo.”

Después de –en el mejor de los casos- ser leído, se le deja en un librero, un anaquel o una caja y puede allí pasarse la eternidad. Más allá de que para algunas personas funciona como un objeto decorativo que suele, además, dar prestigio, mientras está en esa condición no sirve para nada; más todavía: causa problemas de espacio.

En ese sentido, a lo largo de nuestra existencia habrá libros “que nos buscan” y que, desafortunadamente no habremos de encontrar, así como hay otros muchos que leemos y olvidamos porque no nos han dicho nada trascendente, o pero aún, nos han lastimado. Creo que nuestra historia como lectores es una búsqueda incesante de los libros que no hacen crecer y creer, conocer y disfrutar. Un libro es una rebanada de ese gran pastel que es la vida.

Aprender a aprender

El núcleo esencial del hecho educativo lo constituyen tres elementos: el maestro, el alumno y el conocimiento. En torno a ellos –o a partir de ellos- se agrupan una serie de factores que tienen que ver con el entorno, las circunstancias, los contenidos, los métodos, las capacidades individuales, los objetivos, etc., que configuran la complejidad del proceso enseñanza-aprendizaje.

El ser humano aprende desde su aparición como especie y desde su nacimiento. Es una capacidad innata. Aprende por experiencia propia y de la experiencia (conocimiento) de otros. La necesidad de aprender de la mejor manera trajo aparejado el surgimiento de la necesidad de la enseñanza. Maestro y aprendiz son, entonces, elementos complementarios en la mediación del conocimiento.

En diferentes épocas y por influencia de determinadas ideologías se ha privilegiado, considerándolo el elemento más importante del hecho educativo, o bien al maestro, o bien al conocimiento o bien al alumno. Aunque hay enfoques que plantean la importancia de verlos como un todo, y vaya que es relevante considerarlo así, el cómo hacerlo ha sido el inconveniente, es decir, no hay una metodología precisa que resuelva la inequidad que significa priorizar uno sobre los otros.

En las últimas décadas, sin que eso signifique olvidar o descuidar los otros elementos, los enfoques educativos se han orientado hacia la relevancia del aprendizaje en el proceso, esto es, en el alumno. Esta visión ha desarrollado un principio: el conocimiento no es algo que se transmite (como sería el caso, por ejemplo, de una transfusión sanguínea) sino algo que se construye. En otras palabras, cada persona tiene que hacer suyo el dato a aprender y, claro, qué mejor que hacerlo con el apoyo de alguien que ya lo tiene y sabe cómo ayudar a construirlo: el maestro.

Así, no es de extrañar que en los últimos tiempos haya un considerable interés porque el alumno conozca y domine el proceso y se estén desarrollando metodologías sobre cómo aprender a aprender o cómo aprender a pensar (para aprender). Para ello, es conveniente identificar qué factores entran en juego en ese momento. María Celina Arredondo (2007), en su libro Habilidades básicas para aprender a pensar considera que en este proceso pueden identificarse cinco elementos intervinientes: 1) los procesos básicos de aprendizaje, que incluyen atención, percepción, codificación, memoria y recuperación de información, que tienen que ver con la capacidad mental; 2) base de conocimientos, o saberes previos que el aprendiz tenga sobre el nuevo conocimiento que quiere aprender: entre más familiar será más fácil, entre más extraño más difícil; 3) estilos cognitivos, o formas personales de uso del pensamiento que el aprendiz desarrolla para llevar a cabo la tarea; 4) conocimiento estratégico, o capacidades desarrolladas por el alumno (con base en su estilo cognitivo y su experiencia) para realizar de manera eficaz y eficiente la tarea de aprender; y 5) conocimiento metacognitivo, que tiene que ver con la comprensión que sobre el proceso de aprender desarrolla el alumno, esto es, con el entendimiento y el monitoreo de los cuatro anteriores.

Coincido, como muchos, que en estos tiempos –tal vez más que en otros- es fundamental enseñar a aprender a aprender, pero estoy convencido que debemos de tener muy claro qué entendemos por ello, cómo funciona el proceso, qué metodologías requiere y un largo etcétera para que de verdad seamos una ayuda significativa para el alumno.

Aprender a aprender en un entorno como el nuestro, con tantas posibilidades de conocimiento al alcance de la mano, es fundamental para navegar con éxito en este proceloso mar de información que nos rodea.

Los sueños según Orhan

Nacido en Turquía –específicamente en Estambul- en 1952, Orhan Pamuk fue distinguido con el Premio Nobel de Literatura en 2006. Entre sus novelas se encuentran El libro negro, La vida nueva, Nieve y Me llamo Rojo.

Ambientada en la Turquía del siglo XVI, Me llamo Rojo es una extraordinaria narración donde se combinan la historia, la intriga y el amor, desarrollada con el recurso de múltiples narradores (no todos humanos) que coinciden en una trama que los va enlazando a través de una serie de misteriosos asesinatos. Detallista y minucioso hasta el límite, Pamuk presenta en esta obra un verdadero retablo donde cada maravilla (personajes, objetos, animales, sucesos) tiene su propia historia por contar, en un marco donde la sociedad, la religión, la política y el arte reflejan una nación atrapada entre la propia tradición y la influencia del pensamiento europeo.

De entre las muchas joyas que en el libro pueden encontrarse, hay dos pequeñas pero interesantes alusiones a los sueños, mismas que comparto con ustedes. En este primero, donde enumera para qué son útiles:

“Los sueños sirven para tres cosas:

Alif: Quieres algo pero no te permiten ni siquiera que lo quieras. Entonces dices que lo has soñado. Y así es como si quisieras sin querer lo que quieres.
Bá: Quieres hacerle daño a alguien. Por ejemplo, quieres calumniar a alguien. Entonces dices que has soñado que tal mujer cometía adulterio; o que has soñado que tal bajá se trasegaba jarra tras jarra de vino. Así, aunque no te crean, simplemente por haberlo mencionado, parte del mal se le anota a su cuenta.
Yim: Quieres algo pero ni siquiera sabes lo que quieres. Cuantas un sueño confuso. Enseguida te lo interpretan y te dicen qué es lo que tienes que querer y qué es lo que pueden ofrecerte. Por ejemplo, te dicen que te hace falta un marido, o un hijo, o una casa…”

En otro pasaje, uno de los personajes habla con otro sobre la relación entre el sueño y la realidad:

“Estos sueños no son realmente cosas que hayamos visto dormidos. Todo el mundo cuenta que soñó de noche lo que ha soñado de día para que le sirva para su objetivo. Sólo los bobos cuentan sus verdaderos sueños nocturnos tal y como han sido. Entonces o se ríen de ti o, como siempre pasa, interpretan para mal tu sueño. Nadie se toma en serio los sueños verdaderos, ni siquiera los que los han soñado”.

Sirvan estas dos cápsulas como una invitación a leer a Orham Pamuk y su prosa fascinante, una oportunidad no sólo para entrar en contacto con un estilo fresco y diferente, sino para adentrarse en un mundo sustancialmente distinto al occidentalizado que conocemos.

Un hombre de letras

El pasado 1º de abril, el escritor mexicano Fernando del Paso cumplió 74 años. Aunque ha incursionado con relativo éxito en otros géneros, es autor de tres novelas que podemos considerar como fundamentales en la literatura mexicana: José Trigo, Palinuro de México y Noticias del Imperio. Esta última, publicada en 1988, cuenta desde distintas voces la aventura del emperador Maximiliano y su esposa Carlota en México, desde su llegada hasta su derrota por el gobierno republicano de Juárez. Como un homenaje al escritor –considerado el narrador más completo de la segunda mitad del siglo XX en nuestro país- y una invitación a conocer sus textos, comparto con ustedes un fragmento de Noticias del Imperio.

“Yo soy un hombre de letras, señores, y por lo tanto casi pacífico. Y digo casi pacífico, porque tengo en mi haber un muerto. De pesarme en la conciencia no me pesa, porque lo maté en la guerra. Pero que su muerte la pagué, ya lo creo, y la pagué con creces, la pagué con esas mismas letras de las que les hablo, que al mismo tiempo son más de las que ustedes creen y muy pocas. O mejor dicho, eran, porque por un lado tenía yo más de tres mil letras diferentes, y por el otro sólo veintiocho pero todas se desacompletaron cuando ocurrió el sucedido. Yo las llevaba en un cofre que a su vez llevaba en una mula con la que recorrí el territorio de Sonora a Yucatán y de Yucatán a Sonora, para poner mis letras al servicio de la República. Yo nunca me he encargado de transportar de un lugar a otro un mensaje escondido en un trozo de cecina, y mucho menos un mensaje metido en un casquillo de una bala a su vez metido donde ustedes podrán deducir por suposición. Pero yo escribí muchos de esos mensajes con mi propio puño y letra. Yo nunca he pronunciado un discurso o una filípica, ni firmado un edicto o un decreto: pero los he escrito. Para eso me pinto solo, o me pinto y me escribo, las dos cosas, porque mi amor a las letras me ha llevado también a hacer letreros de todos los tamaños y colores. Los primeros libros que leí en mi vida, y que todavía sigo leyendo, fueron El Quijote y Las Mil y Una Noches. Pero antes de que yo aprendiera a leer, cuando apenas tenía seis años de edad, mi padre, que trabajaba en una imprenta, sacó de su ropero un estuche que tenía un alfabeto de plata refulgente, y con unas pinzas cogió letra por letra y las colocó en fila sobre la mesa, de la A a la Zeta. Mi padre, que nunca bebía sino en las grandes ocasiones, se sirvió una copa de bacanora refino y me dijo que aunque él lo que se llama pobre de pauperidad nunca había sido –y me recordó que teníamos dos vacas, tres puercos y diez gallinas- no podría dejarme mucho si de casas o tierras aledañas estábamos hablando, pero que me iba a dejar el patrimonio más rico del mundo, que eran esas letras que valían no tanto porque eran de plata –y de la mejor que daban las minas de las montañas de Arizona- sino, como dijo mi padre, por su valor intrínseco. Con esas veintiocho letras se fundan y se destruyen imperios y famas, me dijo, con ellas se escriben cartas de amor perfumadas con pachulí y se redactan, con sangre ajena, condenas de muerte. Con ellas yo no sé si Homero escribió La Odisea y Esopo sus Fábulas, porque los dos eran ciegos, pero alguien, de todos modos, las escribió. Con esas letras se hacen los periódicos y las leyes, con ellas se hicieron la Revolución Francesa y nuestra Constitución y con ellas yo, tu padre, escribí con el seudónimo El Hijo del Águila, mis primeros ditirambos contra Hyppolyte du Pasquier de Donmartin, uno de los primeros cacos franceses de los tantos que, por Sonora y por su plata, le vendieron el alma al diablo. Con las letras se da vida a las causas y a los hombres, con ellas se les da muerte. Con ellas, acomodándolas unas veces en una forma y otras veces en otra, en grupos de dos, de cinco o de veinte y luego poniéndolas en hilera, tú podrás ayudar, hijo, a escribir la Historia de nuestra Patria, así con mayúsculas, y escribirás tu propia historia para bien o para mal, para tu honor o tu vergüenza. Mi padre me dio entonces las primeras nueve letras del alfabeto y me dijo: Para ganarte las otras tendrás primero que aprender que la letra con sangre entra. Y así fue: cuando se me cayó mi primer diente lácteo, dicho sea de leche, y lo puse bajo la almohada, al día siguiente no me encontré allí una moneda, sino una I de plata. Cuando se me cayó el segundo me encontré la Jota, y así sucesiva y posteriormente hasta que sin quererlo me tragué el último diente y como resultado tuve que buscar la Zeta no debajo de la almohada sino junto a unos magueyes y, como dijo mi padre, en la hez y la haz de la tierra.”

Niveles de comprensión lectora

Un noche antes del examen, un alumno cualquiera de, digamos, quinto grado de primaria, machetea (es decir, trata de grabarse en la memoria, generalmente a fuerza de repetirlo), la información que considera indispensable para lograr, al menos, una calificación aceptable que lo libre de la tremenda bronca que le armará el papá en caso de que ocurra lo contrario.

Pensemos que estudia un texto como este: “Tsunami es un vocablo japonés que significa “ola de gran magnitud”. Este tipo de olas no se produce por la acción del viento, sino por un movimiento sísmico, una erupción volcánica submarina o costera, avalanchas submarinas o desprendimientos de enromes bloques de hielo de los casquetes polares. La mayoría de los tsunamis ocurren en el Océano Pacífico debido a que está rodeado por un cinturón de regiones sísmicas volcánicas.”

Al momento de leer, como se sabe, entran en juego aspectos relacionados con quien lee (conocimientos previos, experiencia, capacidad, etc.) como los relacionados con lo que se lee (tipo de texto, tema desarrollado, vocabulario, etc.) y la comprensión es ese producto final que queda en la memoria y que podemos explicar, ejemplificar, aplicar, justificar, comparar, contextualizar o generalizar, evidencias éstas que confirman la comprensión.

Según los lingüistas Walter Kintsch y Teun Van Dijk que han trabajado (tanto por separado como juntos) aspectos relacionados con el lenguaje, lo que quedará comprendido en la memoria del alumno de que hablamos podrá corresponder a lo que ellos llaman niveles de representación del discurso, o niveles de comprensión: formulación superficial, base de texto y modelo de la situación.

En el primer nivel, el de formulación superficial, dependiendo de cada lector y de cada texto, el alumno será capaz de grabarse en la memoria palabras y oraciones con la misma organización sintáctica que en el texto original, y de responder entonces preguntas del tipo “Tsunami significa: a) terremoto, b) viento fuerte, c) ola de gran magnitud, d) región sísmica. En este nivel la comprensión puede ser mínima y reducirse sólo a poder repetir las cosas acertadamente (como “la suma de los cuadrados de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa”), pero que, por lo mismo, hacen los conocimientos fácilmente olvidables o sin sentido, como el caso del teorema.

Para acceder al segundo nivel, llamado la base de texto, el estudiante debe ser capaz de entender el significado de lo que le dice el texto (y no sólo repetirlo), y elaborar, entonces, su idea de lo leído. Con esto, el alumno será capaz de contestar una pregunta aunque la respuesta no aparezca con las mismas palabras del texto original. Por ejemplo: “El tsunami es un fenómeno: a) cíclico, b) impredecible, c) programable, c) constante. Este conocimiento ha entrado a la memoria no en términos de las palabras del texto, sino con la forma de una idea que representa lo leído, su significado, su interpretación. A estas ideas las llamamos proposiciones. Este conocimiento, dado que tiene sentido, es mucho más perdurable (a veces es para siempre) que el del primer nivel.

El nivel modelo de la situación lo describen Kintsch y Van Dijk como “la representación cognitiva de los acontecimientos, acciones, personas y, en general, de la situación sobre la que trata el texto”. Es decir, si llega a este nivel, el alumno de que hablamos guardará en la memoria no sólo las palabras del texto (primer nivel) ni la información de qué es y como se forma un tsunami, sino una representación de la situación descrita en el texto, una idea global que le dice qué es un tsunami, dónde y cuándo se produce, inferir qué riesgos conlleva, etc. pero no en proposiciones (ideas) aisladas, sino integradas en un todo. Como si la persona editara su “propia película” sobre lo que ha leído. Representar la situación que describe el texto supone incorporar gran cantidad de elementos no mencionados explícitamente en el texto, provenientes de los conocimientos previos o inferencias del lector, que le hacen capaz de elaborar proposiciones como “el tsunami es altamente riesgoso para los pueblos que habitan a la orilla del mar”.

De los tres niveles, el tercero es el más integrado y completo. De hecho, se dice que para hablar de comprensión de un texto hay que llegar a este nivel, sin perder de vista la importancia que los otros dos juegan en la construcción de este último. Si los vemos como fases o momentos de un solo proceso de comprensión, habrá que trabajar y reforzar las habilidades del pensamiento que en su momento y con su razón cada uno de ellos precisa.

Congreso sobre lectura

Los pasados 25 y 26 de marzo se llevó a cabo en la Ciudad de México el 7º. Congreso Educativo Internacional que promueve, entre otros, la organización Suma x la educación y la asociación empresarial Clubepe, con el apoyo de la Secretaría de Educación Pública, y que en esta ocasión llevó por nombre “La lectura: una herramienta de empoderamiento social”.

Desarrollado en el imponente Centro Cultural Banamex, el evento tuvo como propósito que, al concluir el congreso, los participantes: “a) definieran los procesos de lectura como un mecanismo clave para el logro de otros aprendizajes; b) identificaran las diversas competencias de lectura que garantizan aprendizajes de largo plazo; y c) localizaran las áreas de oportunidad en sus instituciones educativas para hacer cambios en la capacitación docente, en las instalaciones de las aulas y la manera de abordar las diversas asignaturas para impulsar la lectura dinámica”.

Las actividades del congreso se llevaron a cabo con base en tres dinámicas de trabajo: conferencias magistrales, paneles con participación de expertos y talleres. Las conferencias magistrales estuvieron a cargo de la Dra. Patricia Ganem Alarcón (“Uso social de la lectura”) y Margarita Gómez Palacio Muñoz (“Preparar una escuela para fomentar la lecto-escritura”). Como panelistas participaron personalidades de reconocida trayectoria en el ámbito de la docencia y la investigación educativa, como Martha Ragasol Álvarez, Carlos Zarzar Charur, Gabriela Michaca Ábrego, Leticia y Carolina Ruiz Flores, Eric Bloom, David Acevedo Santiago, Jenny Pavisic, Sofía Smeke, Yolanda Argudín y María Luna, entre otros, quienes abordaron las temáticas “Una visión neurofisiológica del proceso de lecto-escritura”, “Perspectivas y retos nacionales e internacionales de la lecto-escritura”, “Competencias lectoras” y “Estrategias para promover la lecto-escritura en el aula”. Estas actividades fueron matutinas. Por las tardes, se ofrecieron diecisés talleres con temas alrededor de la lectura; en lo personal, tuve la oportunidad de asistir al de “Lectura y redacción” dirigido por el experimentado Alfredo Lugo González y al de “Diseño de pruebas para evaluar competencias lectoras”, conducido por la jovencísima y brillante Alexandra Rangel Cabrera.

Sin duda que este evento representó para los cerca de mil quinientos asistentes de muchas partes del país, una gran oportunidad para conocer e intercambiar experiencias sobre un tema que entre más se le trata de delimitar más aristas se le encuentran.

Alienta darse cuenta que personas, grupos e instituciones trabajan entusiastamente para conocer más sobre la lectura y desarrollar estrategias que permitan formar lectores más competentes.

El humor de Einstein

En el mismo día y mes que ayer -14 de marzo- pero de hace 130 años, nació en Alemania Albert Einstein, el científico más conocido del siglo XX. Además de sus conocidos aportes a la ciencia, se dice que era un gran lector y un agudo humorista. Comparto con ustedes un texto de Angy GriBen tomado de su sitio de Internet angyrincondelecturas.com. en donde se relatan algunas anécdotas del científico (o atribuidas a él). Que lo disfruten.

“Albert Einstein (1879-1955), Premio Nobel de Física en 1921, gozó de una rapidez mental propia de un genial humorista. Un periodista le comentó a Einstein “Me puede usted explicar la Ley de la Relatividad?” y Einstein le contestó “Me puede usted explicar cómo se fríe un huevo?” El periodista lo miró extrañado y le contesta “Pues sí, sí que puedo”, a lo que Einstein replicó “Bueno, pues hágalo, imaginando que yo no sé lo que es un huevo, una sartén, ni el aceite ni el fuego”.

Durante el nazismo, Einstein, a causa de ser judío, debió de soportar una guerra en su contra urdida con el fin de desprestigiar sus investigaciones. Uno de estos intentos se dio cuando se compilaron las opiniones de 100 científicos que contradecían las de Einstein, editadas en un libro llamado Cien autores en contra de Einstein. A esto Einstein respondió: “¿Por qué cien? Si estuviese errado haría falta sólo uno”.

En una conferencia que Einstein dio en el Colegio de Francia, el escritor francés Paul Valery le preguntó: “Profesor Einstein, cuando tiene una idea original, ¿qué hace? ¿La anota en un cuaderno o una hoja suelta?”, a lo que Einstein respondió: “Cuando tengo una idea original no se me olvida”.

Einstein tuvo tres nacionalidades: alemana, suiza y estadunidense. Al final de su vida un periodista le preguntó qué posibles repercusiones habían tenido sobre su fama estos cambios. Einstein respondió: “Si mis teorías hubieran resultado falsas, los estadunidenses dirían que yo era un físico suizo; los suizos, que era un científico alemán; y los alemanes, que era un astrónomo judío”.

En 1919, Einstein fue invitado por el inglés Lord Haldane a compartir una velada con diferentes personalidades. Entre éstas, había un aristócrata muy interesado en los trabajos del físico. Tras una larga conversación, el inglés explicó a Einstein que había perdido recientemente a su mayordomo y que aún no había encontrado un sustituto. “La raya del pantalón la he tenido que hacer yo mismo, y el planchado me ha costado casi dos horas”, a lo que Einstein comentó: “Me lo va a decir a mí. ¿Ve usted estas arrugas de mi pantalón? Pues he tardado casi cinco años en conseguirlas”.

En una reunión social, Marilyn Monroe se cruzó con Albert Einstein y ella le sugirió lo siguiente: “¿Qué dice profesor? Deberíamos casarnos y tener un hijo juntos. ¿Se imagina un bebé con mi belleza y su inteligencia?” Einstein muy seriamente le respondió: “Desafortunadamente, temo que el experimento salga a la inversa y terminemos con un hijo con mi belleza y su inteligencia”.

Se cuenta que en una reunión social, Einstein coincidió con el actor Charles Chaplin. En el transcurso de la conversación, Einstein le dijo a Chaplin: “Lo que he admirado siempre de usted es que su arte es universal; todo el mundo le comprende y le admira”, a lo que Chaplin respondió: “Lo suyo es mucho más digno de respeto: todo el mundo lo admira y prácticamente nadie lo comprende”.

Y por último, uno de los chistes favoritos que Einstein relatara en reuniones con políticos y científicos. Se cuenta que en los años 20, cuando Albert Einstein comenzaba a ser conocido por su Teoría de la Relatividad, era con frecuencia solicitado por las universidades para dar conferencias. Dado que no le gustaba conducir, y sin embargo el coche le resultaba muy cómodo para sus desplazamientos, contrató los servicios de un chofer. Después de varias ocasiones de viaje, Einstein le comentó al chofer lo aburrido que era repetir lo mismo una y otra vez. “Si quiere –le dijo el chofer- lo puedo sustitur por una noche. He oído su conferencia tantas veces que la puedo repetir palabra por palabra”. Einstein estuvo de acuerdo y antes de llegar al siguiente lugar, intercambiaron sus ropas y Einstein se puso al volante. Llegaron a la sal donde se iba a realizar la conferencia y como ninguno de los académicos presentes conocía a Einstein, no se descubrió la farsa: el chofer expuso la conferencia que había oído repetir tantas veces a Einstein. Al final, un profesor del la audiencia le hizo una pregunta. El chofer no tenía ni idea de cuál podía ser la respuesta, si embargo tuvo una chispa de inspiración y le contestó: “La pregunta que me hace es tan sencilla, que dejaré que mi chofer, que se encuentra al final de la sala, se la responda”.

Espantos de agosto

El viernes pasado, Gabriel García Márquez cumplió 82 años de vida. A manera de felicitación y en homenaje a su labor literaria, comparto con ustedes un texto suyo encontrado en gargantuario3.blogspot. Que lo disfruten.
“Llegamos a Arezzo un poco antes del medio día, y perdimos más de dos horas buscando el castillo renacencista que el escritor venezolano Miguel Otero Silva había comprado en aquel recodo idílico de la campiña toscana. Era un domingo de principios de agosto, ardiente y bullicioso, y no era fácil encontrar a alguien que supiera algo en las calles abarrotadas de turistas. Al cabo de muchas tentativas inútiles volvimos al automóvil, abandonamos la ciudad por un sendero de cipreses sin indicaciones viales, y una vieja pastora de gansos nos indicó con precisión dónde estaba el castillo. Antes de despedirse nos preguntó si pensábamos dormir allí, y le contestamos, como lo teníamos previsto, que sólo íbamos a almorzar.
- Menos mal – dijo ella – porque en esa casa espantan.
Mi esposa y yo, que no creemos en aparecidos del medio día, nos burlamos de su credulidad. Pero nuestros dos hijos, de nueve y siete años, se pusieron dichosos con la idea de conocer un fantasma de cuerpo presente.
Miguel Otero Silva, que además de buen escritor era un anfitrión espléndido y un comedor refinado, nos esperaba con un almuerzo de nunca olvidar. Como se nos había hecho tarde no tuvimos tiempo de conocer el interior del castillo antes de sentarnos a la mesa, pero su aspecto desde fuera no tenía nada de pavoroso, y cualquier inquietud se disipaba con la visión completa de la ciudad desde la terraza florida donde estábamos almorzando. Era difícil creer que en aquella colina de casas encaramadas, donde apenas cabían noventa mil personas, hubieran nacido tantos hombres de genio perdurable. Sin embargo, Miguel Otero Silva nos dijo con su humor caribe que ninguno de tantos era el más insigne de Arezzo.
- El más grande – sentenció – fue Ludovico.
Así, sin apellidos: Ludovico, el gran señor de las artes y de la guerra, que había construido aquel castillo de su desgracia, y de quien Miguel nos habló durante todo el almuerzo. Nos habló de su poder inmenso, de su amor contrariado y de su muerte espantosa. Nos contó cómo fue que en un instante de locura del corazón había apuñalado a su dama en el lecho donde acababan de amarse, y luego azuzó contra sí mismo a sus feroces perros de guerra que lo despedazaron a dentelladas. Nos aseguró, muy en serio, que a partir de la media noche el espectro de Ludovico deambulaba por la casa en tinieblas tratando de conseguir el sosiego en su purgatorio de amor.
El castillo, en realidad, era inmenso y sombrío. Pero a pleno día, con el estómago lleno y el corazón contento, el relato de Miguel no podía parecer sino una broma como tantas otras suyas para entretener a sus invitados. Los ochenta y dos cuartos que recorrimos sin asombro después de la siesta, habían padecido toda clase de mudanzas de sus dueños sucesivos. Miguel había restaurado por completo la planta baja y se había hecho construir un dormitorio moderno con suelos de mármol e instalaciones para sauna y cultura física, y la terraza de flores intensas donde habíamos almorzado. La segunda planta, que había sido la más usada en el curso de los siglos, era una sucesión de cuartos sin ningún carácter, con muebles de diferentes épocas abandonados a su suerte. Pero en la última se conservaba una habitación intacta por donde el tiempo se había olvidado de pasar. Era el dormitorio de Ludovico.
Fue un instante mágico. Allí estaba la cama de cortinas bordadas con hilos de oro, y el sobrecama de prodigios de pasamanería todavía acartonado por la sangre seca de la amante sacrificada. Estaba la chimenea con las cenizas heladas y el último leño convertido en piedra, el armario con sus armas bien cebadas, y el retrato al óleo del caballero pensativo en un marco de oro, pintado por alguno de los maestros florentinos que no tuvieron la fortuna de sobrevivir a su tiempo. Sin embargo, lo que más me impresionó fue el olor de fresas recientes que permanecía estancado sin explicación posible en el ámbito del dormitorio.
Los días del verano son largos y parsimoniosos en la Toscana, y el horizonte se mantiene en su sitio hasta las nueve de la noche. Cuando terminamos de conocer el castillo eran más de las cinco, pero Miguel insistió en llevarnos a ver los frescos de Piero della Francesca en la Iglesia de San Francisco, luego nos tomamos un café bien conversado bajo las pérgolas de la plaza, y cuando regresamos para recoger las maletas encontramos la cena servida. De modo que nos quedamos a cenar.
Mientras lo hacíamos, bajo un cielo malva con una sola estrella, los niños prendieron unas antorchas en la cocina, y se fueron a explorar las tinieblas en los pisos altos. Desde la mesa oíamos sus galopes de caballos cerreros por las escaleras, los lamentos de las puertas, los gritos felices llamando a Ludovico en los cuartos tenebrosos. Fue a ellos a quienes se les ocurrió la mala idea de quedarnos a dormir. Miguel Otero Silva los apoyó encantado, y nosotros no tuvimos el valor civil de decirles que no.
Al contrario de lo que yo temía, dormimos muy bien, mi esposa y yo en un dormitorio de la planta baja y mis hijos en el cuarto contiguo. Ambos habían sido modernizados y no tenían nada de tenebrosos. Mientras trataba de conseguir el sueño conté los doce toques insomnes del reloj de péndulo de la sala, y me acordé de la advertencia pavorosa de la pastora de gansos. Pero estábamos tan cansados que nos dormimos muy pronto, en un sueño denso y continuo, y desperté después de las siete con un sol espléndido entre las enredaderas de la ventana. A mi lado, mi esposa navegaba en el más apacible de los inocentes. «Qué tontería – me dije -, que alguien siga creyendo en fantasmas por estos tiempos». Sólo entonces me estremeció el olor de fresas recién cortadas, y vi la chimenea con las cenizas frías y el último leño convertido en piedra, y el retrato del caballero triste que nos miraba desde tres siglos antes en el marco de oro. Pues no estábamos en la alcoba de la planta baja donde nos habíamos acostado la noche anterior, sino en el dormitorio de Ludovico, bajo la cornisa y las cortinas polvorientas y las sábanas empapadas de sangre todavía caliente de su cama maldita.”

Textos paratácticos

Una de las clasificaciones que se hacen sobre tipos de texto los distinguen entre sintácticos y paratácticos. Como se sabe, la sintaxis es una disciplina (subdisciplina, según algunos autores) de la lingüística –y más particularmente de la gramática- que estudia la forma en que se combinan las palabras cuando se arma un discurso y las relaciones que se establecen entre sus distintos elementos.
La teoría dice que el orden lógico de una oración es sujeto más predicado (verbo, objeto directo, objeto indirecto, circunstancial), del tipo “El juez leyó la sentencia al acusado”, misma que puede enunciarse de diferentes maneras según la intención de quien la dice: “Al acusado leyó la sentencia el juez”, “La sentencia, al acusado, leyó el juez”, “El juez, al acusado leyó la sentencia”, etc., siendo todas sintácticamente correctas, no así por ejemplo “El juez leyó sentencia la acusado al”. Es decir, la sintaxis constituye la estructura con la que le damos coherencia y fluidez al lenguaje, elementos fundamentales para comunicarnos.
En la vida diaria nos topamos por todos lados con textos que tienen o una sola palabra o varias o muchas, pero que carecen de relaciones entre ellas, esto es, que no está coordinadas entre sí, que no tienen sintaxis: son los textos paratácticos.
Un texto paratáctico de una sola palabra (llamados unidimensionales) puede bastar para trasmitir un mensaje coherente; es muy usual por la economía y rapidez que representa tanto hacerlo como leerlo. En un mundo lleno de letreros, hemos aprendido a interpretarlos sin necesidad de más explicaciones. Palabras como “damas” en una puerta basta para darnos el mensaje que lleva implícito: “este es el baño para las damas”. “Empuje”, “Alto”, “Cafetería”, etc., son otros ejemplos de textos paratácticos de los muchos que todos los días nos ayudan a movernos en el mundo.
Los textos paratácticos de dos o más palabras (bidimensionales) son más complejos pues implican la lectura de dos o más elementos que aparecen juntos, pero que no guardan relación sintáctica entre sí. Un ejemplo sería la credencial para votar. En la parte de arriba aparecen los datos de quien la emite; después, un apellido, el otro y el nombre; enseguida, el domicilio: la calle y su número, la colonia, el municipio; más abajo una serie números y letras con diferentes informaciones. El conjunto de los elementos le da coherencia al documento pues cada parte aporta un dato, pero esas partes funcionan por separado, cada una tiene su significado y no se establecen entre ellas las relaciones que se dan, por ejemplo, en un texto como el del juez que lee la sentencia. La forma de redactar los ya casi inexistentes mensajes telegráficos sacrificaba la sintaxis por el ahorro que representaba escribirlos paratácticamene.
La lista para comprar la despensa, una agenda, el directorio, los carteles, los recibos o estados de cuenta, y un sinfín de mensajes se estructuran de esta manera. Pese a sus limitaciones ante los textos sintácticos, los paratácticos cumplen una importante función en la comunicación; de hecho, la lógica nos sugiere que el principio de la escritura debió darse mediante textos de este tipo. ¿O no?

Micaela

El pasado jueves 26 de febrero, en el marco del Festival Municipal de Cultura, merecidamente llamado “José Guadalupe López León”, se presentó en la acera del frente de Palacio de Gobierno, el libro Micaela, del poeta colimense Víctor Manuel Cárdenas Morales.––La presentación estuvo a cargo de Ada Aurora Sánchez, Alejandro Morales y quien esto escribe, ante un auditorio compuesto por familiares y amigos que compartieron mesa, café, pan y ponche en una noche clara y fresca. Participó, así mismo, con el profesionalismo que los distingue, el grupo Cantarte.
Este libro, escrito para su abuela –y en buena medida escrito por su abuela- obtuvo el premio nacional “Ramón López Velarde 2007”, otorgado por la Universidad Autónoma de Zacatecas, lo que no hace sino confirmar la ya reconocida calidad de su autor.
En un formato en que se combinan el poema y la prosa poética, Micaela cuenta la saga de una mujer –Micaela- como muchas y a la vez singular. Una historia que va desde su nacimiento hasta el festejo del cumplimiento de sus 100 años, y que comienza con su acta de nacimiento que dice que nació un dos de noviembre; después sabemos que conoció el mar a los veintitrés años, que padeció la revolución y vivió la cristiada y se enteró de muchas guerras más, que perdió a Gabriel, su amado esposo, que tuvo una tristísima caída que rompió su cadera, que gusta de las comidas dulces… todo está dicho allí, registrado para que no se olvide, porque, como lo dice el autor, “la prueba fehaciente son estas páginas”.
La historia está presentada por tres voces: la de Víctor Manuel, que más que exponerla, la cuenta. Fiel a su formación y a su vocación como historiador y poeta, la reconstruye casi a manera de crónica para que veamos el paso de Micaela por la vida: “Parió seis hijos, vio nacer la luz en pequeñas naranjas, amó a su marido, lo gozó”, dice el autor; la otra, es la voz de la propia protagonista, que la expone a través de sus recuerdos y sus reflexiones: “A mis cien años –dice- tejo con gancho y vendo mis creaciones. Leo los periódicos sin lentes pero ya me enfada tanta politiquería, tantas guerras y tantas policiacas. El mundo sería otro con las mujeres tejiendo. Desde Penélope hasta mí tejer es lo importante; y la tercera voz es la de Gabriel, que la presenta a través de las evocaciones de esa viuda que nunca lo olvidó: “Aunque tengas ochenta o cien, serás hermosa”, le dijo una tarde apasionada.
Micaela, un libro cálido, íntimo, y a la vez universal; un poemario escrito con la asombrosa sencillez que sólo da el dominio del oficio; un testimonio que nos recrea, con calidad y acierto, lo que aún nos queda de provincia.